La promesa, después del temporal, Asturias
1903. Óleo sobre lienzo, 218,5 x 362,5 cmDepósito en otra institución
La obra se planteó como parte de un con junto de tres cuadros, titulados los otros dos “La salida a la pesca” y “El naufragio”. Artistas como Vicente Cutanda y Juan Martínez Abades ya habían representado en diferentes envíos a las Exposiciones Nacionales episodios sucesivos de un relato. Álvarez Sala, que había pintado un Naufragio en las costas de Gijón para la Exposición Internacional de Bellas Artes de 1892, comenzó a trabajar en 1902 en este cuadro, el único que llegó a realizar del proyectado tríptico. La lucha contra un mar peligroso también había sido objeto de la obra de algunos artistas, especialmente en Bretaña. Entre ellos, en un espíritu naturalista, Alfred Guillou, al que está próximo Álvarez Sala, y, en una orientación más expresiva, Charles Cottet.
El motivo de los pescadores que cumplen un voto tras un naufragio había sido pintado en 1892 por el artista alicantino Heliodoro Guillén en su obra “La última borrasca” (Madrid, MNP, depositado en Alicante, Museo de Bellas Artes Gravina). En el cuadro de Álvarez Sala la composición es muy diferente, ligeramente oblicua, en un paisaje captado con gran veracidad. Las figuras son variadas, pues contó con diferentes modelos que evitan la repetición frecuente en otras obras de pintura social. La diversidad de sexos y de edades y el corte fotográfico por la derecha, como si pudieran seguir la comitiva otros personajes, aluden al carácter de grupo familiar y social de los individuos representados y a la continuidad en distintas generaciones del trabajo en el mar, que ocupaba también, en labores realizadas en tierra, a las mujeres. La boina del marinero que sujeta la vela enrollada, el amplio pañuelo rojo y negro que sirve de chal a la niña y las madreñas que calza la anciana, identifican la región en la que transcurre la escena. La distribución de los elementos de la lancha, un mástil, una vela enrollada, la pala del timón y un remo, y su sobria materialidad denotan la verosimilitud de la composición, que representa la costa oriental de Gijón, localidad natal del artista, desde el cabo San Lorenzo hacia el mar. El pintor había observado este pai saje en los días invernales, de modo que la vista de los salientes sucesivos de la costa y la neblina, con un estudio del cielo y del mar en tonos sobrios y factura amplia pero precisa, es muy convincente.
La comitiva aparece detenida en oración ante el crucero de piedra que recuerda, en sus brazos ochavados, al que existe en el Campo Valdés de la ciudad, frente al mar. La niña y la anciana llevan cirios para ofrecer a Nuestra Señora de la Providencia, titular de la ermita que aparece al fondo y en la que, tras un incendio en 1895, se había vuelto a celebrar culto en el verano de 1898.
El cuadro estaba adelantado en septiembre de 1902. En 1903 el pintor hubo de luchar con las inclemencias del tiempo, posible origen de una fiebre gripal que sufrió, y con los problemas para contar con los modelos; además, señalaba: «me desanima pensar en este clima y esta luz tan variable e imposible». El enfrentamiento con el paisaje del norte se hacía más arduo después de su estancia en Roma, pero el artista supo llevar a cabo su escena con plena verosimilitud.
A pesar de su valía y de su buena colocación en las salas de la Exposición Nacional de Madrid de 1903, el cuadro, que fue vota do para segunda medalla por Joaquín Sorolla, presidente del jurado, y por Alejandro Saint-Aubin y Manuel Ramírez, solo obtuvo una propuesta de condecoración. El propio Sorolla publicó el 5 de julio en El Comercio, a la crítica. De este modo, la noticia de que se había adquirido la obra por un particular con el propósito de regalarla al Museo de Arte Moderno se vio como una reparación. El comprador fue el pintor Aureliano de Beruete, premiado él mismo con una me dalla de segunda clase, que debió de apreciar la finura de los grises del paisaje y que escribió a Álvarez Sala desde Múnich para felicitarle cuando en la Exposición Internacional de 1905 obtuvo, entonces sí, una segunda medalla, al igual que otras pinturas españolas que habían sido premiadas en Madrid con la primera.
Barón, Javier, 'Ventura Álvarez Sala. La promesa, después del temporal, Asturial'. Arte y transformaciones sociales en España (1885-1910), Madrid, Museo Nacional del Prado, 2024, p.202-203 nº.107