Santa Rita de Casia
1667 - 1670. Óleo sobre lienzo, 166 x 105 cmNo expuesto
El convento de San Agustín de los agustinos recoletos descalzos de Madrid ocupó el lugar en el que hoy se alza la Biblioteca Nacional. Destacaba la monumentalidad de su iglesia, que fue descrita por Antonio Ponz como “de arquitectura sencilla”, con una planta de salón de una sola nave y capillas en los laterales, una gran cúpula sobre el crucero y un coro alto a los pies. En su biografía de Herrera el Mozo, Palomino mencionó que el artista había pintado “últimamente los sagrados doctores, y otras pinturas, que están en la bóveda, y arcos torales de la iglesia de los agustinos recoletos de esta villa”. El propio Ponz confirmaba esta información afirmando que “las pinturas de la cúpula y bóvedas de la iglesia son de Francisco de Herrera el Mozo”, opinión que compartía Antonio Conca, pero precisando erróneamente que las pinturas eran al fresco. Ceán señaló que eran suyas las pinturas de la cúpula de la iglesia.
Es muy probable que estas pinturas estuvieran encastradas en espacios ovales insertos en los ocho gajos en que se dividía el intradós de la gran cúpula del crucero de la iglesia. Así lo atestiguan las huellas en forma de óvalo que se vislumbran en los lienzos, que fueron alterados mediante injertos de telas para pasarlos al formato rectangular, como confirman los estudios radiográficos realizados durante su reciente restauración, en los que se advierten añadidos de telas posteriores.
En total, las obras de este conjunto que pasaron al Museo de la Trinidad tras la desamortización de Mendizábal fueron siete, las que representan a san Pedro como pontífice (identificado en el inventario de la Trinidad como el papa san León I Magno); a las santas agustinas Rita de Casia (que en el catálogo del Museo Nacional de Pinturas de Cruzada Villaamil figura como santa Justa, y a la que también se ha identificado como santa Águeda) y Clara de Montefalco (que en el inventario de la Trinidad y en el de Cruzada aparece asimismo como santa Justa); a santa Ana enseñando a leer a la Virgen; a san Nicolás de Tolentino, a san Antonio de Padua y a santa Teresa de Jesús. En todo caso, es muy probable que el número total de lienzos fuera de ocho, en virtud de la división de los gallones de la cúpula. Para entender la forma en como estarían encastradas en ella estas pinturas resulta muy ilustrativo el antecedente, conservado, de la iglesia de San Buenaventura de Sevilla, cuya decoración corrió a cargo de Herrera el Viejo. En Madrid también fue frecuente la inserción de lienzos en cúpulas y pechinas y con marcos de yeserías, como parte del despliegue de los programas iconográficos del barroco en el interior de los templos, por ejemplo en la capilla del Cristo de la Buena Muerte en la iglesia del Colegio Imperial con pinturas de Claudio Coello.
Con respecto a la cronología de estos lienzos, se ha supuesto, en virtud del comentario de Palomino, quien afirmaba que habían sido pintados “últimamente”, que correspondería a los años finales del artista. Gracias a las investigaciones de Félix Díaz Moreno y Concepción Lopezosa, podemos deducir que en la iglesia de los agustinos recoletos se llevaron a cabo una serie de intervenciones entre 1667 y 1670 que afectaron al retablo, al crucero y a la capilla mayor, como los trabajos de dorado y pintura del retablo, de la custodia y de las gradas del altar mayor concertados en 1667 con los doradores Francisco Guillén y Gaspar Ortega y que complementarían el encargo que se le había hecho con anterioridad a Sebastián de Herrera Barnuevo de las trazas del retablo del altar mayor y de su pintura titular con el Triunfo de san Agustín. Años después, como consecuencia de la fundación de un censo de la marquesa de Santo Floro a favor del convento el 15 de noviembre de 1670, se destinó una cantidad para socorrer obras del convento. También en este momento José Jiménez Donoso contribuyó con sus diseños a la renovación de la cornisa de la capilla mayor y del crucero. Es pues muy probable que el trabajo de Herrera el Mozo, que completaba el programa iconográfico de la capilla mayor con escenas de santos y santas doctores de la Iglesia o que esta había reconocido como tales por sus escritos o sabiduría, fuera ejecutado, quizás con la asistencia de algún oficial, entre 1667 y 1670.
Navarrete Prieto, Benito, 'Francisco de Herrera el Mozo y el Barroco total'. En: Herrera el Mozo y el Barroco total, Madrid, Museo Nacional del Prado,, 2023, p.190