Frutas
1911. Óleo sobre lienzo, 72 x 106 cmDepósito en otra institución
Nacida en Gijón pero formada en Madrid, Alcayde fue la primera mujer asturiana del siglo XIX en convertirse en una pintora reconocida públicamente a través de las convocatorias de las exposiciones nacionales de Bellas Artes, a las que concurrió con frecuencia y en las que cosechó numerosos éxitos. También lo hizo a otros certámenes privados, como a las exposiciones del Círculo de Bellas Artes y el Salón de Otoño, en los que destacó igualmente con su producción artística, casi siempre orientada a la pintura de flores y bodegones, aunque practicó puntualmente el paisaje autónomo y realizó varios retratos al óleo y al pastel. Su buen nombre le facilitó el contacto de escritores e intelectuales de su tiempo, como Emilia Pardo Bazán o Antonio Fernández Grilo, quien le dedicó varios encomios; su prestigio como bodegonista le llevó a participar en la representación española de numerosas exposiciones internacionales, como en Chicago (1893), Bruselas (1910), Buenos Aires (1910), Roma (1911) y Múnich (1913).
Alcayde plantea sus composiciones más ambiciosas ambientadas siempre en la naturaleza, mezclando en lo posible el bodegón que las protagoniza con un contexto de paisaje. En una de las más destacadas de su producción, la que conserva el Museo Casa Natal de Jovellanos en Gijón, El puesto de mi calle -por la que recibió una segunda medalla en la Nacional de 1899-, el paisaje tiene un amplio desarrollo que interpela a la propia composición del bodegón dándole un contexto popular, muy narrativo. En el caso de la pintura del Prado, la composición alude a la naturaleza de un modo mucho menos concreto, aunque la posición de los elementos, sobre la hierba del suelo y ante los troncos de unas vides mezclados con sus hojas y sus brazos, remite al escenario de la cosecha de otoño, en concreto a la vendimia; la pintora, sin embargo, ha recortado el escenario a la mínima expresión, concentrándose en un primer plano de los elementos de la composición. El tratamiento expresivo de las pinceladas del paisaje contrasta con lo contundente de las frutas, realizadas con una gran firmeza de dibujo, pero con la que quizá pueda considerarse su ejecución más libre y segura. El bodegón, compuesto por melocotones, uvas, ciruelas y granadas debió de ser realizado en torno al mes de septiembre, cuando la cosecha puede hacer coincidir esas existencias. La autora se concentra en la representación de las texturas diferentes de las frutas a través de una descripción realista. Así, caracteriza las diferentes calidades de sus pieles distintas con una pincelada fluida y ligera que huye de un acabado detallado, trabaja con trazos matéricos y recrea las gamas de color a través de líneas fundentes de óleo muy licuado, cuyo resultado es de singular atractivo dentro de su obra más madura.
Fechado este cuadro en 1911, la pintora lo envió -junto a tres obras más- a la Exposición Nacional de Bellas Artes del año siguiente, donde fue bien recibido y de hecho apareció reproducido en su catálogo; el crítico Salmeán la calificó de maestra por su aquilatada calidad. En el certamen en que las primeras medallas recayeron en Santiago Rusiñol, Elías Salaverría, Enrique Martínez Cubells y José María Rodríguez Acosta, Julia Alcayde fue premiada con una medalla de segunda clase por este cuadro, la segunda de esa categoría que recibía. El tribunal que la premió lo presidía precisamente Sebastián Gessa, uno de los pintores más prestigiosos en ese género -y el único que había obtenido hasta entonces una primera medalla por él-, por lo que el reconocimiento tendría un particular interés para la gijonesa, que veía así culminada su trayectoria pública y la convertía con ese doble premio en una de las mujeres artistas mejor valoradas hasta entonces. En ese mismo certamen obtuvo una medalla de tercera clase Flora López Castrillo por su ensoñada Marina (Museo Nacional del Prado, P4016); dos discípulas de Gessa -quien se preciaba de ser maestro de muchas pintoras- que concurrieron también a ese certamen vieron sus obras tratadas de manera muy distinta y por debajo de Alcayde. Adela Ginés obtuvo una de tercera por su pintura Salir de picos pardos, y Marcelina Poncela, que presentó su Flor de invernadero, quedó sin premiar.
El Estado, sin embargo, no adquirió la pintura de Alcayde. Fue legada por la autora al ya desaparecido Museo de Arte Moderno en una estrategia seguida al final de su vida de donaciones y legados de su propia obra, de modo que quedara representada en distintas instituciones españolas de su interés.
Navarro, Carlos G., 'Julia Alcayde Montoya' En: El factor Prado: los depósitos del Museo Nacional del Prado., Museo de Bellas Artes de Asturias,, 2022, p.174-177 nº 39