S/T 1
2007. Aguafuerte, Gofrado sobre papel, 650 x 500 mmNo expuesto
Desde sus comienzos, la escultura de Susana Solano estuvo formalmente cortada por un doble patrón: el de una suerte de coagulación endurecida, más o menos moldeada de fragmentos de masas fluidas, y el de una suerte de "jaulas espaciales", con ciertas resonancias entre la obra de Richard Serra y Robert Morris, o, si se quiere rastrear más por detrás de estos antecedentes inmediatos, un poco, asimismo, entre el biomorfismo pétreo de un Arp o un Noguchi, y el "dibujo espacial", que Picasso y Julio González proyectaron tridimensionalmente en hierro. Era algo así como si Susana Solano hubiese puesto en los platillos de la balanza de su identidad plástica, por un lado, el peso del espacio, y, por otro, su ligereza; la densa opacidad de la materia y su luminosa transparencia. Al cabo del tiempo transcurrido desde entonces, no se puede afirmar que Susana Solano se haya apartado de esta senda o, si se quiere, que haya alterado el fiel de su balanza, lo cual no significa que su lenguaje no se haya hecho formal y conceptualmente, más dúctil y sutil, ni que tampoco haya perdido esa íntima querencia autobiográfica. En su escultura hay, por así decirlo, un componente sintético de dureza a la hora de definir -recortar- los cuerpos en el espacio, y otro, analítico, que los volatiza cual aéreas atmósferas, cuyo fugaz paso y cuyo etéreo peso se visualizan mediante metalizadas mallas.
Obviamente, esta rica dialéctica conceptual, formal, material y vivencial, que ha configurado hasta el presente la trayectoria de Susana Solano, alienta, con toda su contundencia, pero, asimismo, con todo su fulgor y calidez, en los grabados que ha realizado bajo la inspiración de su recorrido mental y físico por el Museo del Prado. Por una parte, son nítidas formas, cuyos afilados perfiles y compactos timbres cromáticos, sin quebrar su arquitectura, no pierden ni su volátil animación dinámica, ni sensibilidad retráctil, como de cuerpos orgánicos, que, según una atmósfera, no por invisible, menos operativa, pueden circunstancialmente alabearse o rigidizarse; pero, por otra, esta vibrante y bien temperada armonía de formas y colores desplegándose en el espacio, con un aire de plantas acuáticas flotantes, nos remiten espectralmente a la quintaesencia de una sabiduría en el manejo del espacio, amasada durante siglos por antiguos maestros, que, como Susana Solano, han puesto sucesivamente todo su empeño en ahondar el plano y aplanar lo profundo.
Calvo Serraller, Francisco, Doce artistas en el Museo del Prado, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado, 2007, p.66-69