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Historia y arquitectura

Salas del siglo XIX

Salas 60-67 y 75. Edificio Villanueva

El Museo Nacional del Prado vuelve a abrir al público las salas dedicadas a la colección del siglo XIX con la visión más profunda, audaz e integradora desde que se inauguraron en 2009 como parte del Plan de Colecciones denominado La colección: La otra ampliación.

Desde Las pinturas negras de Goya en la sala 67, pasando por el gusto por la mirada al pasado nacional en la sala 75, para terminar en la apertura al siglo XX con la renovación artística e intelectual en España, el recorrido por las 15 salas de esta ala sur del edificio Villanueva, unos 1.600 metros cuadrados, plantea diálogos entre autores, pinturas y esculturas, y asociaciones que hablan de influencias y admiraciones. Nuevas narrativas que procuran mayor espacio a la pintura social, a nuevas geografías, al mundo en femenino y a las artes decorativas.

Tras un recorrido por las pinturas murales al óleo que ocuparon dos habitaciones de la llamada Quinta del Sordo, que Goya había comprado en 1819, las Pinturas negras, y por otras obras de sus años finales, el visitante se adentra en la sala 64 con obras realizadas durante las dos primeras décadas del siglo XIX, una época marcada en España por la crisis política y bélica derivada de la expansión napoleónica, que enfrenta el 2 y 3 de mayo de Goya a La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos de José de Madrazo, junto a su boceto, obra marcada por el canon neoclasicista.

El movimiento neoclásico supuso, durante las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX, la revitalización del arte europeo y, aunque las colecciones del Prado de este periodo cuentan principalmente con obras españolas, se incluyen ejemplos de artistas europeos destacados como Thomas Lawrence, británico, Pierre Guérin, francés, o Gottlieb Schick, alemán, en la sala 63. El triunfo del Neoclasicismo en España abarca el primer tercio del siglo XIX y se puede contemplar en la sala 62 a través de obras de algunos de los autores más destacados de su tiempo como José Aparicio, Juan Antonio Ribera o José de Madrazo. En esta misma sala hay una vitrina con 40 miniaturas, cinco de ellas obra de mujer, entre las que destaca La amabilidad, una aguada sobre marfil de Marcela de Valencia adquirida por el Museo Nacional del Prado en abril de este mismo año.

Tras la sala dedicada al Romanticismo en la que se incluyen ejemplos de la recuperación de la tradición pictórica del Siglo de Oro, con Esquivel y Federico de Madrazo, y del influjo de Goya, en Alenza y Lucas, y la escultura romántica San Jerónimo en bronce de José Piquer, se avanza hacia la sala dedicada a Eduardo Rosales, uno de los más grandes nombres del arte español de todo el siglo XIX, que volvió su mirada desde el purismo académico hacia la lección realista del arte de Velázquez.

El paso hacia la sala 75, gran galería abovedada, sumerge al visitante en un conjunto de acontecimientos y personajes históricos al servicio de los valores nacionales entonces emergentes a través de obras de gran formato que, en ocasiones, pueden contemplarse junto a su boceto. Aquí se puede contemplar la evolución estilística, igual que en la escultura, desde el purismo académico inicial al realismo y al naturalismo. Una obra en material no habitual, la cera policromada, el modelo del sepulcro de Colón en la Catedral de Sevilla, realizado por Arturo Mélida, amplia la visión finisecular.

En la sala 62 B, Paul Baudry, Jean-Louis Ernest Meissonier, Rosa Bonheur y Franz von Lenbach representan el arte cosmopolita europeo. Junto a ellos, Martín Rico y Raimundo de Madrazo se desarrollaron profesionalmente en París, el centro artístico más importante de Europa, el primero a través del paisaje, y el segundo del retrato.

Entrando en el tercer cuarto del siglo XIX, el visitante encuentra a Fortuny en la sala 63 B, pintor reconocido internacionalmente por su extraordinaria habilidad y relacionado aquí, a través de una de sus mejores copias, la del San Andrés de Ribera, y una de sus obras más destacadas, el Viejo desnudo al sol, con la tradición pictórica española.

La evolución del paisaje del Romanticismo al Realismo llega de la mano de Carlos de Haes, Martín Rico, Luis Rigalt y Muñoz Degrain, entre otros, en la sala 63 A.

Y si hay una sala especialmente impactante en este recorrido se trata de las sala 62 A. En ella se reúnen 54 retratos y autorretratos, imágenes de los principales artistas y, entre ellos, todos los que fueron directores del Prado en el siglo XIX, a modo de parnaso pictórico y escultórico español.

Tras el agotamiento de la pintura de historia y con el auge del naturalismo, la pintura social se convirtió en la manifestación más difundida del arte de la última década del siglo XIX. A la obra de Sorolla, ¡Aún dicen que el pescado es caro!, se une ahora en la sala 61 A, entre otras reivindicaciones sociales, Una huelga de obreros en Vizcaya de Cutanda, que interpreta las revueltas del sector de la siderurgia, con una reproducción del marco original de la obra. En esta misma sala, dos mujeres que se incorporaron públicamente a la práctica de la pintura, María Luisa de la Riva y Fernanda Francés, y una representación pintores nacidos en las islas filipinas. Y se completa con la sutileza del grupo escultórico de Miguel Blay, titulado Eclosión.

En la última sala del recorrido, a las obras de Joaquín Sorolla, el artista español con mayor proyección en los años del cambio de siglo, al igual que Mariano Benlliure que lo fue en escultura, y de Aureliano de Beruete, se suma ahora una mayor presencia de la obra realizada en las primeras décadas del siglo participante de las corrientes simbolistas e impresionistas, con Regoyos, y modernistas con Hermen Anglada-Camarasa y una de sus discípulas, María Blanchard, que se incorpora así a la colección permanente del Prado.

Sala 67. Pinturas negras

Estas pinturas murales al óleo ocuparon dos habitaciones de la llamada Quinta del Sordo, casa en las afueras de Madrid que Goya había comprado en 1819. Su título moderno se debe al uso de pigmentos oscuros y negros, y a lo sombrío de los asuntos representados. Su interpretación es aún enigmática, a pesar de las explicaciones que han propuesto historiadores del arte y de la literatura, escritores e incluso psicólogos.

Antes de su marcha a Francia, Goya legó en 1823 la Quinta a su nieto, Mariano, quien la vendió diez años después a su padre, Javier. Este encargaría al pintor Antonio de Brugada –que compartió exilio con Goya en Burdeos, de donde volvió a España en 1834– un inventario de la vivienda, en el que quedaron registradas las pinturas. Muerto Javier Goya, la casa tuvo varios propietarios: en 1859 la compró Segundo Colmenares, en 1863 pasó al banquero belga Louis-Rodolphe Coumont y en 1873 la adquirió Frédéric Émile d’Erlanger, banquero de París que ordenó trasladar los murales a lienzo al pintor y restaurador Salvador Martínez Cubells. Las obras fueron arrancadas del muro mediante la técnica del strappo y a continuación se recortaron y retocaron extensamente las numerosas zonas perdidas. Fueron mostradas en la Exposición Universal de París de 1878 y en 1881 d’Erlanger las donó al Prado, donde se exponen desde 1889.

Sala 66. Francisco de Goya, obras tardías

Desde la publicación en 1799 de los aguafuertes de los Caprichos, Goya alcanzó progresivamente la independencia artística que había buscado en los años anteriores. Creó varias series de pinturas destinadas a la venta protagonizadas por asuntos de carácter sombrío e incluso violento, entre ellas un conjunto de bodegones fechable hacia 1808-12. Al concluir la Guerra de la Independencia, fue nuevamente demandado como el retratista más importante de Madrid, en primer lugar, por el propio Fernando VII, que había regresado a España en mayo de 1814 y restituido su régimen absolutista.

Las nuevas tendencias artísticas y el gusto del rey determinaron, sin embargo, la sustitución del aragonés por un pintor más joven –Vicente López– en 1815, momento en el que Goya, de sesenta y nueve años, firmó su penúltimo Autorretrato. No obstante, hasta el final de su vida recibió su alto salario de primer pintor de cámara, así como encargos de la Iglesia, de antiguos mecenas como los Osuna y de amigos y familiares. Sus retratos de esa época muestran un aire romántico, al que contribuye una gama de color reducida y una técnica más suelta. Este estilo se acentúa en las obras realizadas en Burdeos, ciudad a la que se trasladó en 1824 para reunirse con sus amigos exiliados por sus ideas liberales y donde murió en 1828.

Salas 65 y 64. En torno a 1815: guerra, historia y alegoría

Esta sala muestra obras realizadas durante las dos primeras décadas del siglo XIX, una época marcada en España por la crisis política y bélica derivada de la expansión napoleónica. Con ella se relacionan dos de las pinturas que han tenido más importancia a la hora de conformar el imaginario histórico español: las que describen los sucesos de los días 2 y 3 de mayo de 1808 en Madrid, en el marco de la llamada Guerra de la Independencia contra los franceses (1808-14). Estas fueron encargadas a Goya por el cardenal Luis María de Borbón, entonces regente, y pintadas entre junio y octubre de 1814. Los cuadros están pensados como un díptico, pues comparten tamaño, y se busca en ellos el contraste entre el día y la noche, entre el levantamiento popular y su represión. A su alrededor se exponen otras obras de Goya, que muestran a personajes relacionados con esa guerra, como Fernando VII o el general Palafox, famoso defensor de Zaragoza.

En este periodo, una parte importante del arte europeo se desarrolló en Roma, en contacto con las grandes colecciones de arte antiguo. Allí se establecieron los que fueran discípulos españoles de Jacques-Louis David, como José Aparicio y José de Madrazo, que cultivaron el retrato y el cuadro de historia según las directrices del Neoclasicismo internacional.

Sala 63. El Neoclasicismo internacional

Durante las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, el movimiento neoclásico supuso la revitalización del arte europeo y una mayor unidad que en épocas anteriores. Aunque las colecciones del Prado de este periodo cuentan principalmente con obras españolas, incluyen también ejemplos de artistas europeos destacados.

En París, el foco principal de la irradiación artística, el trabajo de Pierre Guérin muestra la importancia que los estudios tienen en la definición de una obra. La atención a la mitología, que triunfó en este periodo junto a la pintura de historia, aparece en el cuadro de Merry-Joseph Blondel.

La pintura británica sobresalió en el retrato, según muestran los cuadros de George Romney, Thomas Lawrence y Martin Archer Shee. También en este género está representada Angelica Kauffmann, la pintora centroeuropea más relevante de su tiempo. El desnudo, motivo académico por excelencia, aparece en la obra de Gottlieb Schick, uno de los principales pintores neoclásicos alemanes.

En la escultura, arte sobresaliente en el Neoclasicismo, encontramos la vertiente de la Europa del norte en Johan Tobias Sergel, y la del sur en una obra del italiano Adamo Tadolini que sigue a su maestro, Antonio Canova, cuyo círculo talló la versión de uno de sus grupos más emblemáticos, el colosal Venus y Marte, que se expone en la sala 54.

Sala 62. El Neoclasicismo en España

En España el triunfo del Neoclasicismo abarca el primer tercio del siglo XIX. Ya desde sus inicios, Goya ofreció excelentes ejemplos de su personal interpretación del estilo con el vigor de una pintura renovadora. Vicente López constituye un caso singular. En su obra, esencialmente retratística, alienta un deseo de realismo que enlaza con el último Barroco, que conoció bien por su labor como director artístico del Prado.

Los pintores más representativos del nuevo movimiento fueron José Aparicio, Juan Antonio Ribera y José de Madrazo. Alumnos de Jacques- Louis David, pasaron después a Roma y se relacionaron con las corrientes internacionales del estilo neoclásico. Durante el reinado de Fernando VII volvieron a España, donde Madrazo y Ribera dirigirían el Prado.

La escultura, el arte más vinculado a la Antigüedad clásica en este momento, estuvo representada por artistas como José Álvarez Cubero, próximo a Canova durante su estancia en Roma. El periodo conoció también el auge de la miniatura, continuado en la etapa romántica, una evolución que se aprecia al contemplar la secuencia de miniaturas de forma cronológica. En la selección de algunos ejemplares de la colección, se advierte la calidad que alcanzó en distintos países europeos, incluido España. Varios se deben a pintoras, como Marcela de Valencia, Teresa Nicolau, Sophie Liénard y Antoinette Brunet. Esta técnica se utilizó a veces para copiar cuadros destacados del Museo.

Sala 61. El Romanticismo

El Romanticismo se desarrolló en España en el segundo tercio del siglo XIX. A través sobre todo de los focos de Sevilla y de Madrid, se recuperó el valor de la tradición pictórica del Siglo de Oro como inspiración. En la obra de Antonio María Esquivel, destacado retratista pero también pintor religioso y de desnudos, la referencia fue Murillo. En el retrato sobresalió igualmente Federico de Madrazo, que, apoyado en su excelente técnica pictórica, supo encontrar una síntesis original entre los ecos de la propia tradición, principalmente Velázquez, y las sugestiones de la moda francesa. En otros pintores fue decisivo el influjo de Goya, visible en artistas que continuaron su veta expresiva, como Leonardo Alenza y Eugenio Lucas.

El paisaje se convirtió en un género importante. A partir de la estancia en 1833 de David Roberts en Sevilla, se extendió la influencia del paisajismo británico, principalmente mediante la contribución de Genaro Pérez Villaamil, muy interesado en la difusión de los monumentos históricos.

En la escultura la pervivencia de los ideales académicos puede verse en Sabino de Medina (autor también de la estatua de Murillo frente a la puerta sur del Museo), el interés por las calidades virtuosistas en el busto de Isabel II labrado por Camillo Torreggiani y la tensión expresiva del estudio anatómico en el San Jerónimo de José Piquer.

Sala 61 B. Rosales

Durante el tercer cuarto del siglo XIX la pintura española evolucionó hacia el realismo. En esta transformación la influencia de los antiguos maestros del Prado, especialmente la de Velázquez, pesó de un modo decisivo. Esto es visible no solo en los géneros más libres, como el paisaje (sala 63A), sino también en aquellos más relacionados con la tradición académica, como la pintura de historia. Así se muestra en la obra más destacada del periodo, Doña Isabel la Católica dictando su testamento, de Eduardo Rosales, que influyó a su vez en otros pintores, como Lorenzo Vallés, representado por la Demencia de doña Juana de Castilla.

La evolución seguida por Eduardo Rosales es muy característica. Tras una orientación inicial vinculada con los modelos italianos del Renacimiento, su pintura transitó hacia un realismo mucho más moderno. En sus últimos años, el abocetamiento de sus composiciones, la ejecución sintética y la pincelada amplia y muy expresiva influyeron a los artistas de la siguiente generación, especialmente en la pintura de historia. La distinción de su rostro le convirtió en modelo para otros artistas, como ocurre en el Cristo yacente de Agapito Vallmitjana.

Sala 75. Pintura de historia

En la segunda mitad del siglo XIX la pintura de historia alcanzó en España su máximo esplendor. Al servicio de los valores nacionales emergentes, se convirtió en la temática preferida por la escena artística oficial, articulada a través de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes a partir de 1856. Los cuadros premiados en ellas, adquiridos por el Estado, otorgaban reconocimiento público a los artistas, la mayoría de los cuales abordaron el género.

En estas obras se juzgaban el interés y la verosimilitud del asunto, la adecuada resolución de los problemas compositivos que planteaban las figuras, a veces numerosas, la corrección del dibujo y el modelado, y la expresividad del colorido. Todo ello, unido a las grandes dimensiones de los cuadros, exigía una capacidad técnica y una madurez creativa sobresalientes. Los artistas se valían de bocetos que les permitían una primera aproximación a la obra. A veces también realizaban, como hizo Antonio Gisbert, réplicas reducidas de sus creaciones más destacadas.

Dado el amplio periodo que abarcó en España el cultivo de la pintura de historia, que tuvo también su reflejo en la escultura, este género siguió una evolución estilística desde el purismo académico inicial al realismo y al naturalismo. También los asuntos evolucionaron desde los temas heroicos hacia otros con carga sentimental y dramática o crítica.

La escultura presenta asuntos de historia como Sagunto, y también proyectos vinculados a personajes históricos como Colón.

Sala 62 B. El arte cosmopolita europeo, Martín Rico y Raimundo de Madrazo

Instalados en París, el centro artístico europeo más importante, Martín Rico y Raimundo de Madrazo desarrollaron, el primero a través del paisaje y el segundo, del retrato, las posibilidades abiertas por Mariano Fortuny (sala 63B). Rico evolucionó desde la pintura realista (sala 63A) hacia una concepción muy luminosa del paisaje, que trataba de mostrar la esencia de las antiguas ciudades españolas. En 1873 viajó a Venecia, donde pintó desde entonces.

Madrazo, cuñado de Fortuny, fue uno de los retratistas del gran mundo parisino. Uno de sus mejores retratos es el de su amigo Ramón de Errazu, quien legó al Prado una selecta colección de cuadros. En ella, además de pinturas de Madrazo, Rico y Fortuny, se incluyeron obras importantes de dos de los artistas de mayor fama en el Segundo Imperio: Paul Baudry y Jean-Louis-Ernest Meissonier. Y en ese ámbito parisino trabajaron grandes escultores, como Carrier Belleuse y su círculo.

Por donación del marchante Ernest Gambart, ingresaron los lienzos del holandés consagrado en Londres Alma Tadema (sala 72) y de la francesa Rosa Bonheur, que respectivamente revelan una inspiración neogriega y orientalista, expresivas de dos tendencias entonces en auge. Por su parte, Franz von Lenbach representa la aportación de Múnich, otro gran foco del arte en Europa.

63 B. Fortuny

Mariano Fortuny (1838-1874) fue el artista español más influyente entre los que pintaron en el tercer cuarto del siglo XIX. En su formación fueron relevantes su estancia en Roma y sus viajes al norte de África. Estos últimos transformaron su visión y la hicieron sensible a la captación de la luz intensa y del color nítido, en composiciones muy equilibradas, a menudo con una base geométrica. En su primera madurez, estudió a los grandes maestros en el Prado, entre ellos, el Greco, Ribera, Velázquez y Goya, lo que infundió a su pintura una especial profundidad expresiva. Obtuvo un triunfo internacional con sus obras de interiores cuajados de figuras y de objetos, pintados con un toque rápido y muy característico, capaz de sugerir con virtuosismo las calidades materiales y táctiles, el color y el brillo de lo representado. Su extraordinaria habilidad, que también mostró como acuarelista, dibujante y grabador, le permitía trabajar en pequeñas tablas. En su orientación hacia la pintura del natural fueron decisivas sus etapas en Granada (1870-72) y Portici (Italia, 1874), donde experimentó de un modo nuevo la incidencia de la luz sobre figuras y paisaje. Además de su afición por los motivos árabes, también presente en su gusto por las antigüedades islámicas, le interesó mucho el arte japonés, especialmente en su última época.

La escultura nos presenta una imagen muy directa de Fortuny a través del retrato de D’Epinay, los temas retomados con interés en aquellos años como el bronce esculpido por Suñol de la figura de Dante (cuyo VII centenario se celebra este año).

Las Artes Decorativas muestran a través de las medallas como trasmitir la memoria de hechos y personajes históricos y artísticos.

Sala 63 A. El paisaje realista

Al igual que en el resto de Europa, a mediados del siglo XIX el paisaje evolucionó del Romanticismo al realismo. El belga Carlos de Haes difundió la nueva tendencia a través de su enseñanza en la Escuela Superior de Pintura y Escultura de Madrid. El Museo conserva una amplia colección de estudios suyos, realizados con rapidez y precisión del natural, donados por sus discípulos. Utilizó algunos de ellos para la elaboración, en su taller, de composiciones de mayor tamaño.

El madrileño Martín Rico, que comenzó a pintar al aire libre en el Guadarrama, obtuvo una pensión para el estudio del paisaje y se instaló en Francia, donde recibió la influencia de los artistas realistas. En Cataluña, la obra de Luis Rigalt presenta aún ecos del Romanticismo, que desaparecen en la pintura de Ramón Martí Alsina, en contacto con las corrientes francesas. El valenciano Antonio Muñoz Degrain, sustituto de Haes en la cátedra de Paisaje de la Escuela de Madrid, promovió un acercamiento intuitivo y libre al género, en el que consiguió intensos efectos de atmósfera y color que, en su madurez, se apartan ya del realismo.

Sala 62 A. Retratos y autorretratos de artistas

El retrato, género por excelencia de la pintura española, es el conjunto más abundante en las colecciones del XIX. En este siglo, la obsesión por él dio lugar a la formación de numerosas iconotecas. El Prado conserva algunas, como la Serie cronológica de los reyes de España y el Museo Iconográfico, depositadas en instituciones como el Congreso y la Real Academia de la Historia.

La práctica cada vez más frecuente del autorretrato o del retrato de otros autores fue fruto de la creciente autonomía del arte. Casi todos los pintores relevantes, de Goya a Sorolla, cuentan con efigies suyas en esta colección. La presencia en esta galería de artistas muestra la variedad de aproximaciones a lo largo del siglo. En su parte central sobresale la generosa aplicación de Federico de Madrazo para crear imágenes de sus colegas, entre ellos, Carlos de Haes, y discípulos (su hijo Raimundo, Eduardo Rosales). Se incluyen obras de algunos pintores extranjeros muy relacionados con España, como Anna Maria Mengs, Léon Bonnat, Carolus-Duran y Theo van Rysselberghe, así como de los escultores Gaetano Merchi y Vincenzo Gemito, que rindieron culto a Goya y a Fortuny, respectivamente, y dos retratos en mármol de sendos directores del Museo pertenecientes a familia Madrazo. También está presente la imagen de las pintoras a través de retratos (Teresa Nicolau, Louise de Bouillé) y autorretratos (Aurelia Navarro, María Roësset).

Sala 61 A. El fin de siglo

Tras el agotamiento de la pintura de historia y con el auge del naturalismo, la pintura social se convirtió en la manifestación más difundida del arte de la última década del siglo XIX. Ello suponía una ampliación de los asuntos tratados por los pintores, bajo una mirada que buscaba la objetividad y, a menudo, la crítica de la realidad social. Este género, que triunfó internacionalmente con Luis Jiménez Aranda y Joaquín Sorolla, convivió con tendencias opuestas, orientadas hacia un simbolismo de vertiente idealista (el escultor Miguel Blay) o religiosa (Enrique Simonet).

La escultura también abrió el campo a los temas sociales, con escultores que trataron estos temas y participaron del auge del naturalismo, como Blay con su grupo escultórico Eclosión.

En estos años, la mujer se incorporó públicamente a la práctica de la pintura a través, aunque no en exclusiva, del cultivo de bodegones y floreros, presentados de manera creciente a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes.

En el ámbito ultramarino, los pintores nacidos en las islas filipinas crearon un arte que, a través de los tipos y el paisaje, daba cuenta de su atención a las peculiaridades de su propia cultura. Muchas de estas obras fueron mostradas en la Exposición de Filipinas que tuvo lugar en 1887 en Madrid, pasaron después al Museo de Ultramar y, tras la disolución de este en 1908, al de Arte Moderno.

Sala 60 A. La renovación artística en las primeras décadas del siglo XX

Joaquín Sorolla, el artista español con mayor proyección en los años del cambio de siglo, alcanzó su plenitud en sus visiones del mar Mediterráneo. Al tiempo, su personalidad pictórica se vinculó con el arte de Velázquez en sus retratos, como el de María Guerrero y el de su amigo Aureliano de Beruete. Este último, pintor culto vinculado con la renovación intelectual en España, mostró una original interpretación del impresionismo en sus paisajes.

A esos dos artistas, bien representados en el Museo, se han incorporado en los últimos años otros destacados pintores afines al regeneracionismo. Algunos, como Darío de Regoyos, participaron de las corrientes simbolistas e impresionistas; otros, como Ignacio Zuloaga, recibieron el influjo de los maestros del Siglo de Oro. En Cataluña fue muy importante el modernismo, vinculado a París en el caso de Hermen Anglada-Camarasa. Una de sus discípulas, María Blanchard, se convirtió en la más destacada pintora de la historia del arte español.

En la escultura, Mariano Benlliure, autor de numerosos monumentos (entre ellos el de Goya ante la fachada norte del Museo), sobresalió también como excepcional retratista tanto de la sociedad de la época como del mundo el arte. José Llimona representa la vertiente simbolista del modernismo triunfante en Cataluña.

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