Una cascada de hielos eternos en Rosenlaui (Suiza) (estudio)
1862. Óleo sobre lienzo, 27 x 32 cmSala 062B
Por su frecuentación de la sierra de Guadarrama en su juventud Rico estaba familiarizado con los torrentes, que a veces formaban cascadas. Cuando viajó a los Alpes suizos en el verano de 1862, en su primer año de pensión por el paisaje en el extranjero, la sugestión de la grandiosa naturaleza de alta montaña y la compañía del pintor suizo Alexander Calame, que había trabajado en aquellos lugares, le estimularon para abordar el motivo.
En el glaciar de Rosenlaui habían pintado, entre otros, François Diday, maestro de Calame, y el artista británico John Brett. Rico hizo su estudio para la obra más importante de su envío, dos años después, a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1864, que tituló Una cascada de hielos eternos en Rosenlaui (Suiza). En paradero desconocido, conocemos su composición gracias a una xilografía publicada en El Museo Universal, 22 de enero de 1865. Gracias a esta imagen podemos advertir que esta obra es un estudio que representa la parte más alta del torrente, a la derecha de la composición, justo en el lugar en que cambia de dirección. La pintura, realizada sin duda ante el motivo, revela una atención muy precisa al movimiento en torbellino de las aguas cuando rodean las piedras y a las variaciones de luz y color. Las pinceladas blancas, a veces independientes, resaltan las luces con un valor de observación hasta entonces infrecuente en la pintura española. Es muy interesante la sutileza del cambio de color de las aguas en los lugares en los que hay rocas sumergidas.
Barón, Javier, 'Martín Rico y Ortega. Una cascada de hielos eternos en Rosenlaui'. Museo Nacional del Prado. Memoria de actividades 2024, Madrid, Ministerio de Cultura, 2025, p.130-131