La Inmaculada "de Aranjuez"
1675 - 1680. Óleo sobre lienzo, 222 x 118 cmSala 016
La religión católica promovió la multiplicación de personajes santos, devociones o modalidades de culto que actuaron como señas de identidad de colectivos muy diversos: cada agrupación profesional, orden religiosa, ciudad o nación desarrollaba su devoción particular hacia determinados personajes o hechos relacionados con la historia de la religión. En el caso español, la devoción más característica y singular fue la relacionada con la Inmaculada Concepción, que defiende que la Virgen María fue concebida libre del "pecado original" común a todos los mortales. El país fue el principal defensor de esa creencia, y desde el siglo XVII presionó en Roma para convertirlo en dogma de fe de la iglesia católica. Esta, hasta 1854 no la reconoció como tal, y durante los dos siglos anteriores fue una especie de dogma de fe particular de los españoles. De hecho, durante mucho tiempo no era posible ingresar en prestigiosas instituciones españolas, (como algunas universidades) sin jurar previamente la fe en la Inmaculada.
En la Inmaculada convergían dos temas que explican la gran popularidad que alcanzó en España: el orgullo colectivo que creaba la identificación nacional en torno a ese dogma y la devoción general mariana. El resultado fue una extraordinaria actividad de exaltación concepcionista que afectó a todos los ámbitos de la creación literaria y artística. Los pintores durante mucho tiempo buscaron una representación de la Inmaculada que acertara a expresar todo el fervor popular que concitaba ese misterio. En todos los casos plasmaban en ellas sus ideales estéticos, de manera que no hay mejor forma para conocer la evolución de los cánones de belleza femenina que echando un vistazo a este aspecto de la iconografía mariana. Juan de Juanes, Velázquez, Ribera, Zurbarán, Carreño, etc., lograron obras de gran belleza que, en algunos casos, se cuentan entre las más delicadas de su producción.
De entre todos ellos, fue Murillo el que encontró la fórmula más eficaz para expresar en una imagen todas las expectativas, ilusiones y anhelos de esa sociedad que había convertido a la Concepción en una seña de identidad en la que reconocía lo que consideraba mejor de sí misma. A lo largo de su carrera realizó en torno a las veinte versiones de ese tema, de las que circularon numerosas copias.
La Inmaculada de Murillo ya no es tan niña como la de Zurbarán o Velázquez, y carece de las referencias ambientales y simbólicas que eran frecuentes en versiones anteriores. En sus obras, redujo la imagen a lo esencial: la Virgen esplendorosa, que pisa la media luna y se eleva a los cielos rodeada de angelitos e inmersa en una atmósfera de nubes y rompientes de luz. En estas obras, en las que con el tema de la Concepción se mezcla el de su Asunción, el mensaje es completamente directo y de una gran eficacia: es la manifestación más pura de la gloria de la Virgen. Murillo consiguió encontrar la fórmula de representación de la Inmaculada que se adaptaba mejor a las expectativas de la sociedad barroca, y logró hallar también la más perfecta imagen mariana. Nadie como él supo combinar tan magistralmente la solidez estructural, el dominio de la forma, la delicadeza y la variedad de gestos y actitudes o la imaginación cromática. El resultado es que en su propia época se decía hiperbólicamente de una de sus obras de este tema que "a no ser que la pintó nuestro gran Murillo en Sevilla, se pudiera presumir que se fabricó allí en el cielo"; y desde entonces han sido una de las parcelas de la producción del pintor que mayor fama le han granjeado.
La llamada Inmaculada de Aranjuez fue realizada en los últimos años de la vida del pintor, y destaca entre todas por lo muy logrado de su impulso ascensional, que procede del hecho de que se trata de una de las Concepciones de Murillo con un canon más estilizado y con un formato más vertical. Ingresó en las colecciones reales a principios del siglo XIX, y debe su nombre a que estuvo en la capilla de San Antonio de Aranjuez antes de ser enviada al Prado en 1819 y convertirse en uno de los principales iconos devocionales de la pinacoteca en ese siglo (Portús Pérez, Javier, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).