Batalla de lapitas y centauros
1835. Óleo sobre lienzo, 88,5 x 119 cmSala 062
Pirítoo, rey de los lapitas en Tesalia, preparó un fastuoso banquete con motivo de su boda con la princesa argólida Hipodamía. Ambos eran parientes de los centauros, que acudieron invitados a la celebración. Durante el ritual matrimonial los lapitas se olvidaron de incluir en sus ofrendas a Marte, lo que trajo de inmediato consigo una terrible consecuencia. Encolerizado, el dios de la guerra azuzó a los centauros, que ebrios e incapaces de controlar su lado bestial intentaron secuestrar y violar a las mujeres de los lapitas. Éurito, cabecilla de los centauros, que se deseaba a la nueva esposa de su primo Pirítoo, raptó a Hipodamía.
El relato más famoso de esta leyenda, debido a Ovidio, narra los detalles del mítico combate, convertido por la posteridad artística en una permanente metáfora sobre el conflicto entre civilización y barbarie, y del costoso triunfo de la primera sobre la segunda. En el centro de la composición, Tegeo ha situado a Teseo que rodea a Hipodamía con uno de sus brazos, recién recuperada de los del centauro Éurito, que yace en el suelo. Tras ellos, de espaldas y todavía con sus vestiduras matrimoniales, aparece Pirítoo enfrentándose a otro centauro que le ataca con una piedra, y en el lado opuesto a este se distingue la mesa del banquete, rodeada por unos combatientes que se enfrentan con violencia, embestidas en las que Tegeo ya no sigue el relato de Ovidio. Resulta sorprendente que la única mujer visible en el combate sea la propia Hipodamía, pese a que en las Metamorfosis se explicite la presencia de muchas más: la relevancia de las dos que, al fondo, huyen hacia el templo de la derecha es en realidad anecdótica -como lo es la de las centáurides que varios artistas hicieron comparecer también en la boda, y que alguna fuente sitúa asimismo en la lucha-, convirtiendo la escena en un acontecimiento casi exclusivamente masculino. De hecho, tal y como recogería la crítica, el artista se concentró en el estudio anatómico de los personajes, aliciente principal de la composición, que Tegeo convirtió en una galería esmeradísima, en la que los cuerpos se suceden con un sentido rítmico que resulta inédito en su producción anterior.
En ese sentido, el conjunto convoca varias citas de obras de arte. Quizá la más inmediata sea la Centauromaquia de Miguel Ángel, presente en la concepción misma de la escena, en la que también son interpelados algunos de los famosos relieves del Partenón que tratan ese argumento. Pero lo más llamativo de esta pintura es que Tegeo ponía con ella fin al predominio de la herencia de la escultura griega, al peso de Flaxman y al legado de David, presente en composiciones mitológicas como las que había pintado para el infante Sebastián Gabriel, para asumir más bien la tradición del Barroco clasicista italiano, interpretado a su manera. Por eso, esta pintura muestra un concepto compositivo renovado, fruto de la maduración de sus estudios en Italia, que permite apreciar el peso del clasicismo boloñés mediante las figuras de Domenichino, Guercino y Guido Reni.
Pero también es evidente la influencia que ejercieron en su imaginación los modelos farnesianos de Annibale Carracci, sobre todo a través del arte de Pietro Benvenuti y de Luigi Sabatelli, con los que el artista habría estado en contacto en sus años italianos, y que comparecen aquí por la marcada musicalidad del movimiento de las figuras. La concepción de los cuerpos, entrelazados entre sí en una sensual y equilibrada sucesión de desnudos contorsionados, ofrece una multiplicación de los puntos de interés, frente a la concentración de la acción en un punto único, propia de las viejas imágenes neoclásicas. También es un salto cualitativo y sin retorno. La obra procura calidades precisas y jugosas, inéditas en los cuadros de composición de Tegeo, como atestigua el bodegón en la parte inferior derecha, concebido como una demostración preciosista de dibujo y factura; en la modulación y manejo de la luz resulta de una vocación dramática hasta ahora inusitada, y el desarrollo paisajístico del escenario es verdaderamente sorprendente. Todo ello revela, desde luego, un proceso de maduración artística sin retorno, y convierte esta pintura en una pequeña obra maestra, el cierre más digno y apropiado de la tradición neoclásica en España.
G.Navarro, C, 'Rafael Tegeo. Combate de lapitas y centauros' En: Museo Nacional del Prado. Memoria de actividades 2019, Ministerio de Cultura y Deporte,, 2020, p.142-145