María y Luisa, las hijas del pintor
1783. Óleo sobre lámina de cobre, 37,1 x 27,9 cmSala 020
Cinco años después de que Paret contrajera matrimonio con Micaela Fourdinier y casi dos desde su retorno de Puerto Rico, el 18 de septiembre de 1780, nació en Bilbao María Soledad Luisa Micaela Cupertina, su primera hija. Un año más tarde, el 11 de septiembre de 1781, bautizaban a la segunda, Luisa María de las Nieves Micaela Rafaela Nicolasa de Tolentino.
El artista retrató a ambas sobre la misma plancha de cobre, luego dividida, en la que pintó también a su esposa Micaela (P3250). Las dos obras han de ser las que figuran entre los “útiles” de su estudio que en marzo de 1787 quería trasladar a Madrid, donde se establecería una vez revocada la pena de alejamiento que se le había impuesto años antes: “Dos chapas asimismo pequeñas de cobre con los retratos de la familia de dho Parét”. El artista debía de estar experimentando entonces con las posibilidades de dicho soporte, ya que en torno a esas fechas se sitúan la mayor parte de sus pinturas sobre cobre, como la Virgen con el Niño, Joven dormida en una hamaca (P8114), el Rezo del rosario o Vista de Bermeo.
En este retrato recurre el pintor al mismo efecto de trampantojo utilizado en el de su esposa. Así, en el cuadro interior representa a las dos niñas, de tres y dos años, como si fueran pequeñas ninfas. Están situadas en un paraje natural, semidesnudas, apenas cubiertas por unas telas que, más que vestirlas, las protegen de las rocas sobre las que se sientan. María, con el rubio cabello recogido sobre la cabeza con un lazo amarillo, mira directamente hacia el espectador mientras sostiene una pandereta. Acoge con su brazo a Luisa, que lleva chichonera, lo que indica que aún está aprendiendo a andar, aunque se desenvuelve perfectamente con un perrillo del que ha logrado que se incorpore y le dé la pata. El entorno y las acciones de las niñas podrían asimismo ponerse en relación con las ideas de la educación natural desarrolladas por Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).
Sobre ellas, en el ángulo superior izquierdo, asoma entre la frondosa vegetación un fragmento de columna de fuste estriado y fantástica basa desde la que se proyecta un mascarón antropomorfo, de aspecto bestial, con la boca abierta, probable representación de algún genio o deidad protectora frente al mal, del tipo del dios Bes, que en la iconografía romana adquirió la apariencia de sátiro y que cuidaba de la fertilidad, el matrimonio y los niños, o de Medusa, cuyo nombre significa “la que guarda o protege”, personaje mítico más conocido en época de Paret y cuya historia se narra en las Metamorfosis de Ovidio, poema que se hallaba en la biblioteca del pintor. Con la inclusión de esta figura el artista buscaba, por tanto, un efecto apotropaico sobre sus hijas.
El marco exterior pintado contiene la inscripción que identifica a las niñas, en esta ocasión en latín, y que, junto con la escrita en griego en el retrato de su esposa, supone un muestrario de su conocimiento en lenguas clásicas, aspecto destacado por coetáneos como Juan Agustín Ceán Bermúdez o Juan Pascual y Colomer y que, como se ha señalado, lo diferenciaba de la mayoría de los pintores españoles del momento. Completan el ornato del marco un rico cortinaje dorado, un sombrero de paja adornado con cintas y flores que, además de refinamiento, aporta un mayor carácter bucólico a la escena, así como una enredadera de hiedra y un ramo de flores similares a los que aparecen en el retrato de Micaela Fourdinier. Como en este, la técnica pictórica de Paret es extremadamente delicada y preciosista. A pesar del tamaño del retrato, todo está pintado con gran detalle, sin que falten sus característicos efectos iridiscentes en numerosos puntos de la obra.
Albarrán, Virginia, 'Luis Paret y Alcázar. Las hijas de Paret'. Paret, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2022, p.136-138 nº 28