Festón de flores y frutas y angelotes
Hacia 1620. Óleo sobre lienzo, 177 x 57 cmSala 081
El formato de este lienzo indica que debió de pintarse para un lugar específico, quizás un hueco estrecho entre dos ventanas o la esquina de una sala. Los dos niños desnudos y alados que vemos entre las flores y frutos son figuras frecuentes en el arte del Renacimiento y en relieves de la Antigüedad. Su presencia en esta escena sirve para evocar, de manera genérica, un ambiente clásico. El cuadro es eminentemente decorativo; pretende ser agradable, y no evocar alguna historia o mito, como sí sucede con muchos otros cuadros pintados en el entorno de Rubens.
Es digna de atención la colaboración en esta obra de tres artistas diferentes. Las dos figuras de los niños alados muestran el estilo de Rubens en su anatomía y rasgos faciales, aunque su ejecución sugiere que los han pintado colaboradores de su taller y no el propio maestro. Rubens contrataba pintores con la intención de que pudiesen reproducir su estilo lo más fielmente posible. Aunque las diferencias entre las obras de Rubens y las de sus ayudantes son sutiles, estas pueden apreciarse en detalles como los rasgos anatómicos o las pinceladas más individualizadas que definen zonas como el cabello.
Las flores fueron pintadas por Jan Brueghel el Viejo, uno de los primeros pintores europeos en especializarse en pintar cuadros de flores, que normalmente realizaba en menor tamaño que en este caso. Las frutas son de la mano de Frans Snyders y muestran su característica habilidad para crear formas orondas que transmiten una sensación de suculencia.
Fue habitual, desde al menos el siglo XV, que muchos cuadros se pintasen entre varios artistas, con uno de ellos (el maestro) dirigiendo la labor. Lo que sucede en este caso es algo distinto. Colaboran en el cuadro tres artistas con estilos propios y reconocibles. La idea de que varios pintores de prestigio colaborasen en un único cuadro surgió en Amberes a principios del siglo XVI. Uno de los ejemplos más tempranos de ello es un cuadro que también pertenece al Prado, Las tentaciones de San Antonio Abad de Joachim Patinir (c. 1480-1524) y Quinten Massys (1465/1466-1530). El cuadro ha de fecharse antes del año en que fallece Patinir. Sabemos que en él colaboraron los dos maestros no sólo porque las partes que pintaron son perfectamente diferenciables (el primero pintó el paisaje y el segundo las figuras), sino también porque una descripción del cuadro del siglo XVI menciona a los dos autores.
Los ejemplos más famosos de colaboración entre maestros en el siglo XVII se deben a Jan Brueghel y Rubens, que pintaron juntos aproximadamente veinticinco cuadros. Entre ellos, podemos mencionar la famosa serie de cinco cuadros de los cinco sentidos del Museo del Prado realizada por Brueghel y Rubens en 1617 y 1618. Este cuadro ha de insertarse en ese mismo contexto de colaboración entre maestros, que fue una especialización de los artistas de Amberes.
Esta pintura forma parte de un conjunto llegado desde Flandes a Madrid para la reina Isabel de Borbón que se instaló en la Torre de la Reina del Alcázar de Madrid, según se explica en el inventario del Alcázar de 1636. En ese año los cuadros se habían trasladado a otro lugar del mismo palacio, el dormitorio del rey Felipe IV (de nuevo, según el mismo inventario).
Del origen del conjunto llegado desde Flandes poco se sabe más allá de un documento citado por Pedro de Madrazo en su Viaje artístico de tres siglos por las colecciones de cuadros de los reyes de España de 1884, en el que se habla de un pago en 1623 autorizado por la reina, Isabel de Borbón, de unas obras llegadas de Flandes para decorar sus aposentos. Desconocemos si fue la reina quien encargó estas obras o si la idea vino de otra persona, quizás Isabel Clara Eugenia, tía del rey Felipe IV y en ese momento gobernadora de Flandes, para quien Rubens y Jan Brueghel trabajaron con frecuencia (Vergara, Alejandro, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).