Vado de un río
Hacia 1636. Óleo sobre lienzo, 98 x 131 cmSala 002
Vado de un río atestigua uno de los esquemas compositivos más característicos de Claudio de Lorena. La escena está enmarcada por dos masas arbóreas que actúan como bastidores laterales y dirigen la mirada hacia la apertura central del paisaje. Las figuras humanas y los animales desempeñan un papel secundario, pues, aunque aportan escala y dinamismo, apenas restan protagonismo a la naturaleza. Asimismo, el cauce serpenteante del río articula el recorrido visual hasta el horizonte crepuscular.
La luz es el principal elemento organizador de la composición, ya que estructura el espacio, guía al espectador y unifica los distintos elementos paisajísticos mediante una gama cromática reducida y armónica. La sensación de profundidad se consigue a través de la perspectiva atmosférica, medio por el cual el pintor disminuye progresivamente la intensidad del color y la definición de las formas a medida que estas se alejan en la distancia. Este tratamiento genera una transición gradual entre los distintos planos y dota a la panorámica de una notable sensación de amplitud espacial. Mediante estas herramientas, Lorena logra una composición equilibrada y poética con la que materializa un paisaje idealizado.
Estos mismos recursos pueden apreciarse en La salida del rebaño (P-2260), concebida como pareja de Vado de un río. Ambas pinturas, realizadas hacia 1636-37, evidencian la temprana maestría del autor.
Este óleo revela un estudio minucioso del natural. Los apuntes tomados por el lorenés del entorno campestre son reelaborados en aras de una reflexión personal sobre el sentido del paisaje. Claudio de Lorena recurre a diferentes episodios bíblicos, mitológicos y de los clásicos grecolatinos para plantear una evocación de la Arcadia. A primera vista, la obra puede entenderse como una simple representación bucólica. Sin embargo, cabe la posibilidad de que Lorena estuviese representando la huida de Jacob de Labán junto con sus esposas, sus pertenencias y su ganado, y su paso por el río Éufrates camino del monte Galaad (Génesis 31:17-22). La existencia de otros lienzos del autor relativos a la vida de Jacob, con personajes similares a los que aparecen en este cuadro, corroboran el conocimiento que poseía el artista del pasaje bíblico.
La producción de Claudio de Lorena (Chamagne, Francia, h. 1600-Roma, 1682) aúna las tradiciones del paisaje romano clasicista y del paisaje nórdico. Aspectos como la atención minuciosa a la naturaleza y a los efectos lumínicos, o la captación atmosférica, remiten a artistas como Paul Bril o Adam Elsheimer. Todo ello combinado con el paisaje idealizado y armónico, de inspiración clásica, de la tradición italiana. La formación de Lorena facilitó esta simbiosis, ya que pronto se estableció en Roma, donde entró en contacto con Agostino Tassi, a través del cual asimilaría las formas del norte. Por las mismas fechas hubo de conocer los modelos del alemán Goffredo Wals.
La incipiente emancipación del paisaje como género favoreció la proliferación en Europa de la tipología de paisaje clasicista en las décadas centrales del siglo XVII, desarrollada por una serie de escuelas nacionales con características propias. El clasicismo, con figuras como Nicolas Poussin y Claudio de Lorena, o las pinturas holandesas, realistas y dominadas por la naturaleza, donde la figura humana se reduce a la mínima expresión, con personalidades como Jacob van Ruisdael, son solo algunos ejemplos de un tratamiento pictórico de la naturaleza que posteriormente irradiaría en el paisaje moderno de los vedutistas italianos del siglo XVIII —Canaletto o Francesco Guardi— y, más adelante, en las obras de John Constable, J. M. W. Turner o Carlos de Haes.
Claudio de Lorena fue muy apreciado por la alta sociedad europea, para la que elaboró diferentes composiciones destinadas a ornamentar sus residencias. Su consolidado reconocimiento —fue requerido por el papado en reiteradas ocasiones— certifica el deseo de poseer su obra como forma de manifestar un determinado estatus social y cultural. De ese modo, la Corona española quiso hacerse eco de su prestigio y encargó al lorenés una serie de lienzos para decorar el palacio madrileño del Buen Retiro del rey Felipe IV. No se sabe si esta obra formaría parte de ese conjunto de paisajes que se encomendó al artista, puesto que su constancia fehaciente en las Colecciones Reales es algo posterior.