Una autopsia
1890. Óleo sobre lienzo, 177 x 291,5 cmDepósito en otra institución
Pensionado en Roma, Simonet escribió a su padre el 20 de enero de 1890: “He comenzado por los bocetos del envío de mi primer año. Es de asunto moderno y representa la autopsia del corazón. Quizá le extrañe la elección que he tenido en el asunto, pero como es tan difícil acertar con el gusto de los señores jurados he escogido este por ver si topa. No le describo el asunto porque sin verlo no le ha de dar idea exacta de él; más adelante le mandaré una fotografía que enseñará al Sr. Muñoz [Degrain] y cuya opinión autorizadísima estimaré para antes de comenzarlo”. Resolvió rápidamente su preparación y tres meses después, el 29 de abril, le avisaba: “Mañana voy por última vez al hospital para hacer un estudio del modelo muerto, y esta misma semana termino mi envío”. El 1 de mayo, efectivamente, entregó el cuadro como ejercicio de desnudo a Vicente Palmaroli, director de la Academia de Roma. Aunque se esperó la obra para la Nacional de ese año los cuadros de los pensionados no llegaron a tiempo desde el Gianicolo al concurso, y fueron expuestos, desde mediados de junio, en las salas altas de la Academia de San Fernando.
Los críticos estuvieron de acuerdo en que el ejercicio más destacado era este. El único en objetar la obra fue Ceferino Araujo, debido a su “asunto repulsivo, que no da lugar a otro sentimiento que el asco” aunque reconocía al menos la calidad de la figura masculina. El viejo crítico veía “falta de virilidad” en el cuadro, a lo que un joven Antonio Cánovas y Vallejo le respondía que Simonet estaba “entregado por entero a los alardes viriles de la escuela moderna”. La pintura fue recibida por las nuevas generaciones como una muestra de la renovación realista de la pintura española tanto en lo plástico como en lo argumental y en ese sentido interesan algunos matices que hicieron sus defensores. Cánovas insistía en que el pintor había “dado un puntapié a todos los asuntos de guardarropía [...] y se ha puesto a estudiar un asunto [...] vestido y hecho a la moderna”, y le consideraba además un pensador “y pensador profundo” por la concepción misma de la obra. Icaza también respondió seriamente a Araujo, defendiendo que representaba un asunto científico y la ciencia no podía ser repugnante; de hecho, este y otros apreciaron el paralelo plástico entre ciencia y pintura, visible tanto por la descripción sintética y ejecutiva de la escena, concentrada en dos únicas figuras, como por la adaptación de la ejecución material a cada objeto descrito a través de una versátil gama de pinceladas y texturas; efectivamente, el lienzo recrea detalles virtuosos de iluminación, como los frascos ante la ventana o la penumbra del fondo, y de contraste sensorial, especialmente entre la descripción de los mármoles, el cadáver macilento y el blanco sudario que lo cubre. Su dedicada fidelidad revelaba los estudios del natural tanto del escenario como de las figuras que el artista había realizado. Pero Luis Alfonso ajustó: “yerra de medio a medio el que rechace el cuadro por sobrado realista [...]. En el cuadro de Simonet hay poesía, poesía tétrica, morbosa al modo de la de Edgardo Poe, si se quiere, mas poesía”. Su clarividente asociación con el goticismo romántico, motivada por la actitud del médico -de meditación más que de estudio-, identifica su último sentido simbolista y enlaza la obra con los referentes europeos que el artista pudo considerar como modelo, como los cuadros de Gabriel von Max, “El anatomista” (1869; Múnich, Neue Pinakothek) y de Henri Gervex, “Jules-Émile Péan y su clase de cirugía antes de la operación” (1887; París, Musée d’Orsay), antecedentes, sobre todo el primero, de la edición más oscura del simbolismo. En ellos, como en el cuadro del Prado, son hombres los que estudian los cadáveres de mujeres -en esta imagen el corazón se interpreta como una metáfora de sus sentimientos-, forma última de hegemonía sobre sus cuerpos que, según Jordanova, marcó las imágenes científicas del realismo decimonónico.
La obra tiene como título espurio más repetido “Y tenía corazón”, debido precisamente a esa acentuación de la interpretación en clave patriarcal. No son de extrañar, en ese sentido, las especulaciones sobre la identidad, las circunstancias o el pasado de la mujer muerta que estudió el artista, así como las observaciones subjetivas sobre su apariencia. En todo caso ha conocido una dilatada fortuna en la cultura popular, impulsada por multitud de reproducciones mecánicas de variada calidad, y en las artes, entre las que destaca la obra de Barbara Kruger “No radio” (1988; San Francisco Museum of Modern Art).
G.Navarro, Carlos, 'Enrique Simonet. Una autopsia'. Arte y transformaciones sociales en España (1885-1910), Madrid, Museo Nacional del Prado, 2024, p.220-222 nº.124