Cabeza colosal
Hacia 1635. Óleo sobre lienzo, 246 x 205 cmEn exposición temporal
En 1660 y 1661, una delegación holandesa visitó la corte de Felipe IV; Lodewijck Huygens, gentilhombre de uno de los embajadores, redactó un diario con las impresiones de lo vivido y visitado. El 12 de enero de 1661 recorrieron el palacio del Buen Retiro, donde al bajar una escalera del llamado "Cuarto de la Reina", se toparon "con una pintura que es una cabeza de un hombre que tiene por lo menos 6 pies de alto y de ancho a proporción, y es de buen paño". Es probable que la escalera fuera la conocida como la de "los bufones", por ser donde también colgaba la serie de seis bufones y enanos concluidos por Velázquez en 1634.
Ese cuadro, que era sin duda esta Cabeza colosal, permanecía en esa misma zona del palacio en 1701, cuando se sabe que estaba, junto a otros cuadros de paisajes y mitología, en una de las dos estancias destinadas a las recepciones y audiencias de la reina y de las infantas, concretamente en el cuarto 42, muy cerca de la escalera de los bufones. En esa fecha, el inventario de la testamentaría de Carlos II sugiere el nombre de Vicente Carducho (c. 1576-1638) como autor de la obra, al tiempo que identifica el personaje con un gigante: "una cabeza de un gigante de tres varas de alto y dos y media de ancho, que parece ser de la mano de Vicente Carducho". El nombre de este pintor español, de origen florentino, se asoció desde entonces con esta obra, aunque sin ninguna reflexión o explicación al respecto.
Nada sabemos de por qué se pintó esta cabeza. Barbara von Barghahn la consideró un misterio dentro de las pinturas del Buen Retiro, aunque no dudó en identificarla como la de un gigante. Le pareció significativo que se exhibiera cerca de la escalera de los bufones, apuntando que, al estar junto a estos, podría presentarse como la antítesis del ideal neoplatónico de belleza. La misma autora vio esta figura como símbolo y expresión de la Fortaleza. Los gigantes en la mitología grecolatina se describen como seres de semblante tosco y primitivo, provistos de una fuerza descomunal y una apariencia aterradora. Es posible que la representación de este hombre maduro que nos contempla con tensa concentración fuera la de un guardián simbólico, la de un protector del espacio palaciego del Cuarto de la Reina.
Desde su ingreso en el Museo del Prado se prefirió designarlo de una manera menos definitiva, evitándose cualquier relación con gigantes, titanes o colosos: Estudio de una cabeza de un hombre de tamaño colosal (1843), o de manera más escueta todavía: Cabeza colosal (2018). Su sentido continúa siendo un misterio, pero los estudios técnicos han desvelado que fue una pintura pensada y pintada cuidadosamente. Gracias a la radiografía se ha descubierto una primera versión perfectamente acabada en la que el hombre no tiene barba ni bigote, sus labios son más finos y lleva el cabello muy corto, con amplias entradas en la frente. El rostro que se percibe en la imagen de la radiografía recuerda a los bustos de los emperadores de la estatuaria romana. Por alguna razón que desconocemos, el pintor dio más tarde a la cabeza un aspecto diferente, más agreste y un tanto primitivo.
La anterior atribución a Vicente Carducho seguramente se basase en su conocida especialidad en obras de grandes dimensiones, con figuras monumentales, provistas de un tono solemne. En opinión de Leticia Ruiz -ya sugerida en el catálogo de la exposición de Tokio y Kobe, 2018, núm. 20)-, ni el modelo físico ni el tratamiento pictórico responden a la producción de Carducho, vinculado con la pintura manierista florentina de finales del siglo XVI. El autor de este cuadro muestra otra sensibilidad, más cercana al naturalismo caravaggista. La construcción pictórica es más compleja, con un modelado intenso basado en un colorido cálido y una iluminación contrastada. Sus concomitancias con la obra de Francisco de Zurbarán resultan relevantes. La comparación con algunas de las cabezas que el pintor extremeño incorporó en su Defensa de Cádiz (P656) o en Hércules desvía el curso del río Alfeo (P1248), o algunas de las incluidas en la serie de Las doce tribus de Israel (Durham, Auckland Castle) obligan a pensar en Zurbarán como autor de esta Cabeza colosal (Ruiz Gómez, Leticia, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).
Martínez Plaza, Pedro José (Com.), Ages of Splendor: a History of Spain in the Museo del Prado. Cat. exp. Museum of Art Pudong, Shangai, Museum of Art Pudong ; Museo Nacional del Prado, 2024, p.46