Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe
1889. Óleo sobre lienzo, 290 x 445 cmSala 061A
Con su imprevista medalla de honor en la Exposición Universal de 1889 de París, a lo que se sumó la concesión a su autor de la cruz de caballero de la Legión de Honor, esta pintura supuso el inicio de la eclosión del género de la pintura social en España. El artista, que vivía en Francia desde hacía más de una década y que fechó en París su cuadro, conocía bien el estilo naturalista que se había desarrollado allí en los años precedentes y lo aplicó a un asunto médico, entonces en boga. Inicialmente estaba preparando, como envío a la exposición, una obra que representaba la visita del rey Alfonso XII al hospital de coléricos de Aranjuez. Sin embargo, atendiendo algunas sugerencias en relación con el destino parisino al que dedicaba el cuadro, transformó su idea. Por otra parte, aquel asunto había sido tratado ya por José Bermudo Mateos en su envío de 1887 a la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid (Madrid, Museo de Historia).
La composición en diagonal proporciona dramatismo a un espacio con una iluminación pautada por la sucesión de ventanales en una atmósfera de tonos blanquecinos. Esta claridad resalta la asepsia propia de un hospital, que comenzó a extenderse a partir de las practicas impulsadas por Gustav Adolf Neuber en 1884. Las ropas de calle del médico en jefe aparecen sobre la silla a la derecha, lo que pone de manifiesto el inicio del cambio de usos en los centros sanitarios en favor de la higiene; sus dos asistentes y la enfermera visten bata, aunque no el resto de los concurrentes. El resultado se integraba en los nuevos modos de representar los hospitales, centrándose tanto en operaciones de cirugía como en revisiones y diagnósticos de los enfermos y en lecciones clínicas, aspectos estos dos últimos reunidos en la escena. La búsqueda de la precisión por parte del artista, correlato en cierto modo de la necesaria en la práctica médica, puede verse en la representación de la actitud desmayada de la niña tísica y en sus manos, que contrastan con la de la mujer de la cama en primer término.
En general, la recepción de la obra fue favorable, pues los críticos percibieron que conectaba con una corriente más moderna que la pintura de historia y lo hacía con precisión y calidad. Cuando en 1889 la obra fue premiada en París debido a que el presidente del jurado, Ernest-Louis Meissonier, hizo ver que entre tantos cuadros de historia era «la nota verdadera», parte de la prensa española, especialmente Eusebio Blasco, que era redactor también de Le Figaro, se hizo eco favorable por su modernidad. Por el contrario, otros medios, que vieron preteridos a los pintores más conocidos, adujeron que el cuadro de Jiménez Aranda había sido «premiado por el asunto» y porque el pintor era conocido en París. La ligereza con la que fueron tratadas las grandes obras de historia de Antonio Gisbert, Francisco Pradilla y José Moreno Carbonero molestó a algunos escritores, entre ellos Emilia Pardo Bazán, que se vio obligada a defenderlos frente a la circunstancialidad de la obra de Aranda, quien llegó a escribirle una educada carta5. En la prensa parisina el cuadro fue bien acogido, aunque sin profundizar.
A pesar de su tamaño la pintura participó en numerosas exposiciones. En la Sala Parés de Barcelona en 1890 dio origen a una amplia reseña de Yxart y a otra de Oller; y en Madrid, en la Nacional de Bellas Artes de 1892, la obra siguió provocando diversidad de opiniones. Precisamente la objetividad y la atmósfera fría del hospital que el artista supo reflejar fueron mal compren didas por algunos críticos, que adujeron que el lienzo era «escueto, frío monótono; solo se ve la nota blanca por todas partes» y consideraron falto de sentimiento el cuadro. También se le acusó, especialmente por Yxart y por Blanco Asenjo, que señalaba los nombres de «Gervex, Dantan y Gel hay», de parecerse en exceso a la pintura francesa. Igualmente, se le achacó haber sido trabajado con la cámara oscura. Es cierto que la obra revela el conocimiento de la pintura francesa, hecho lógico, pues el artista, además de vivir en París, enviaba sus obras a los Salones de la ciudad. También participó en la Exposición Universal de 1891 en Budapest, y resulta significativo que, cuando se presentó en la sección española de la Exposición Universal de 1893 en Chicago, los norteamericanos consideraran que la obra podía, perfectamente, haber figurado en la sección francesa. Es real la influencia de la composición fotográfica, pero este era el medio óptimo para representar con fidelidad el espacio de la sala, y el corte del primer plano introducía al espectador en la escena.
Barón, Javier, 'Luis Jiménez Aranda. Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe'. Arte y transformaciones sociales en España (1885-1910), Madrid, Museo Nacional del Prado, 2024, p.219-220 nº.123