La Verónica-B
2007. Litografía, Gofrado, Técnicas de fotomecánica sobre papel, 500 x 650 mmNo expuesto
Siendo una de las más destacadas representantes de la abstracción geométrica de la década de 1970, lo que significaba, en ese momento y en su caso, que estaba imbuida de la estética de la pintura post-minimalista, el talento de Soledad Sevilla para las metáforas visuales, anicónicas o icónicas, ha sido siempre muy fértil. En sus primeros momentos se decantó por analizar pictóricamente las tramas del espacio, pero usando como punto de referencia e incitación la compleja escenografía espacial de Las meninas. Durante los años posteriores, la artista no ha variado su vértice de atención central, aunque sí ha ampliado mucho el campo abarcado por su mirada. Sobre todo, su modo artístico de operar, que se ha hecho mucho más complejo y versátil, incluyendo las instalaciones.
Su paso dado desde la limitación del plano a una escenificación tridimensional resulta lógico en su evolución, pero no hay que interpretarlo como "fácil" o "espontáneo". Soledad Sevilla, fuera cual fuera el propósito artístico concreto en que, según el momento, estuviera embarcada, ha pugnado por conciliar dos fuerzas o vectores en su constante búsqueda de la "profundidad del plano"; esto es: el "exterior" y el "interior" del espacio, o, si se quiere, el entramado de la superficie y la sugestión de su ahondamiento; algo así, en fin, como la interconexión de la matemática y la física, del clasicismo y del barroco.
En este contexto, no es extraño que Soledad Sevilla terminase fijándose en ese arte tan teatral y, a su vez, tan geométrico como es la tauromaquia, desde la draperie del capote hasta los dramáticos lances de los diversos pases, que formalizan cada suerte. Tampoco lo es, por tanto, la respuesta plástica que dio a la invitación de dialogar con las obras del Museo del Prado: en primer lugar, que haya elegido el cuadro de Hipomenes y Atalanta, del clásico-barroco Guido Reni, con su representación de la furiosa carrera a muerte en la que se desafían los contendientes, sus cuerpos desnudos de restallante luminosidad sobre un fondo tenebroso y en contorsión congelada. En segundo, que haya visto la atlética movilidad de estos héroes legendarios sobreimpresionada por el lance taurino de una verónica, cuya sorprendente coincidencia formal destaca entre sus respectivas posturas.
Calvo Serraller, Francisco, Doce artistas en el Museo del Prado, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado, 2007, p.62-65