Isabel II
1848. Óleo sobre lienzo, 217,5 x 136,5 cmNo expuesto
A lo largo de su prolífica carrera, este pintor -considerado el principal retratista de la Corte durante el Romanticismo- realizó diferentes retratos de Isabel II, destinados a las principales instituciones y estancias oficiales. Este fue realizado para el Ministerio de la Guerra y formaba pareja con el de su esposo Francisco de Asís, que hizo también Madrazo (desaparecido en el incendio de la embajada de España en Lisboa el 27-9-1975). Por eso la efigie está orientada hacia la derecha, mientras que la del rey lo estaba a la izquierda. A diferencia de esta, que abre a paisaje, el de la reina se ubica en un interior idealizado, donde el simbolismo de los diferentes objetos y atributos tiene un protagonismo muy destacado.
El escenario arquitectónico no solo evoca el carácter palatino, sino que incorpora también -en la parte izquierda- el cortinaje y la columna, elementos característicos del retrato regio desde el siglo XVI, alusivos a la fortaleza y que Madrazo ya había empleado en efigies de la reina anteriores (como la conservada en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de 1844). Como novedad frente a estas, y con un significado parecido, se incluye en el lado opuesto una cariátide, elemento arquitectónico y decorativo de gusto clásico, habitual en los edificios de nueva planta que se estaban levantando entonces, como el Congreso de los Diputados.
Justo debajo asoma un león con una bola: el animal, emblema secular de la monarquía española, recuerda a los que sujetan las mesas de piedras duras que hoy conserva el Museo del Prado y que fueron copiados por Madrazo en alguna ocasión, posiblemente con motivo de este encargo.
A la izquierda se concentran los símbolos que definen el poder real: el trono en el fondo, y la corona y el cetro. Este aparece sujeto por la reina en la mano mientras que la corona reposa en el cojín sobre el bufete, de acuerdo al protocolo de la casa real española, repetido en el resto de efigies reales que los artistas hicieron de la monarca desde el comienzo de la regencia de su madre María Cristina. De hecho, la reina luce sobre su cabeza una corona de brillantes -que Madrazo volverá a incluir en efigies suyas posteriores- que forma parte de su rico ajuar personal, junto con el collar de brillantes. Le cruzan el pecho las bandas de la orden femenina de María Luisa y de Carlos III. La reina luce también un manto azul, apenas visible en su parte izquierda y en el suelo junto al león.
A diferencia de los retratos de la Academia -ya citado- y de la Embajada de España en Roma, este otro apenas fue copiado para figurar en los estamentos oficiales, posiblemente por el lugar al que fue destinado. El pintor cobró por la pareja 32.000 reales y el cuadro se mantuvo en su destino ministerial hasta la Revolución Gloriosa. Los avatares sufridos por algunas efigies reales durante la misma, así como la nueva situación política, provocaron que muchas instituciones decidieran trasladar a los museos las imágenes de los monarcas que custodiaban, siendo esta un ejemplo de ello (Martínez Plaza, Pedro J., en Gerardo Boto y José Alberto Moráis (eds.), Reina Ella. Urraca I de León (1109-1126), catálogo de exposición, 2026, p. 204).