El Tránsito de la Virgen
1546 - 1550. Óleo sobre tabla, 236 x 147,5 cmSala 052C
Es esta una de las más hermosas obras de la producción de Juan Correa de Vivar, realizada a mediados de la década de los años cuarenta, en un momento de transformación en su estilo pictórico. Tanto el carácter compositivo, la iconografía empleada, la entidad expresiva de los personajes, así como el dibujo preciso y el equilibrado cromatismo, muestran la sobria madurez del artista, el más relevante y decisivo de la pintura toledana de los años centrales del siglo XVI.
Correa concibió el encargo de esta tabla para la entonces iglesia del priorato de San Benito, un ámbito pensado para servir como hospital y asilo de los caballeros calatravos después de la entrega a la orden, por parte de los Reyes Católicos, de la que había sido sinagoga mayor de la ciudad. Don Íñigo de Ayala y Rojas, comendador de los calatravos, realizó el encargo de la obra para ornar la pequeña capilla en la que iba a ser enterrado dentro de la iglesia, bajo un arcosolio plateresco que hasta el siglo XIX contuvo esta pintura. Correa incluyó en la obra el retrato orante de don Íñigo, cubierto con el manto de calatravo. La cabeza, realizada con delicado trazo, es un depurado ejemplo de la calidad del pintor como retratista.
Representa la escena o mejor, las dos secuencias del episodio en torno a la muerte o tránsito de la Virgen, en el interior de una capilla de planta poligonal y sencilla traza renacentista. Aunando tradiciones de las iglesias ortodoxa y católica, se muestra en primer término la Muerte, Dormición o Tránsito de la Virgen y, en el ventanal central del fondo, la Asunción a los cielos.
El asunto central, el Tránsito de María, había sido concebido de manera parecida a como lo representó Juan de Borgoña (muerto en 1536) en la Sala Capitular de la Catedral de Toledo (1509-1511). Tanto los tipos humanos como la disposición espacial del lecho de María dentro de una capilla de trazas renacentistas muestran la estrecha relación de Correa con su maestro, incluyendo la elegante y rítmica disposición de las figuras o la presencia de una cercana credencia en la que se han colocado una granada y manzanas; frutas con larga vinculación a la iconografía mariana.
En ambas obras los apóstoles aparecen como oficiantes del rito funerario, por lo que aparecen portando una cruz procesional, acetre e hisopo, velas y misales; san Juan sostiene una palma, representación del árbol de la vida, que fue entregada a María por un ángel para acompañarla en el momento del tránsito. Una fórmula de representación cuyo fundamento se halla en los evangelios apócrifos. Correa enfatizó la idea del oficio de difuntos vistiendo a san Pedro con casulla y, a diferencia de Borgoña, que la omite, incluyó la escena de la Asunción, momento preferente en el culto a la Virgen en la Iglesia católica.
Además de los paralelismos con su maestro, a mediados de los cuarenta Correa adoptó modos del pleno Renacimiento, en especial de la figura de Rafael, del que conoció algunas de sus composiciones a través de estampas, en un modo semejante al de otros artistas de la Península, como Juan de Juanes (c. 1503/5-1579). Por lo demás, el modo en que fue matizando y aclarando su paleta cromática se asemeja a Juanes, aunque es difícil establecer si el toledano conoció la obra del valenciano o si los paralelismos responden a una evolución semejante.
De la popularidad de esta obra de Correa da prueba el hecho de que el templo terminaría por adoptar el nombre de la pintura: la iglesia del Tránsito (Ruiz Gómez, Leticia, en Maniera, cat. exp., Museo del Greco, 2025, pp. 68-69, n. 16).