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Domenichino. Domenico Zampieri

El sacrificio de Abraham

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Domenichino. Domenico Zampieri

D. G. L.

(Bolonia, 1581-Nápoles, 1641). Pintor italiano. Se trata de uno de los artistas que más se significaron en la definición tanto del «bello ideal» como del paisaje clásico durante el siglo XVII italiano. Tras una breve estancia en el taller del flamenco Calvaert, entró en la Academia de los Incamminati de los Carracci hacia 1595, donde ya se distinguió por sus prodigiosas dotes como dibujante. En 1602 se dirigió a Roma para trabajar junto a Annibale Carracci en el Palacio Farnesio. Allí siguió los esquemas decorativos del maestro, quien estimó sus obras hasta permitirle llevar a cabo sus propias invenciones. Por esos primeros años también recibió el favor del noble boloñés Giovanni Battista Agucchi, hermano del cardenal Girolamo y secretario del cardenal Pietro Aldobrandini, por lo que se trasladó a su palacio hacia 1604. Gracias a estos personajes ­Domenichino recibió sus primeros encargos importantes. Para el cardenal Agucchi realizó las escenas de san Jerónimo y de san Onofre (1604-1605), mientras que para el cardenal Farnesio, y por recomendación de Annibale, obtuvo la comisión de los importantes frescos de la abadía de Grottaferrata (1608). También gracias a Annibale llevó a cabo poco más tarde el fresco de La flagelación de san Andrés (1609) para el cardenal Borghese. Para comprender la alta consideración de la que ya gozaba en esos momentos, solo hay que recordar su designación para finalizar los trabajos del Palacio Farnesio, que habían quedado inconclusos a la muerte de Annibale. De 1614 es La última comunión de san Jerónimo, de la colección vaticana, en la que Domenichino retoma el ejemplo de Agostino Carracci para realizar una auténtica demostración del ideal pictórico del clasicismo. Por el dominio en la expresión de los afectos de los personajes, la monumentalidad de la arquitectura, el delicado paisaje del fondo, hasta la reproducción tonal de los colores y la luz con una armonía casi musical, esta obra se convirtió en una de las más admiradas por los teóricos del «bello ideal», como Giovanni Pietro de Bellori, y fue estimada por Poussin hasta tal punto que no encontraba superior sino la Transfiguración de Rafael. En 1617, Domenichino se trasladó a Fano para realizar el ciclo de frescos de La vida de la Virgen, y siguió creando grandes lienzos para los altares de su ciudad natal. Regresó a Roma en 1621, cuando Gregorio XV le nombró arquitecto papal, aunque la temprana muerte del pontífice impidió cualquier desarrollo productivo del cargo. Su trabajo más importante en la década de 1620 fue la decoración de la iglesia romana de San Andrés del ­Valle, en la que realizó las pinturas de las pechinas en competencia directa con su «enemigo» Lanfranco, que se encargó de la decoración de la cúpula. En 1631 Domenichino se dirigió a Nápoles, donde pasó la mayor parte de sus últimos años, alternando su estancia con trabajos en otros lugares, como la decoración de la Villa ­Aldobrandini de Frascati (1634). El fracaso que supuso su trabajo en la capital partenopea, sin duda, agudizó los rasgos más neuró­ticos de su carácter, que le habían llevado a una vida apartada, siempre celoso de que otros artistas pudieran copiar su trabajo. Su arte es reflejo de una personalidad concentrada en la labor artística que dio lugar a una de las más elevadas muestras de la elaboración teórica del clasicismo pictórico. Para ello partió del seguimiento ferviente de las enseñanzas de los Carracci ­sobre el estudio atento de los maestros del pasado, especialmente el ejemplo supremo de Rafael, sin dejar de contrastarlo con la experiencia de la naturaleza. Además, su empeño se complementó con las teorías del ­ideal clásico en pintura que redactó Giovanni Battista Agucchi, en colabo­ración con el propio Domenichino, y que fueron elementos primordiales para la posterior elaboración de la Idea, de Giovanni Pietro Bellori. De esta manera, Domenichino se convirtió en personaje clave para la teorización de Bellori como artista intelectual que encadena la tradición de ­Carracci con Poussin. Fue Agucchi un magnífico guía para Domenichino en el conocimiento del arte antiguo y la arquitectura, la historia y la poe­sía como reflexión del paisaje clásico. Testimonio magnífico de todo ello es el Arco de triunfo (Prado), que se convirtió en un erudito homenaje del pintor a las virtudes de su protector, subrayando los puntos que debieron acercarlos: el interés por la arquitectura, la Antigüedad o la ideación del paisaje clasicista. Después de pertenecer seguramente al propio Agucchi, se encontraba en la colección del pintor Maratta -otro de los puntales posteriores del clasicismo-, que fue adquirida por Felipe V. De sus otras obras en el Museo del Prado, la titulada Exequias de un emperador, realizada en Nápoles, formaba parte de una serie de temas romanos para el palacio del Buen Retiro.

Obras

Bibliografía

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