San Pedro como pontífice
1667 - 1670. Óleo sobre lienzo, 164 x 105 cmNo expuesto
En el inventario de pinturas del Museo de la Trinidad el personaje que figura en este lienzo aparece descrito como “Sn Leon Papa vestido de pontifical con la Cruz de Carabaca en la mano Izqda. figs de más de medio cuerpo y mayor qe el natl”. Esta nota es la causa por la que en los catálogos posteriores se ha identificado a este santo con el papa León I Magno o el Grande (440-461), protector de la música sacra y al que se suele representar como salvador de Roma ante los hunos comandados por Atila, asunto que encontramos por ejemplo en el bajorrelieve que se halla sobre su tumba en la iglesia de San Pedro del Vaticano y que esculpió Alessandro Algardi en 1648. Sin embargo, en esta pintura la cruz que sostiene el protagonista no es la de Caravaca sino la papal o cruz triple de los pueblos de Occidente, cuyo uso solo se permite al sumo pontífice. Por otra parte, los atributos más frecuentes del papa León son un dragón a sus pies, símbolo de la herejía, y la palabra “Tomus” inscrita en el libro que suele portar, y aquí no figura ninguno de los dos. Sí vemos las llaves de oro del cielo, por lo que no hay duda de que a quien representó Herrera aquí es a san Pedro, sentado en su cátedra y tocado con la característica tiara papal con las tres coronas superpuestas, triple corona o triregnum símbolo de su triple poder como padre de reyes, rector del mundo y vicario de Cristo. La tiara aparece además rematada por una pequeña cruz sobre una esfera, visible con nitidez en la reflectografía de este lienzo, pero apenas perceptible a simple vista porque está muy abocetada, al igual que la tercera corona. De lo que no hay duda es de que quiso representarlas de forma muy sumaria, aspecto que se aprecia ahora con mayor claridad tras la restauración.
Estamos ante una de las obras de Herrera de mayor calidad, de una inusitada fuerza expresiva gracias a los poderosos toques cargados de pasta y aplicados con pinceles de cerdas gruesas -como los que utilizaba Velázquez en sus retratos del periodo romano- que modelan con audacia el rostro del pontífice. La huella del pincel arrastrado y con amplia carga de pasta se percibe en los trazos blancos del alba, en los bermellones de los guantes, en los blancos y grises de innumerables matices que conforman la barba corta de san Pedro o en los sonrosados, blancos, amarillos y rojizos que modelan con audacia inusitada las carnaciones de un rostro que el espectador recompone desde la distancia; una técnica osada, similar a la usada por Tintoretto, que quizá se explique por la altura a la que estaba situada la obra, en el intradós de la cúpula de la iglesia del convento de San Agustín, de los agustinos recoletos de Madrid. Probablemente, el tipo de pincelada llevó a que esta obra se atribuyera en el catálogo de la Trinidad a Herrera el Viejo, autoría que se mantuvo hasta que Brown la devolvió al Mozo.
El rostro de san Pedro enlaza sin dificultad con el del San Basilio del Louvre, si bien difieren en la técnica usada para modelarlos, aquí con una pincelada y unos empastes aplicados con una fuerza y brío desconocidos, como hemos visto. La misma audacia se percibe con intensidad en las mangas de la capa pluvial, que nuevamente demuestran las habilidades del Mozo como pintor: en el vuelto de la manga izquierda simuló un bordado que representa una escena con el Ecce Homo. La pincelada es en esta zona muy sumaria y abocetada, pero la figura del Cristo se percibe sin dificultad. Encontramos aquí una vez más el recurso que ya empleara en la capa de san Agustín en el Triunfo del sacramento de la Eucaristía, siguiendo la exitosa fórmula de Murillo en la decoración de la capa pluvial de su San Isidoro.
Es posible que la técnica de pincelada arrastrada y cargada de pasta que aplicó en esta obra, así como en el resto de las que formaban parte de la mencionada cúpula y que por tanto habían de ser apreciadas desde la distancia, se deba al quehacer de Herrera como muralista, como supo interpretar acertadamente Martínez Ripoll. De hecho, Antonio Conca, August L. Mayer y Diego Angulo pensaron que las pinturas que el Mozo realizó para dicha cúpula eran al fresco. Realmente, esta suposición parte de la interpretación errónea de Conca, que pudo contemplarlas en su emplazamiento originario y dedujo que se trataba de pinturas murales. En cualquier caso, vamos viendo que la técnica empleada aquí la usó el sevillano en sus obras más emblemáticas, por lo que podemos considerarla una de sus señas de identidad plástica más características.
Navarrete Prieto, Benito, 'Francisco de Herrera, el Mozo. San Pedro como Pontífice'. En: Herrera el Mozo y el Barroco total, Madrid, Museo Nacional del Prado,, 2023, p.190-201 [192 nº 27]