Cargando...
La belleza y algo más
Obras maestras de temática religiosa en el Museo del Prado EMPEZAR
La visita del Papa León XIV a Madrid es una ocasión extraordinaria para volver a contemplar obras magníficas que pertenecen a la colección del Museo del Prado y que están entre las mejores pinturas de temática religiosa de la historia del arte. A las más conocidas de Velázquez, Murillo, el Greco o Zurbarán se suma una pintura de una fuerza y belleza extraordinarias “La visitación” de Jacopo Pontormo que, también con carácter excepcional, se encuentra en nuestro país por primera vez gracias a un préstamo de la parroquia italiana de Carmigiano donde cuelga habitualmente.
Este itinerario lleva por título “La belleza y algo más”, una invitación a disfrutar del arte, de lo hermoso, de la sensibilidad del artista y, para quienes así lo sientan, de una espiritualidad que conforma la historia de occidente.
«La Palabra se hizo carne» (Juan, 1, 14)
De acuerdo con el relato del Evangelio de san Lucas (1, 26-38), el arcángel Gabriel se aparece a la Virgen María en su casa de Nazaret y le anuncia que ha sido elegida para ser la madre de Dios; la paloma del Espíritu Santo ha salido de las manos de Dios Padre y va volando hacia María, dentro de un rayo de luz. A la izquierda, en un exuberante jardín, se representa la Expulsión de Adán y Eva del Paraíso Terrenal. El simbolismo es claro: la Encarnación de Cristo supone la redención del pecado original, con María como la "nueva Eva".
Sala 056B
«En esto consiste el Amor» (1 Juan 4, 10)
Nicodemo y José de Arimatea, ayudados por un criado, bajan de la cruz el cuerpo inerte de Cristo, que ha entregado su vida por la redención del género humano; como señala el evangelista san Juan: "Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). El pintor destaca la pasión que experimenta la Virgen ante el sufrimiento y la muerte de su Hijo, cuyo cuerpo puede recordar la forma de una ballesta, como referencia a que el cuadro fue encargado por la Cofradía de Ballesteros de Lovaina, como indican también las pequeñas ballestas colgadas de las tracerías de los ángulos superiores.
Sala 058
«Yo soy el Pan de la Vida» (Juan 6, 35)
Con la mano izquierda sobre el pecho, Cristo levanta la Sagrada Forma e instituye el sacramento de la Eucaristía: "Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros". No se representa el anuncio de la traición de Judas, aunque este tiene un marcado protagonismo por su posición, en el extremo derecho de la mesa, su cabello rojizo y sus ropas amarillas -color simbólico de la envidia y la traición. Sobre la mesa se encuentra el cáliz conocido con el nombre de Santo Grial, la copa usada por Jesucristo en la Ultima Cena, que según la tradición es la de calcedonia que se conserva en la catedral de Valencia, donada por el rey Alfonso V de Aragón, y que Juanes representa aquí fielmente.
Sala 051
1606-1609
«He aquí el hombre» (Juan 19, 5)
Tal y como narra el Evangelio de san Juan (19, 5), Poncio Pilato, gobernador romano de Judea, que luce una poblada barba y está apoyado en el alfeizar de una ventana, presenta a Jesucristo a los habitantes de Jerusalén con un elocuente gesto de sus manos: “He aquí el hombre” (Ecce Homo).
Con la cabeza inclinada y los ojos entornados, Cristo muestra las secuelas de la flagelación y las burlas sufridas por parte de los sayones, que le habían puesto una corona de espinas, una caña a modo de cetro y un manto púrpura para reírse de su identificación como “rey de los judíos”.
Caravaggio resalta el cuerpo desnudo de Cristo con una fuerte iluminación, subrayando así la carga dramática del episodio evangélico, preludio de su muerte en la Cruz.
Sala 007
Hacia 1528
«Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo» (Juan 4, 25)
Al poco tiempo de recibir en su casa de Nazaret la visita del arcángel Gabriel que le anunció que concebiría un hijo de Dios Padre, la Virgen María fue a visitar a su prima Isabel, que en esos momentos se encontraba embarazada de seis meses a pesar de su avanzada edad (Lucas 1, 39-56). Aunque el texto evangélico dice que las dos mujeres se encontraron en el interior de la casa de Isabel y Zacarías. Pontormo las representa en el exterior, en un entorno urbano, de acuerdo con la iconografía tradicional de la escena.
Sorprende la poderosa presencia de otras dos mujeres -quizás sus respectivas criadas-, a las que el pintor concede un inusitado protagonismo. También son muy llamativos los peculiares colores de sus pesados ropajes, habituales en la producción del pintor.
Sala 049
Siglo XII
«Tú lo has dicho, soy Rey» (Juan 18, 37)
La imagen de Cristo Pantocrátor -señor de todo lo creado- deriva directamente del arte imperial romano. Por eso luce lujosas vestiduras y aparece sentado en el trono, con el libro en su mano izquierda y bendiciendo con la diestra. Encerrado dentro de la mandorla mística, esta es sujetada por cuatro ángeles, que manifiestan el carácter sobrenatural, no terrenal, del Reino de Dios. Frecuentemente esos ángeles son sustituidos por el Tetramorfos, los cuatro seres alados que simbolizan a los cuatro evangelistas. Las pinturas murales de la ermita de la Santa Cruz de Maderuelo (Segovia) fueron ejecutadas por un anónimo artista cercano al Maestro de Santa María de Taüll.
Sala 051C
«Yo soy la Vida» (Juan 14, 6; Juan 11, 25)
El Credo apostólico, basándose en diversos textos del Nuevo Testamento, señala que "Jesucristo [...] descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos", episodio también recogido por el evangelio apócrifo de Nicodemo. Es lo que se conoce como la Anástasis, escena de gran tradición iconográfica en el arte bizantino y en la iglesia ortodoxa, pero menos habitual en el arte occidental. Cristo, que lleva el estandarte de la victoria, se inclina hacia Adán y Eva que, desnudos, esperan ser rescatados del Limbo para ser llevados al Reino de los Cielos. Tras él la figura de Dimas, el buen ladrón, que carga con su cruz.
Sala 049
«Yo soy la Luz del mundo» (Juan 8, 12)
El Evangelio de san Mateo (2, 1- 12) señala que los Magos que acudieron a adorar al Niño le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra, que se asociaron a la realeza, divinidad y humanidad de Jesús; por esa razón se ha supuesto que los Magos eran tres y representaban a toda la humanidad, por tener edades decrecientes o por proceder de las tres partes del mundo entonces conocido: Europa, Asia y Africa. En la interpretación del episodio que hace Rubens, la verdadera fuente de luz es el Niño-Dios, que ilumina en primer lugar a la Virgen y luego al resto de los personajes.
Sala 028
«Yo soy la Verdad» (Juan 14, 6)
La infancia de Cristo se cierra con el episodio en el que María y José perdieron a su hijo, de tan sólo doce años, cuando acudieron a Jerusalén a celebrar la Pascua. Al cabo de tres días lo encontraron en el Templo discutiendo -debatiendo, para ser más precisos- con los doctores y sabios judíos, a los que dejó sorprendidos por su inteligencia y la claridad de sus respuestas (Lc 2, 46-47). En una escena cargada de teatralidad, Veronés sitúa al Niño en el centro de la composición, en una posición elevada para marcar su superioridad, moral y teológica.
Sala 026
«Yo soy el Buen Pastor» (Juan 10, 11)
El buen pastor es aquel que da su vida por sus ovejas y los primeros cristianos utilizaron esa figura para representar a Jesucristo en las catacumbas; es una imagen que deriva del moscóforo o crióforo, personaje masculino que lleva sobre sus hombros un ternero o un carnero y que se interpreta desde la Antigüedad greco-romana como símbolo de la filantropía, es decir, del amor y la entrega a los demás. Murillo, dotado de una especial sensibilidad hacia el mundo infantil, nos presenta al Niño Jesús acariciando a un cordero, con un fondo de ruinas clásicas que aluden a la caída del paganismo.
Sala 017
«Yo soy el Camino. Nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14, 6)
Poco antes de la Última Cena, Jesucristo se dispone a lavar los pies de sus discípulos, como ejemplo de humildad y servicio al prójimo, mensaje que transmitió a los apóstoles en varias ocasiones: "El que quiera ser el primero sea el último y el servidor de todos" (Mc 9, 33-37; Lc 9, 46-48; Mt 18, 1-5). Tintoretto pintó este cuadro -de gran riqueza escenográfica- para la iglesia de San Marcuola de Venecia, donde se reunía la Cofradía del Santísimo Sacramento, una de las numerosas scuole de la ciudad que fomentaban la devoción a la Eucaristía entre sus miembros.
Sala 025
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan 14, 6)
Siguiendo a su suegro y maestro Francisco Pacheco, Velázquez representa a Cristo con cuatro clavos en lugar de los tres de época gótica que obligaban a una torsión del cuerpo para aumentar el sentido dramático y doloroso de la imagen. Aquí, por el contrario, Cristo parece descansar sobre la cruz, con un ligero contraposto que elimina toda rigidez en la figura, convertida en uno de los grandes iconos devocionales de la cultura española. Es una imagen muy plástica, con una luz focalizada sobre el cuerpo que le hace resaltar del fondo oscuro, dando la sensación de ser una talla esculpida y no una pintura.
Sala 014
«Yo soy la Resurrección y la Vida» (Juan 2, 25)
Cristo se eleva, desnudo y triunfante, sobre los soldados que custodiaban su sepulcro. Todos ellos, excepto uno, muestran su sorpresa y temor ante la milagrosa resurrección de aquel que estaba muerto pero ahora está vivo. Posiblemente por influencia bizantina, el Greco parece combinar la salida de Cristo de la tumba con su posterior Ascensión a los cielos, suprimiendo cualquier referencia espacial y mostrando la Resurrección como el triunfo total sobre la muerte y sobre todo lo caduco. Este lienzo formaba parte del retablo mayor de la iglesia del Colegio de doña María de Aragón en Madrid, el encargo más importante que recibió nunca el Greco.
Sala 009B
«Yo soy Hijo de Dios» (Juan 10, 36)
Dios Padre retira con delicadeza la corona de espinas de la cabeza de su Hijo muerto, cuyo cuerpo inerte reposa sobre su regazo. Sus brazos extendidos, sujetos por ángeles, evocan su muerte en la cruz. Entre ambas cabezas vuela la paloma del Espíritu Santo, componiendo de ese modo una imagen de la Santísima Trinidad que hace hincapié tanto en la entrega como en el sacrificio: Dios entrega a su hijo único para rescatar a la humanidad, y acepta el sacrificio de este por el perdón de los pecados. Ribera evoluciona desde el tenebrismo de su primera etapa hacia un rico colorido de tipo veneciano, sin abandonar su marcado naturalismo.
Sala 008