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Goya y la corte ilustrada

CaixaForum. Zaragoza 28/09/2017 - 21/01/2018

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La muestra Goya y la corte ilustrada presenta un conjunto excepcional de 84 obras de arte, procedentes en su mayoría del Museo del Prado, junto a un numeroso grupo de obras de otras instituciones y colecciones privadas, confrontando su arte, su técnica y su visión de la realidad en su etapa cortesana con las pinturas de otros artistas del siglo XVIII.

La exposición, organizada por el Museo Nacional del Prado, la Fundación Bancaria ”la Caixa” y el Museo de Bellas Artes de Bilbao, se estrena en CaixaForum Zaragoza y viajará posteriormente a Bilbao.

Comisarias:
Manuela B. Mena (Jefe del área de Conservación del siglo XVIII y Goya) y Gudrun Maurer (Área de Conservación del siglo XVIII y Goya).
Coorganizada por:
Obra social "La Caixa"
Museo de Bellas Artes de Bilbao

Exposición

La correspondencia con Martín Zapater, punto de partida

La correspondencia con Martín Zapater, punto de partida
El pelele
Francisco de Goya y Lucientes
1791 - 1792. Óleo sobre lienzo, 267 x 160 cm.
Museo Nacional del Prado

El punto de partida es la relación que Francisco de Goya (Fuendetodos, Zaragoza, 1746 – Burdeos, 1828) mantuvo con su amigo Martín Zapater cuando viajó de Zaragoza a Madrid. A partir de ahí, se organiza esta muestra que repasa su figura y obra durante los años de su consolidación como brillante pintor de la corte para los reyes Carlos III y Carlos IV, a partir de algunas de sus obras más reconocidas procedentes del Museo del Prado.

Tras sus años de formación en Zaragoza e Italia, Goya se instaló en Madrid en 1775 para iniciar la carrera cortesana que había ambicionado desde muy joven. Llegó a la corte de Carlos III para colaborar en el importante encargo de cartones para tapices de temas de caza con destino al Escorial. Su reconocimiento en la Corte no llegaría hasta once años después, cuando fue nombrado pintor del rey en 1786, y luego con su nombramiento como primer pintor de cámara en 1799.

El contacto con la corte fue definitivo para su obra posterior, ya que determinó en gran medida su desarrollo profesional. La vida en Madrid y su éxito con los reyes y con la más alta aristocracia no supuso que Goya cortara su relación con la Zaragoza de su juventud. La correspondencia con Martín Zapater, su amigo de la infancia, ilustra en gran medida su vida familiar y sus amistades, además de aportar información fundamental sobre su arte y sus encargos. Este matiz personal fue esencial en el desarrollo posterior de su obra.

Esta exposición propone un acercamiento a la evolución del arte y la figura de Goya durante sus años de trabajo para la corte y la aristocracia en contexto con otros artistas significativos de su tiempo, como lo fueron Mariano Maella, José del Castillo, Luis Paret o Lorenzo Tiepolo. Así, Goya y la corte ilustrada confronta el arte, la técnica y la visión de la realidad encarnados por Goya con las obras de otros artistas del siglo XVIII, con quienes mantuvo numerosos puntos de contacto pero con los que su arte rompería definitivamente.

La muestra presenta un total de 84 obras, principalmente pinturas al óleo y cartones, numerosa correspondencia y otros objetos, miniaturas y estampas, así como algunos ejemplos del arte decorativo de ese período. Las obras proceden en su mayoría del Museo del Prado, e incluyen algunas de las más célebres pinturas del artista como La gallina ciega o El pelele. Al cuerpo principal de obras del Museo Nacional del Prado, se suman también obras del Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Museo de Arte de Ponce en Puerto Rico, el Museo de Zaragoza, la Fundación colección Ibercaja y la Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, así como otras colecciones privadas.

Novedades sobre Goya y obras restauradas

La investigación desarrollada para esta exposición a cargo de las comisarias y los profesionales del Museo Nacional del Prado ha dado lugar a varias novedades de interés, como la localización de un nuevo retrato temprano de Martín Zapater realizado por mano de Goya, así como la identificación de una miniatura del comerciante zaragozano, obra de Francisca Isidra Meléndez, y también la adscripción a Agustín Esteve de una temprana copia de exquisita calidad del retrato perdido de Goya de Ramón Pignatelli.

Además, resalta la labor del Taller de Restauración del Museo Nacional del Prado, que ha preparado las obras expuestas para que sean apreciadas en toda su belleza y calidad, mientras que las del Museo de Bellas Artes de Bilbao y las del Museo de Zaragoza han sido restauradas por los departamentos correspondientes de estos museos.

A partir de la muestra Goya y la corte ilustrada, la Obra Social ”la Caixa” despliega un amplio programa de actividades para todos los públicos en CaixaForum Zaragoza, con un ciclo de conferencias sobre la vida y arte de Goya en el contexto de la España de finales del siglo XVIII. Asimismo, se ha editado un completo catálogo con artículos a cargo de Manuela Mena, Gudrun Maurer y Virginia Albarrán.

"Zaragoza-Corazón-Zaragoza-Zaragoza"

Goya, que nació en el pequeño lugar de Fuendetodos, creció en Zaragoza, donde residían sus padres y donde él vivió modestamente hasta 1775. Casado en 1773 con Josefa Bayeu, hermana de Francisco, pintor de cámara de Carlos III, de Ramón y de fray Manuel Bayeu, también pintores, Goya marchó definitivamente a Madrid, invitado por su cuñado, para iniciar la carrera cortesana que había ambicionado desde muy joven.

A su formación con José Luzán en Zaragoza (1760-1764), siguió su intento (1762) de ganar una beca de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que no consiguió, y más adelante (1766), el premio de pintura, que tampoco obtuvo. Marchó a Roma por sus propios medios (1769-1771) para estudiar en la Academia del Dibujo, y a sus veintitrés años, nada más regresar de Italia, recibió varios encargos de importancia que lo muestran bien integrado en Zaragoza, como el fresco del coreto de la Basílica del Pilar o las importantes pinturas murales de la iglesia de la Cartuja de Aula Dei, además de un número significativo de pinturas religiosas para distintos patronos.

Artistas, arquitectos, escultores y mecenas de la aristocracia, así como amigos comerciantes o protagonistas de las empresas económicas de ese tiempo, como Martín Zapater, compañero suyo desde niños, o Juan Martín de Goycoechea, Ramón de Pignatelli y muchos otros, mantuvieron los vínculos del artista con Zaragoza, cuyo recuerdo permaneció en su memoria hasta sus años finales en Burdeos.

Goya y Madrid, 1775. La caza

Goya y Madrid, 1775. La caza
Bodegón con pichones, cesta de comida y cuencos
Luis Egidio Meléndez
Tercer cuarto del siglo XVIII. Óleo sobre lienzo, 50 x 36 cm.
Museo Nacional del Prado

Una vez establecido Goya con su familia en Madrid en 1775, su primer trabajo fue pintar nueve cartones para tapices con escenas cinegéticas para las decoraciones de las salas palaciegas del Escorial.

El artista se dedicaba también a la caza menor, para él la «mayor diversión en todo el mundo» y el pasatiempo que más lo unió con Martín Zapater, tanto en Zaragoza como durante su relación a distancia, según revelan las cartas del artista a su querido amigo. Con ello, ambos pertenecían a los privilegiados honrados que, a partir de mediados del siglo XVIII, gozaban de acceso a este recreo reservado hasta entonces a la familia real, a los nobles y a los eclesiásticos. El propio rey incluso encomendó a su pintor de cámara aragonés, Francisco Bayeu, que le proporcionara perros de caza de una raza especial de Aragón.

Ese cambio de la sociedad, en la que la burguesía ganó relevancia también en el Gobierno, se refleja en los retratos oficiales de esa época y en las pinturas con asuntos de caza, como los cartones de Goya, en que aparecen protagonistas de clases más humildes, ennoblecidos con notables referencias clásicas a la belleza ideal. También el bodegón de caza de aquel tiempo se distingue por la representación más realista del insigne trofeo, despojado finalmente por Goya de toda connotación simbólica y tradicional en su novedosa imagen de una caza con reclamo.

La corte ilustrada: punto de encuentros

La corte ilustrada: punto de encuentros
Ascensión de un globo Montgolfier en Aranjuez
Antonio Carnicero 
Hacia 1784. Óleo sobre lienzo, 169 x 279,5 cm.
Museo Nacional del Prado

Madrid, la villa y corte a la que Goya se trasladó en 1775, había alcanzado su apogeo desde que en 1700 subió al trono la dinastía Borbón, procedente de Francia y heredera de la grandeza y modernidad de Luis XIV. Para entonces, habían reinado tres monarcas: Felipe V y sus hijos con María Gabriela de Saboya, Luis I y Fernando VI. En 1775 el rey era Carlos III, hijo de Isabel de Farnesio. Monarca ilustrado, rodeado de ministros de ideas avanzadas y ejemplo de los programas de la Ilustración, Esquilache, Campomanes o Floridablanca, había continuado con eficacia la modernización de la ciudad y del reino, el desarrollo de la industria y del comercio, la ordenación de unas clases sociales en que se definía por primera vez la incipiente burguesía y un pueblo que disfrutaba de mejores posibilidades de trabajo.

Las artes habían recibido el impulso de la corona con la creación de las academias de bellas artes, la invitación de artistas y arquitectos extranjeros, como los refinados retratistas franceses, Houasse, Ranc y Van Loo, los brillantes creadores de composiciones mitológicas procedentes de Italia, como Giaquinto y Tiepolo, y los arquitectos del nuevo palacio real, como Filippo Juvara y Giovanni Battista Sacchetti, y Francesco Sabatini ya a mediados del siglo, así como los de otras empresas dirigidas por Juan de Villanueva. Exquisitos pintores del rococó, como Flipart, Amigoni y Paret, dieron paso a la figura excepcional del neoclásico Anton Raphael Mengs, con quien ya en el decenio de 1770 tomaron el relevo los jóvenes artistas españoles, y entre ellos la figura genial de Goya.

El refinamiento femenino en el siglo XVIII

El concepto de refinamiento se desarrolló en España durante la segunda mitad del siglo XVIII en relación con la idea de civilización. Suponía un deseo de elevación a través de los modales, las costumbres y los gustos, en definitiva, de la vida social en general, y se manifestó especialmente en las nuevas formas de sociabilidad y en la indumentaria. Se generalizaron entonces las tertulias, la asistencia a veladas, fiestas, bailes, teatros y paseos, actividades que hicieron que las mujeres abandonasen el ámbito cerrado del hogar y comenzasen a poblar los espacios públicos.

En este contexto la indumentaria tuvo un papel esencial, ya que no solo fue el medio principal para hacerse visible en todos estos lugares, sino que vestir refinadamente y siempre a la moda se consideró manifestación de las costumbres civilizadas. Estos cambios, además, afectaron a todos los niveles sociales, que, gracias a la democratización del vestido debido a la comercialización de telas cada vez más asequibles, empezaron a confundirse entre sí, a hacerse pasar por lo que no eran, lo cual dio lugar a un juego de apariencias que intentaría solucionarse mediante la propuesta, fallida, de creación de un «traje nacional».

En esta sección se puede hacer un recorrido por la evolución de la moda desde la exquisitez y profusión decorativa del rococó hasta la simplicidad de tintes revolucionarios del neoclasicismo, tanto en la vestimenta femenina como en la masculina, que se diferenciaron poco en cuanto a riqueza, ornamentación y elegancia, mediante retratos y escenas protagonizados por nobles, majos y petimetras.

La amistad y el éxito

La amistad y el éxito
La vendimia o El Otoño
Francisco de Goya y Lucientes
1786. Óleo sobre lienzo, 267,5 x 190,5 cm.
Museo Nacional del Prado

En 1786 Goya fue nombrado pintor del rey, diez años después de su llegada a la corte y de que empezara a trabajar para la corona. En 1780 había sido elegido académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y poco después marchó a Zaragoza para hacerse cargo de los frescos de la cúpula de Regina Martyrum en la basílica del Pilar. No gustaron y la junta de obras le obligó a aceptar las correcciones de Francisco Bayeu. La humillación para quien era ya académico fue grande y Goya regresó a Madrid sin volver a trabajar más en su ciudad. Tampoco recibió nuevos encargos reales, porque estos dependían de Bayeu, pero el artista salió adelante con el apoyo del secretario de Estado, Floridablanca, y de algunas figuras significativas, como el infante don Luis de Borbón, los duques de Osuna e intelectuales como Jovellanos y Ceán Bermúdez.

En 1789 Goya ascendió finalmente a pintor de cámara y poco después le decía a su amigo Zapater que «del rey abajo todo el mundo me conoce». En 1790 el artista viajó por sorpresa a Zaragoza y se reencontró con su amigo, a quien retrató entonces, y una vez más en 1797 ya como notable comerciante y miembro destacado de la sociedad aragonesa, lejos ya, como para Goya, sus años de penurias.

En la que se ha llamado «década prodigiosa», el artista acrecentó su fama y pintó para los miembros más destacados de la aristocracia y de la política, y, como pintor oficial de Carlos IV y de María Luisa, los retratos de estos, que culminaron en 1800 con La familia de Carlos IV.

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