Borreguillo
1635 - 1640. Óleo sobre lienzo, 37,3 x 62 cmEn exposición temporal
Un fondo oscuro y una mesa gris es el escenario donde se expone el motivo único del cuadro: un cordero merino de entre ocho y doce meses de vida. Se encuentra todavía vivo, tumbado y con las patas ligadas con un cordel, en una actitud inequívocamente sacrificial, que curiosamente recuerda famosas imágenes de santos martirizados, como la conmovedora escultura de Santa Cecilia de Stefano Maderno en la basílica de Santa Cecilia en Roma. El pintor ha utilizado su inigualable capacidad para reproducir las texturas, una luz muy calculada y dirigida que crea amplios espacios de sombras y una técnica minuciosa, para concentrar la atención en el animal que parece asumir con mansedumbre su destino fatal.
Esta pintura no es la única de tema similar que realizó Zurbarán, pues se conocen otras cinco versiones de su mano con algunas variantes iconográficas que testifican lo bien aceptada que fue esta representación por una clientela probablemente privada. Tres de esas versiones están fechadas en 1631, 1632 y 1639, respectivamente. El pintor y tratadista Antonio Palomino se hizo eco de la fama que había alcanzado ese tipo de obras cuando en 1724 escribió: Un aficionado tiene en Sevilla un borreguillo de mano de este artífice [Zurbarán], hecho por el natural, que dice lo estima, más que cien carneros vivos. La versión del Museo del Prado se considera la de mayor calidad, aquella en la que el pintor llegó a una síntesis más apurada entre maestría técnica, dominio descriptivo y concentración expresiva, y donde alcanzó una mayor sutileza emocional. Los historiadores están de acuerdo en fecharla en la cuarta década del siglo XVII, y la mayoría apuntan al período 1635-40, que constituye la época de plena madurez artística del pintor.
Esta fue dada a conocer en 1950 por Diego Angulo, que la relacionó con el Agnus Dei del Museo de San Diego, pues el modelo es muy parecido. Aunque en los catálogos razonados de la obra de Zurbarán que se publicaron en las décadas de 1950, 1960 y 1970, se mencionaba como un “cordero” o un “carnero”, tras su ingreso en el Museo del Prado en 1987 y su participación al año siguiente en la exposición monográfica sobre el pintor, adoptó el título de Agnus Dei, pues aunque la obra no contiene referencias explícitas que justifiquen esa identificación, se consideraba que los valores plásticos que encierra y el clima emotivo que se crea en torno a esta figura suplían esa falta de referencias. Desde entonces la obra ha conservado ese título, que, por otra parte, transmite bien la mansedumbre del animal y las connotaciones sacrificiales de su actitud. Sin perjuicio de que, a muchos espectadores de esa época, la visión de este cuadro les pudiera evocar una imagen tan querida por ellos como la del “Agnus Dei”, hay varias razones que indican que no fue concebido expresamente como la representación del “Cordero de Dios”; lo que invita a cambiar su título. En la década de 1630 Zurbarán realizó varias representaciones semejantes, aunque entre ellas se distinguen dos grupos perfectamente diferenciados en lo que se refiere a la morfología del animal, y al contexto retórico en el que se incluye. Por un lado, existen varios cuadros (dos ellos fechados, en 1631 y 1632) en los que se representa al animal con cuernos y desprovisto de alusiones religiosas. A ese grupo pertenece también el cuadro del Prado. Por otro lado, hay dos versiones (Museo de San Diego y Academia de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid) en las que el animal carece de cuernos, tiene un halo sobre su cabeza, e incluye una inscripción alusiva a su condición de “Agnus Dei”. La versión de la Academia de San Fernando está fechada en 1639. Es decir, cuando Zurbarán quiso representar al “Cordero de Dios” lo hizo inequívocamente, suprimiendo sus defensas e incluyendo alusiones explícitas. Muy probablemente el proceso fue el siguiente: en la época en la que se estaba interesando por la naturaleza muerta (principios de la década de 1630) realizó representaciones de estos pequeños carneros. Sus connotaciones sacrificiales y su clima emotivo tan logrado facilitó la creación posterior de imágenes del Agnus Dei, con una pequeña transformación de los rasgos del animal y la adición de alusiones religiosas. Las escasas referencias antiguas a este tipo de obras las identifican con animales, y no con representaciones sagradas. Es el caso del citado “borreguillo” al que alude Palomino, que además de artista era clérigo, lo que reafirma el valor de esa referencia. Unos años antes, en el inventario de los bienes de Juan de Castañeda, en Madrid (1694), se cita “un carnero original de Francisco Zurbarán”. Estos datos han motivado el cambio de título. Se ha optado por el que utilizó Palomino (“Borreguillo”), pues este diminutivo expresa bien la sensación de desamparo, resignación y mansedumbre que trasmite el cuadro de Zurbarán, que es una de las obras más apreciadas de la colección de pintura barroca española, y que no deje indiferente a nadie por su combinación de valores plásticos y emotivo.
El lienzo, que tiene al dorso lacres con el escudo de Fernando VII, perteneció a los marqueses del Socorro, y en 1986 el Estado español lo adquirió con destino al Museo del Prado, donde ingresó al año siguiente.