Afrodita agachada
Mediados del siglo II. Mármol blanco, 128 x 56 cmSala 072
En la fecunda historia de las formas artísticas en el mundo occidental, algunos modelos terminaron por consolidarse a lo largo de su recorrido, reiterándose en el tiempo y desafiando con su permanencia el transcurrir de siglos y modas. Y no hablamos tanto de una fijación de esquemas iconográficos que respondieran a la transmisión de un mensaje, sino al hecho formal, al éxito de un arquetipo gestual, de una configuración a través de la cual se fijaba un concepto inteligible para el espectador que, con la sanción del uso de la Antigüedad clásica, disfrutaba de absoluta validez.
El tema que presenta a la diosa Afrodita agachada mientras se baña es una de esas composiciones famosas, de esos clichés reiterados desde el momento de su nacimiento en el siglo III a. C. para formar parte de la decoración de espacios ajardinados, de villas y baños públicos o de galerías de coleccionistas. Con variaciones, la obra del Museo del Prado tiene como punto de partida la que se detectaría por primera vez mencionada por Plinio en su Historia natural, atribuyendo su realización al escultor Doidalsas de Bitinia (act. mediados del siglo III a. C.), con derivaciones hacia una tipología consolidada en Rodas, la Venus Anadiómene, que mostraba a la diosa en similar actitud, pero secándose el cabello al salir del agua.
La fortuna de esta pieza, inicialmente en la colección del cardenal Camillo Massimo (1620-1677), pasando en el siglo XVII por las de Cristina de Suecia (1626-1689) y el duque Livio Odescalchi (1652-1713), antes de llegar a España adquirida por Felipe V en 1724, tiene el interés de detectarse desde los primeros años del siglo XVI, cuando aún no se había completado su parte superior. Del fragmento se conserva un dibujo fechado hacia 1514, ahora atribuido a Andrea Solario (h. 1465-1524), en la Galleria dell’Accademia de Venecia. El hecho excepcional de que apoye su rodilla derecha sobre una tortuga ha permitido su identificación inconfundible, incluso en una recreación que para los Gonzaga hacía en bronce Pier Jacopo Alari Bonacolsi, Antico (h. 1455-1528), en torno a 1520.
En las representaciones de Afrodita Urania, imagen del amor elevado, se mostraba a la diosa en pie, vestida, apoyando una de sus extremidades inferiores sobre ese pequeño animal, pero ese mismo símbolo no se empleó en el caso de la Afrodita agachada. Estaríamos, por tanto, ante una singularidad que incorporaba una lectura complementaria. Para Plutarco, la Afrodita Urania de Fidias expresaba con ese detalle que las mujeres debían atender la casa, que la tortuga lleva siempre sobre sus hombros, y guardar silencio, en la convicción de que estos animales carecían de lengua, unos rasgos que recuperaba la posterior literatura emblemática.
La Afrodita del Prado supone una sugestiva reinterpretación iconográfica a raíz de la restauración que se hubo de llevar a cabo en el siglo XVII, que modificó la disposición del brazo derecho frente al modelo original. Ese brazo se dispuso sobre la cabeza sosteniendo un pomo de perfumes, haciendo más elocuente la gestualidad del baño. Otras esculturas, como la conservada en Roma, en el Palazzo Altemps, procedente de la Colección Cesi-Ludovisi, restaurada a posteriori y que estuvo agrupada con el Niño de la Oca formando artificialmente una Leda, muestra también el brazo en una posición similar.
El mencionado dibujo leonardesco de la obra incompleta, que vendría a situarla entre ese selecto grupo de objetos de la Antigüedad susceptibles de estudio y aprendizaje, habla de su verdadera dimensión. Hace ya algunos años que Selma Holo, en una reflexión sobre la fortuna de esta tipología, reparaba en la escultura del Prado para proponer que su trascendencia entre los artistas del Renacimiento fue excepcional, viéndola releída en frescos de Francesco Salviati (1510-1563) para el Palazzo Vecchio de Florencia o de Perino del Vaga (1501-1547) para la residencia Massimo alle Colonne de Roma. La atracción de lo incompleto, del resto arqueológico mutilado, como sucedía con obras tan relevantes como el Torso del Belvedere, estimulaba a los artistas a una idea de recreación y de fantasía a partir de la solidez conceptual de esas reliquias preciosas.
Arias Martínez, Manuel, 'Anónimo. Afrodita agachada'. En: Guido Reni, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2023, p.308-310 nº 59