Carlota Rosales
1889. Óleo sobre lienzo, 100,5 x 60 cmSala 062A
Carlota Rosales (1872-1958) fue una de las mujeres artistas más conocidas del último tercio del siglo XIX en España, pues fue la primera en ser pensionada en la Academia de España en Roma (en 1887), y, de hecho, la única pintora en disfrutar de este tipo de estancia hasta después de la Guerra Civil. Se conocen otras efigies de Carlota Rosales, en su mayoría fotografías y algún otro cuadro (el de Gregorio Toledo en el Museo Casa Colón de Las Palmas de Gran Canaria), pero esta pintura del Prado es la imagen más antigua que tenemos de ella y también su retrato de mayor empaque. Además, fue realizado en Roma cuando la joven sumaba tan solo 17 años y había comenzado su carrera como pintora, que apenas duraría unos pocos años más. Vicente Palmaroli, su autor, fue uno de los amigos más estrechos de Eduardo Rosales, padre de Carlota, y uno de sus testamentarios. Por ello protegió a su familia tras la muerte prematura del maestro, y también durante la estancia de Carlota y su madre en la Academia, de la que él era director. El retrato era no solo el mejor testimonio del comienzo de una prometedora etapa, sino una prueba de la protección paternal que Palmaroli sintió hacia su discípula, a quien posiblemente le regalaría la obra.
Es en este contexto romano donde, por tanto, debe incardinarse el cuadro. En su condición de retrato entre artistas es también un buen ejemplo de cómo durante este periodo de aprendizaje las relaciones fraternales entre compatriotas se estrechaban. Desde su llegada a la Ciudad Eterna, y desde entonces hasta su muerte, Palmaroli había sido especialmente sensible a las fórmulas estilísticas y compositivas de los pintores alemanes, en especial de Anselm Feuerbach. Así lo demuestra, por ejemplo, su Pascuccia en la plaza de San Pedro en Roma (mercado del arte), gran parte de su producción religiosa final y este retrato, frente al cual se hace difícil no pensar en la conocida Ifigenia (1872, Staatsgalerie, Stuttgart) del alemán: el tratamiento de los blancos -color predominante de la composición-, la figura recortándose sobre un cielo encapotado, la línea azulada del horizonte e incluso el asiento pétreo de tonos grisáceos remiten a aquella obra. Palmaroli, que en su producción anterior había sido fiel intérprete de la técnica de Rosales, ha evolucionado ahora hacia un tipo de pintura si cabe más sintética, desprendiéndose paulatinamente de la línea segura y firme para marcar los contornos que había aprendido en su maestro, como demuestra esta obra. Por otro lado, la presentación de la modelo, de casi tres cuartos (como Concepción Miramón, P4536, pintada también en 1889), con el cuerpo levemente girado a la izquierda, responde a un formato que el artista empleó a menudo en estos años, como en María Groizard y Coronado (1888, colección particular). Pero a diferencia de estos otros dos retratos, ambos de encargo, aquí el carácter abocetado con el que está trabajado el asiento y el cuerpo, apenas sugerido mediante unas cuantas pinceladas y grandes trazos en negro, contrasta con la cabeza, perfectamente acabada y con esta diferenciación consigue lograr una de las efigies más singulares dentro de su producción retratística. La obra permite conocer bien las diferentes soluciones del pintor en lugares como el asiento, donde utiliza una técnica muy acuosa, o en el traje, donde la pincelada es muy amplia, pero con poca carga matérica.
Martínez Plaza, Pedro J, 'Vicente Palmaroli. La pintora Carlota Rosales, 1889'. En: Memoria de Actividades 2022, Ministerio de Cultura y Deporte, 2023, p.124-126