¡Aún dicen que el pescado es caro!
1894. Óleo sobre lienzo, 151,5 x 204 cmSala 061A
Este emblemático cuadro, sin duda el más famoso entre todos los pintados por Sorolla durante su juventud con argumento social, es también ejemplo fundamental de la inmersión del artista en este género, entonces de plena vigencia en los ambientes artísticos oficiales madrileños, en los que Sorolla se propuso lograr sus primeros reconocimientos públicos. Además, es seguramente el más sentido de todos ellos en la hondura de su significado, por representar un asunto tan sensible a las vivencias de las gentes de su tierra natal, logrando con él una de las escenas más emocionantes de la pintura española del realismo social de fin de siglo. Tras el éxito obtenido en 1892 con “¡Otra Margarita!” (San Luis, Washington University, Mildred Lane Kemper Art Museum), Sorolla revalidó de nuevo con esta pintura otra primera medalla en la Exposición Nacional de 1895, donde fue presentada por el artista junto con otros trece cuadros, en su mayoría retratos.
Muestra el interior de la bodega de una barca de pesca, en la que un joven marinero, apenas un muchacho, yace tendido en el suelo tras sufrir un accidente durante la faena. Con el torso desnudo, del que pende una medalla, amuleto devoto de protección de los pescadores contra las desgracias, el joven es atendido cuidadosamente de sus heridas por dos viejos compañeros de labor, con el semblante serio y concentrado. Uno de ellos le sujeta por los hombros, mientras el otro, cubierto por una barretina, le aplica una compresa en la herida, que acaba de mojar en el perol de agua que se ve en el primer término. Alrededor de los tres marineros pueden verse diversos aperos y, al fondo, un montón de pescados, apresados durante la accidentada jornada.
Sujeta aún a los rigores formales del naturalismo más estricto presente en las obras juveniles del artista de semejante naturaleza e intención, atentas todavía a un dibujo firme y descriptivo, especialmente definido en las figuras y tan solo algo más libre en el entorno escénico que las rodea, Sorolla logra no obstante en esta pintura una especial armonía de conjunto en la interpretación de su asunto, en una composición de gran equilibrio y un audaz planteamiento espacial, integrándose ya en ella con perfecta normalidad algunas de las conquistas del innovador lenguaje plástico de su obra posterior.
En efecto, lo primero que despierta la emoción del espectador es la entereza callada y contenida de los viejos hombres de mar cuidando el frágil y desvalido cuerpo del muchacho herido, interpretado casi con la solemnidad dramática de una piedad profana, envuelta en una gravedad noble que solo Sorolla supo calar en el alma de los pescadores de su tierra.
Por otra parte, la captación de la luz que penetra por la escotilla de la barca y baña en una clara penumbra su bodega y los enseres que en ella se guardan muestra las conquistas de Sorolla ya en estos años respecto a sus obras anteriores de este género en el manejo de los recursos lumínicos. Además, la audacia de su encuadre moderno, que desplaza acusadamente la perspectiva de la bodega hacia un lado para subrayar la sensación espacial del entorno en que se desarrolla la escena, deja ver la escalera por la que han descendido el cuerpo del joven pescador herido, dando así mayor profundidad a la composición, que se cierra con los reflejos plateados de los pescados amontonados al fondo.
El dramatismo sereno y hondamente sentido con que Sorolla interpreta este argumento de pescadores contrasta con otras pinturas importantes del artista con semejantes protagonistas y escenario, como la titulada “Comiendo en la barca”, pintada cuatro años después, de proporciones muy semejantes aunque, sin embargo, de planteamiento radicalmente opuesto, volcado ya el artista en el costumbrismo naturalista que será tan característico de sus escenas marineras.
Aunque Pantorba afirma que el cuadro fue pintado durante el verano de 1894 en Valencia, Sorolla debió comenzarlo algunos meses antes, ya que en carta dirigida a su amigo Pedro Gil fechada a principios de ese año le anuncia que: “Ya estoy terminando mi cuadro para el Salón, este es de tamaño grande, por más que no tiene más que dos metros, es una escena de unos pescadores, y pasa en el interior de una barca de pesca”, refiriéndose en esta mención al gran tamaño de las figuras respecto al formato del lienzo, lo que aumenta efectivamente la monumentalidad grave de su composición y el protagonismo rotundo de los personajes.
El argumento y el título del cuadro están inspirados en el pasaje final de la novela “Flor de mayo”, escrita por Vicente Blasco Ibáñez a la vez que su paisano Sorolla pintaba este lienzo y publicada en 1895. En efecto, en dicha novela Blasco Ibáñez describe la desdichada vida de los pescadores, narrando al final del libro el accidente de una cuadrilla de marineros en alta mar y el rescate del cuerpo muerto de uno de ellos en el vientre de la barca destrozada, para concluir con una reflexión de rabiosa denuncia. Precisamente, en el prólogo a la edición de 1923 de esta novela, Blasco Ibáñez evocaría su amistad con el pintor y su interés común por los temas del mar como fuente de inspiración de ambos.
Tan célebre cuadro, que llegó a inspirar en su tiempo encendidos poemas como homenaje a su autor, ha merecido a lo largo de su historia un elogio casi unánime de la crítica. Así, el mismo año de su primera exposición pública en Madrid, Reparaz destacó los valores luminosos de la pintura, mientras que Pérez Nieva reparaba en el dramatismo del tema representado y la sobriedad del color. Ya mediado el siglo XX, Pompey no dudó en alabar el lienzo, vislumbrando en él la huella de Velázquez.
En el Museo Sorolla se conservan dos apuntes al óleo que el artista debió esbozar para la preparación de esta gran pintura: uno de ellos, titulado “Bodega de una embarcación. Valencia”, muestra varios enseres en el interior de una barcaza, mientras que el otro, “Interior de una barca”, plantea ya las líneas generales del escenario de la embarcación en que se ambienta el lienzo final, mostrando la base del gran mástil central y el haz de luz que penetra por la escotilla abierta de la cubierta, con el mismo encuadre. Por otra parte, el cuadro puede verse colocado sobre un caballete y sin marco en una fotografía del estudio de Sorolla en la plaza del Progreso de Madrid, fechable seguramente todavía en 1894, antes de ser premiado en la Exposición Nacional del año siguiente y adquirido por el Estado. Desde París, Sorolla comunicaría a su mujer la concesión de este galardón en carta de 15 de junio de 1895: “Supongo sabrás tuve en Madrid la primera de las medallas por el cuadro “¡Aún dicen que el pescado es caro!”
Díez, José Luis, 'Joaquín Sorolla. ¿Aún dicen que el pescado es caro!'. Arte y transformaciones sociales en España (1885-1910), Madrid, Museo Nacional del Prado, 2024, p.266-268 nº.166