Visión de Ezequiel: la resurrección de la carne
1630. Óleo sobre lienzo, 177 x 205 cmNo expuesto
Un anciano vestido de azul levanta su mano derecha y se dirige a una concurrencia formada por personajes que han salido o están saliendo de sus sepulturas, y que muestran una gran variedad de grados de deterioro orgánico: vemos simples huesos dispersos, esqueletos, cuerpos a medio formar y anatomías completas. Todo ello ocurre entre arquitecturas en ruinas.
La obra está inspirada en el llamado Libro de Ezequiel, una de las partes de la Biblia, en la que se describen las profecías de ese profeta, que es el personaje anciano en relación al cual se organiza la composición. Una de esas visiones narra cómo Dios lo puso "en medio de un campo que estaba lleno de huesos"; le preguntó "Hijo del hombre, ¿revivirán estos huesos?", y le conminó a que transmitiera a los huesos que Dios va a "hacer entrar en vosotros el espíritu y viviréis; y pondré sobre vosotros nervios, y os cubriré de carne, y extenderé sobre vosotros piel, y os infundiré espíritu, y viviréis, y sabréis que yo soy Yavé". A continuación, Ezequiel vio cómo los huesos dispersos se unían, formando esqueletos, y estos se iban cubriendo de nervios, carnes y piel.
Se trata de un relato que afecta a una de las creencias fundamentales del cristianismo, como es la de la resurrección de la carne una vez que acontezca el fin de los tiempos; y en ese sentido se relaciona directamente con la escena de la resurrección de Cristo, e indirectamente con el ciclo de su pasión, que culminó en la misma.
La profecía de Ezequiel se prestaba extraordinariamente bien a las cualidades que mejor caracterizaban a Collantes como pintor y, de hecho, se trata de su obra maestra. Entre los artistas españoles de su tiempo, se distinguió sobre todo por su interés por el paisaje, que cultiva en obras en las que se interesa por los efectos atmosféricos, y en las que con frecuencia la naturaleza está jalonada de ruinas y otras construcciones. En este caso, la presencia del paisaje es fundamental, con un cielo de un azul intenso, interrumpido por las nubes encendidas, que crean un marco vibrante y luminoso bajo el que se desenvuelve una arquitectura de gran presencia cuyo estado ruinoso nos habla del fin de los tiempos. En la lejanía vemos surgir de la tierra multitudes de resucitados, mientras que en los primeros términos asistimos a los diferentes grados de las metamorfosis, con figuras en una gran variedad de posturas y estados, que invitan al espectador a detenerse en la contemplación de todas ellas, a meditar sobre el tema principal del cuadro y, también, a admirar la pericia del pintor a la hora de crear una historia en la que ha sabido combinar variedad y unidad.
El dominio en la descripción anatómica que muestra esta pintura, su cromatismo atractivo y eficaz, y la importancia que adquieren en ella los aspectos ambientales y atmosféricos hicieron que pronto fuera muy apreciada. De hecho, en 1635 se adquirió para el palacio del Buen Retiro, residencia de Felipe IV ubicada en las afueras de Madrid que se decoró con pinturas de gran calidad. Gran parte de ellas procedían del extranjero, especialmente de Italia y Flandes, mientras que la presencia de obras españolas fue discreta, y en su mayoría se trataba de cuadros encargados expresamente para decorar determinadas estancias. Eso da idea de hasta qué punto esta obra fue estimada y satisfacía el gusto de la corte de Felipe IV (Portús Pérez, Javier, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).