La boloñesa (La boulonnaise)
1922 - 1923. Óleo sobre lienzo, 100 x 65 cmSala C
La pintura representa a una pescadora de la región de Boulogne en el Departamento del Pas de Calais. Viste el traje de fiesta característico de la región, difundido por numerosas fotografías, alguna de las cuales pudo tener a la vista. Estas matelotes o verotières, eran pescadoras, recogedoras de mariscos y se ocupaban también del desembarco de los pescados. Solían posar orgullosamente con los brazos en jarras, y así la pintó María Blanchard.
La representación etnográfica tenía precedentes en su trayectoria. En su primera época había cultivado motivos de gitanas y después lo abordó en obras como La bretona (Santander, Gobierno de Cantabria) y La española (París, Musée d’Art Moderne). Sus maestros, Fernando Álvarez de Sotomayor, Manuel Benedito, Hermen Anglada-Camarasa y Kees van Dongen, habían atendido, de diverso modo, a estos temas, lo mismo que su amigo Diego Rivera. El círculo ruso en París, en el que le introdujo su amiga Angelina Beloff, apreciaba también la inspiración etnográfica. El motivo específico de las boulonnaises había sido tratado, al modo naturalista, por varios pintores. Entre ellos, Henry Léon Jacquet presentó al Salón de los Artistas Franceses de 1907 una Procession des Matelotes du Courgain (Boulonnais), Francis Tattegrain pintó varias veces a una vendedora de pescados de Berck, y Marius Chambon, que descubrió en 1904 aquella costa, se especializó también en estos motivos.
En la interpretación de Blanchard se muestra el asentamiento de una pintura basada en la figuración tras su etapa cubista, que había finalizado en 1918. En ella se traslucen claros ecos de su asimilación de los presupuestos de aquel movimiento, particularmente en el modo de pintar las manos, pero también en la solidez de la estructura compositiva y en el riguroso estudio de los ritmos de las formas. Su preferencia, propia de este periodo, por una representación casi monumental del motivo femenino hace que este ocupe casi toda la altura del lienzo. La culminación de la figura con el tocado circular, el denominado bonnet soleil, una cofia de encaje blanco almidonado y encañonado, le confiere un aspecto peculiar, como si se tratara de un nimbo que enalteciera a la mujer. En otras ocasiones utilizó las tocas, los gorros, los almohadones o las ventanas para aureolar las cabezas de sus figuras y conferirles un carácter especial, pero en ninguna obra como en esta resulta más explícita esa alusión. El color blanco del tocado y la densa materia con la que está pintado resaltan su protagonismo. La forma de la cofia tiene un eco en las flores del chal, lo que multiplica una sugestión esencialmente femenina vinculada a su rotunda circularidad.
El rostro, que expresa determinación e independencia de carácter, se enmarca por largos pendientes, llamados milanos o dorlots, en forma de racimo, que se llevaban con estos trajes de fiesta en Boulogne. La artista simplificó un poco el atavío característico, pues eliminó los puños de encaje blanco de Calais así como la larga cadena de oro que solía pender del cuello y, con ello, le dio mayor modernidad. Sobre el vestido de seda negra, el delantal ocre y el chal de color rosa con flores blancas muestran los matices cromáticos del gusto de la artista en estos años. Una expresividad intensa deriva del uso de un profundo azul para el fondo de la composición y del silueteado en tono más claro del contorno de la figura, que crea, junto a la toca, una especie de aura. El resultado es una imagen de gran fuerza icónica que transmite una poderosa energía, lo mismo que algunas maternidades que pintó entonces la artista. En este periodo en efecto, pareció proyectar en sus pinturas imágenes de algún modo contrapuestas a su propia apariencia física débil.
En 1927, en su monografía sobre la artista publicada en Bruselas, el crítico Waldemar George señaló respecto a estas obras que eran fruto de un arte meditado, eco de los grandes realistas españoles, "de tonos contrastados", "dibujo enérgico y afilado" y "gusto por los tipos, más expresivos que bellos". La preferencia por los valores expresivos y estructurales, lejanos a las categorías aparentemente femeninas de "la sensibilidad" o "la gracia" que podían aplicarse a otras artistas, dio a María Blanchard, la pintora española más innovadora y relevante, una personalidad muy marcada.
La obra participó en una importante exposición individual, con veintiún obras suyas, celebrada entre el 14 y el 25 de abril de 1923 en la Galerie du Centaure de Bruselas, por lo que ha de ser anterior a esta fecha. La muestra fue promovida por el grupo de marchantes Ceux de Demain, Jean Delgouffe, Frank Flausch y Jean Grimar, con los que la artista mantuvo una excelente relación, y contó con un prefacio del pintor André Lhote, amigo de Blanchard. Figuró con el título de La boulonnaise. Después, apenas fue expuesta.
Barón, Javier, 'Maria [Gutiérrez] Blanchard. La boloñesa.'. en: Memoria de actividades 2021 Museo Nacional del Prado, Ministerio de Cultura y Deporte, 2022, p.25-27