Diana cazadora
Hacia 1620. Óleo sobre lienzo, 184 x 199 cmNo expuesto
Esta pintura muestra una cacería de Diana con sus ninfas, un tema repetido en la mitología antigua y también en la pintura de Rubens. Originalmente, Diana fue una diosa de la antigua Italia que personificaba la luna, de ahí que se la represente frecuentemente con un segmento de luna sobre la cabeza. Más tarde su identidad se fusionó con la de la diosa griega Artemis, que habitaba en los bosques salvajes y rechazaba la proximidad de los humanos. Como explica Homero en su Himno a Artemis, era una deidad distante y misteriosa, que causaba temor, mientras caminaba "por los montes umbríos y los picachos batidos por los vientos, deleitándose con la caza mientras tensa su arco".
La crueldad de Diana se manifiesta en la conocida historia de su reacción al momento en que el cazador Acteón la vio bañarse en el bosque junto a sus ninfas (unas divinidades de menor jerarquía que, como Diana, habitaban los bosques y eran jóvenes, hermosas, castas y al mismo tiempo seductoras). La diosa convirtió al joven en un ciervo al que sus propios perros descuartizaron. Además de su crueldad, las diferentes fuentes escritas ensalzan su virginidad, que contribuía a su misterio. Son precisamente su naturaleza misteriosa, su belleza y su dedicación a la caza -una actividad favorita de las cortes y élites europeas del momento- las cualidades que explican la popularidad de la esta diosa en la pintura del Renacimiento y el Barroco. En este cuadro Rubens concibió una versión amable y seductora de Diana. La vemos semidesnuda y cazadora, acompañada de cuatro ninfas. La energía que muestran, tanto por sus movimientos como por la impresión de que atraviesan el espacio situado delante de nosotros, es característica de Rubens.
La anatomía de algunas de las figuras indica que fueron pintadas por ayudantes de Rubens en su taller y según su diseño e instrucciones. Un ejemplo lo vemos en el brazo izquierdo de la diosa, que encaja de forma poco natural con el cuerpo, un error que no es característico del maestro. Los pliegues de los ropajes también son muy diferentes en su estructura y trazo de los que pintaba Rubens. Por otra parte, la participación personal del maestro es probable en los rostros de las ninfas. Los perros muy posiblemente fueron pintados por Paul de Vos, un especialista en pintar animales que con asiduidad colaboró con Rubens. La participación de especialistas para pintar algunas partes de los cuadros fue una práctica habitual en la pintura flamenca desde el siglo XV. Es muy probable que cuando se pintó el cuadro el cielo fuese más luminoso, con más zonas de color azul que se han degradado con el tiempo.
Esta pintura formaba parte del conjunto de cuadros llegado a Madrid desde Flandes para decorar la Torre de la Reina del palacio real de Madrid, conocido como el Alcázar. La primera referencia documental de este grupo de veintiséis obras aparece en el inventario del Alcázar de 1636, donde se mencionan estos cuadros traídos "de Flandes para la reina". Un pago en 1623 autorizado por la reina Isabel de Borbón, esposa del rey Felipe IV, establece la fecha aproximada de la llegada del cuadro a Madrid. Es probable que el encargo partiese de Isabel Clara Eugenia, que gobernaba en solitario los Países Bajos en nombre de su sobrino Felipe IV, rey desde la muerte de su esposo Alberto de Austria en 1621. Era una profunda conocedora del arte de Rubens en particular y de la pintura producida en sus territorios en general. En Madrid, por el contrario, Rubens y otros maestros flamencos no habían adquirido aún la enorme fama que adquirirían unos pocos años más tarde, puesto que la presencia de obras suyas en la corte era aún escasa. Por ello, es razonable suponer que Isabel Clara Eugenia jugó algún papel en este envío. El pago indica que Isabel de Borbón, aún muy joven (había nacido en 1602) tuvo responsabilidad en este encargo. Es difícil concretar la responsabilidad última en este y numerosos envíos de obsequios desde Bruselas a Madrid en la época. En cualquier caso, y como sucedió a menudo entre los siglos XV y XVII, las mujeres de la casa real española desempeñaron un papel central en el mecenazgo artístico de la corona (Vergara, Alejandro, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).