Santa Bárbara
2007. Fotografía digital sobre papel fotográfico, 650 x 500 mmNo expuesto
Para Naia del Castillo se puede hacer arte mediante cualquier cosa o recurso, pero sin perder nunca de vista la realidad, no tanto para representarla, sino para darle réplica, lo que significa restaurar la narración dentro de las artes visuales. Su voluntad narrativa no está supeditada al género de los grandes relatos, sino al testimonio crítico directo de su experiencia personal. Es por esta razón por la que su intervención en el Museo del Prado cobra un especial interés, que, en su caso, no se limita a la confrontación entre pasado y presente, ni tampoco entre el recinto sacralizado del museo y la vida cotidiana, sino todo ello y al mismo tiempo como cruce de historias.
Así lo podemos apreciar en la obra titulada Santa Bárbara. Naia del Castillo se ha servido de la pintura homónima del flamenco Robert Campin, un tríptico, cuyos elementos han sido alterados y sintetizados pero sin perder su significado original, ni ese sereno intimismo, realista y doméstico, tan característico de los maestros primitivos de los Países Bajos. La esencia de la piadosa historia de Santa Bárbara, según la interpretación de Campin, es la de una virgen prudente, que lee, abstraída, en su habitación burguesa, al parecer por completo ajena a lo que está ocurriendo en el exterior, que no es otra cosa que lo que sellará trágicamente su destino. Naia del Castillo embute este episodio como reflejo de un espejo convexo, pero introduciendo en la estancia la imagen simétrica de otra joven, de hoy, que también está absorta en la contemplación de un libro. De esta manera, la convexidad especular no sólo sirve para agrandar el espacio, sino también el tiempo; lo propio de una visión sobrenatural, divina. No en balde, La Mesa de los pecados capitales, de El Bosco, gira sobre el centro de un ojo divino que todo lo ve. Ver espacio-temporalmente no sólo relativiza la historia, sino que convierte la visión en una previsión o, si se quiere, en una visión crítica. En el caso que nos ocupa, no se trata sólo de "actualizar" una leyenda o un cuadro histórico, sino la relación entre el dentro y el fuera de nosotros mismos, entre vida y destino, entre individuo y sociedad, todo lo cual Naia del Castillo lo ha expuesto, como no podía ser de otra manera, sin ninguna retórica.
Calvo Serraller, Francisco, Doce artistas en el Museo del Prado, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado, 2007, p.30-33