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Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro

Carlos III, cuando era rey de Nápoles, fundó una fábrica de porcelana en su residencia de Capodimonte, el año 1743. Al contraer matrimonio con María Amalia de Sajonia, el elector Federico Augusto III había hecho a los soberanos de las Dos Sicilias ricos presentes de porcelana de Meissen, los cuáles hicieron tal impresión en el joven monarca que inmediatamente intentó poseer una fábrica que le proporcionase tan bellas porcelanas como aquéllas.
En Capodimonte, como en las demás fábricas europeas a excepción de la de Meissen, se fabricó la llamada “pasta tierna”, que era una pasta vítrea de tono cremoso, muy a propósito para modelar figuras y pequeños objetos, pero nada apropiada para piezas de vajilla que tuvieran que resistir elevadas temperaturas, por lo cual éstas escasearon al principio. Los productos más hermosos de la manufactura real fueron cajitas de rapé, bomboneras, jarrones, figuras y grupos en estilo barroco primero, y más tarde rocalla de graciosas líneas, dibujos ligeros y rico colorido, decoradas con flores chinescas y de inspiración sajona, a las que sucedieron las escenas cortesanas estilo Watteau, o de campesinos a lo Teniers; la marca es una flor de lis azul o negro bajo barniz.
En 1759, Carlos de Borbón heredó la corona de España por la muerte de su hermano Fernando VI. Al trasladarse a Madrid los monarcas trajeron consigo su fábrica de porcelana entera: moldes, pastas, herramientas, artistas y obreros, todos embarcaron rumbo a la Península. En un espacio de tiempo brevísimo la fábrica quedó instalada en los jardines del Buen Retiro, en el lugar en que hoy está la Glorieta del Ángel Caído, de modo que el año 1760 empezaba a trabajar bajo la dirección del escultor italiano José Gricci y, como químico, el alemán Carlos Schepper. Desde 1760 a 1770, bajo la dirección de Gricci, se llevaron a cabo obras tan extraordinarias como las salas de los palacios de Aranjuez en estilo chinesco, y la de Madrid en que la influencia del neoclasicismo es ya patente, más una serie magnífica de jarrones, figuras y grupos para decorarlas. A partir del 1770 tomaron la dirección Carlos y Felipe Gricci, hijos del anterior, hasta 1783.
Durante todo este período los grandes jarrones y los grupos escultóricos fueron las piezas más selectas de la fabricación; estos últimos comprenden una serie de temas diferentes como los “niños jugando con cabras”, los de las “estaciones”, las ingenuas escenas con chinos y personajes orientales, las napolitanas, las de campesinos estilo Teniers y los grupos mitológicos. Todos ellos son de un gran barroquismo por el movimiento de las figuras y el colorido brillante. Los moldes en su mayoría son obra de J. Gricci, realizados entre los años de 1760 y 75, pero repitiéndose durante toda la producción del Retiro.
Durante todo el tiempo no dejaron de ensayarse nuevas pastas en el intento de encontrar la auténtica porcelana; con este objeto, Carlos IV, en 1802 envió a Sévres a un operario, Bartolomé Sureda, para que estudiara los métodos franceses, y a su regreso, en 1804, se encargó de la dirección. Comenzó entonces una nueva etapa que terminó bruscamente en 1812, ante la invasión napoleónica. Sureda, en ese espacio tan corto de tiempo, reorganizó y modernizó la fábrica y, sobre todo, consiguió una porcelana de buena calidad utilizando los materiales del país con lo que abarató los productos. El estilo, siguiendo las corrientes de la época, se inspiró en el neoclasicismo de Sévres: jarrones en forma de urna, figuras de línea más sobria colocadas sobre altos pedestales con placas decoradas en “bleu du roi” y dibujos dorados. Los bizcochos adquirieron gran importancia, así como las imitaciones de los “jaspes” de Wedgwood. Se hicieron también en este tiempo vajillas en mayor cantidad, puesto que la nueva pasta lo permitía.
Después de la destrucción de la fábrica, terminada la guerra, Sureda obtuvo terrenos en la Moncloa para instalar una nueva manufactura. La marca de esta época es una “M” coronada. Las piezas eran de buena calidad, en estilo imperio, como exigía la moda del momento, pero la mala administración hizo que fuera decayendo hasta el extremo que hacia 1823 se abandonó la quimera de la producción de porcelana para dedicarse exclusivamente a la loza fina para la venta al público, y en 1850 cerró definitivamente (De Ceballos-Escalera, I.; Braña de Diego, M.: Catálogo del Legado Fernández Durán. Artes Decorativas, Museo del Prado, 1974, pp. 13-14).

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