Manuel Bartolomé Cossío
1908. Óleo sobre lienzo, 123,5 x 76 cmSala C
Se trata del segundo de los retratos de Manuel Bartolomé Cossío pintados por Joaquín Sorolla. En diciembre de 1905 el artista había pintado un primer retrato de su amigo, que expuso en 1908 en la muestra monográfica organizada por las Grafton Galleries en Londres. Allí lo vio Archer Milton Huntington, que quiso inmediatamente adquirirlo para la Galería de Españoles Ilustres que pensaba formar en la Biblioteca de su proyectada Hispanic Society of America. Cossío no puso reparos para ceder la obra y, al término de la exposición, Sorolla le pintó un nuevo retrato, que le regaló.
Como había hecho en el primero, reservó la franja inferior para disponer allí el nombre del efigiado y, en este segundo, agregó la fecha, que era significativa, pues se trataba del mismo año en que se había publicado la monografía que Cossío había escrito sobre el Greco, que supuso una gran aportación a su conocimiento. En lugar de sostener un libro, como aparecía en el primer retrato, en este segundo el volumen aparece sobre la mesa, justo debajo de la imagen de El caballero de la mano en el pecho, de modo mucho más desahogado que en la primera obra, en la que el efigiado ocultaba parcialmente la imagen grequiana. Cossío parecería así una especie de figura equivalente a lo que suponía en el imaginario de la cultura europea el caballero español pintado por el Greco. La ejecución es más sintética en esta segunda obra, entonada con gran sobriedad con un fondo entre gris y crema. En la cabeza resaltan los empastes de pintura blanca, aplicada en toques rápidos, que dan luz a la figura.
Se trata de uno de los mejores retratos de Sorolla, que destacó especialmente en sus interpretaciones de las efigies masculinas y, dentro de éstas, en las de sus amigos, como el propio Cossío o Aureliano de Beruete. En cada uno de estos retratos, Sorolla se esforzó en rendir homenaje al lado más sobresaliente de la personalidad artística o intelectual del retratado. Del mismo modo que el retrato de Aureliano Beruete (padre), autor de un excelente libro sobre Velázquez, reflejó en su concepción espacial y cromática la fascinación por el pintor sevillano que unía a ambos artistas, en el caso de Cossío es el Greco la personalidad pictórica que alienta con fuerza en el retrato. Ante todo, por la presencia de la imagen de El caballero de la mano en el pecho en el fondo de la composición. En segundo lugar, por la estilización de la figura, la elección de un fondo de suaves grises y la expresión del efigiado. Por último, cabe recordar que, en su libro sobre el Greco, Cossío incluyó la reproducción fotográfica de uno de los cuadros de Sorolla, ¡Triste herencia!, como uno de los testimonios de la creciente influencia del artista cretense en época moderna, lo que estimularía al artista a dejar constancia de ese paralelo.
El cuadro tiene también presente la lección de Velázquez en la elección de la gama de grises y negros. De Goya tomó el procedimiento de realizar un contorno que no llega, a la derecha, a encerrar la imagen del retratado, sino que permite advertir parte de la preparación en ese lugar límite.
La calidad del retrato, uno de los más sintéticos que pintó Sorolla, su vinculación explícita con la pintura del Greco y la condición destacada del personaje retratado, autor de la gran monografía de referencia sobre el artista escrita en fecha muy temprana, miembro del Patronato del Museo del Prado desde su fundación, y figura de la máxima relevancia en la Institución Libre de Enseñanza y en la renovación de la vida cultural española en las décadas finales del siglo XIX y en las primeras del siglo XX, hacen de este cuadro una obra importante dentro de la colección del Museo del Prado.
Barón, Javier, 'Joaquín Sorolla y Bastida. Manuel Bartolomé Cossío, 1908'. En: Memoria de Actividades 2022, Ministerio de Cultura y Deporte, 2023, p.25-27