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Ferrant y Fischermans, Alejandro

Madrid, 1843 - Madrid, 1917

Nacido en el seno de una dilatada familia de pintores que emparentó con otra importante saga de escultores decimonónicos, los Bellver, Alejandro Ferrant y Fischermans perteneció a una generación de artistas que llegaron a su madurez tras el fallecimiento de Mariano Fortuny y de Eduardo Rosales, lo que determinó su estilo artístico.
Huérfano de referencias contemporáneas de importancia, pero marcado por el recuerdo vivo de estos pintores, Ferrant llegó a su madurez artística asumiendo la importancia de ambos, de los que, en cierto sentido, se sintió seguidor. Su lenguaje artístico, por lo tanto, persiguió conciliar dos estilos que en la cultura de la Restauración se consideraron antagónicos, el lenguaje monumental y grandioso de Rosales con la pincelada rica, jugosa y encendida de Mariano Fortuny.
Formado en la Academia de Bellas Artes, pero esencialmente influido por el contacto con su propia familia, en los comienzos de su carrera, cosechó algunos discretos éxitos, tanto en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes como en otras provinciales y, sobre todo en esos años, recibió cierta protección artística del infante Sebastián Gabriel. De hecho, probablemente el mejor testimonio de toda esa época primeriza es el cuadro que pintaría por encargo del infante, “La última comunión de san Fernando” (Madrid, Senado), que quedó inconcluso a la muerte de su comitente y que Ferrant no daría por terminarlo hasta 1914.
En 1874 recibió una de las primeras pensiones para ocupar una plaza en la Academia española en Roma. Allí realizó con Francisco Pradilla una monumental copia de “La disputa del Sacramento”, de Rafael (Madrid, Academia de San Fernando, depositada en el Ministerio de Asuntos Exteriores), y además en aquella ciudad realizaría la obra que le convirtió en uno de los pintores más reputados de toda la época de la Restauración, “El entierro de san Sebastián” (P07032), con la que obtuvo el mayor reconocimiento de la Exposición Nacional de 1878.
A su vuelta de Italia, Ferrant -que había asumido la experiencia realista de los artistas italianos de su generación- realizaría algunos retratos, pinturas de género y costumbristas, paisajes del natural y asumiría algunos importantes encargos de pintura religiosa de cierta importancia, pero su labor más destacada fue sin duda la desarrollada en torno a la pintura decorativa, en la que sobresalen sus trabajos para el recién edificado Ministerio de Fomento y, sobre todo, las importantes obras que han quedado en el templo de San Francisco el Grande de Madrid, que pueden considerarse como la culminación de su plástica más madura. En efecto, al poco de terminarlos, en 1885, ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, dictando un discurso sobre la pintura decorativa, y pocos años después, en 1889, le fue concedida la Gran Cruz de Isabel la Católica precisamente por la consideración que se tenía a ese conjunto de pinturas. Ferrant, además, asumió la dirección del Museo Nacional de Arte Moderno desde 1903 hasta su muerte (G. Navarro, C. en: El siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 470-471).

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