Bárbaros!
1810 - 1814. Aguada bruñida, Aguafuerte, Punta seca sobre papel avitelado, 248 x 345 mmNo expuesto
Cuando los Desastres se editaron en 1863, en un momento de conformación de las señas de la identidad nacional española, un crítico como Mélida, que consideraba a Goya un escéptico incapaz de decantarse por la razón que asistía a los españoles en su justa lucha por la independencia, dijo en relación a esta estampa que "en todas las leyendas de estas láminas se muestra Goya más partidario de la causa nacional. Verdad es que las escenas en ellas representadas son tan crueles, tan impropias de ejércitos civilizados, que no pueden menos de excitar la indignación del espíritu más frío". El título es significativamente expresivo de la calificación moral que le merecían a Goya acciones como la presente, en este caso a cargo del ejército francés, si bien otras veces la crítica, como en Populacho, se dirige también a los españoles. En ambos casos la crítica de Goya no obedece a postulados nacionales o ideológicos, sino morales. El hecho de fusilar al enemigo al pie del camino, inmediatamente después de su captura, sin juicio, y por simple aplicación de decretos represivos, no basta para justificar una acción de tamaña envergadura. Sobre el contenido de la estampa algunos autores han señalado la condición de eclesiástico del fusilado, deducida de la tonsura y de unos ropajes que recuerdan los hábitos. No parece que su posición sea la causa de la exclamación despectiva de Goya hacia sus ejecutores, pues a lo largo de la serie no demuestra un especial aprecio por la actitud de los religiosos durante la guerra. La razón de esta exclamación radica en la violencia del acto. No se trata de una ejecución que permita al condenado morir dignamente, si es que esto es posible. Insertada entre dos de las estampas de mayor brutalidad de la serie –Esto es peor y Grande hazaña! Con muertos!– la escena se sitúa en el contexto de acciones brutales hacia los prisioneros, en las que éstos se convierten en meros objetos. De nuevo Goya utiliza el árbol como poste de ejecución, pero en este caso la forma de atar a la víctima es muy expresiva, ya que el situarlo abrazado al grueso tronco por numerosas cuerdas, le obliga a abrir las piernas y brazos, pegando su cabeza a la corteza y dando la espalda a sus ejecutores, muy próximos y además inclinados hacia él para no errar en el disparo. La escena de este modo se constriñe, y a ello ayuda la atmósfera creada a través de una intensa aguatinta, tanto en cielo como en suelo, sobre el que se recortan los fusiles y la espalda del religioso que va a recibir la descarga mortal. Como en otras estampas, la violencia no sólo radica en lo representado sino también en la falta de acción de los que contemplan con complacencia la ejecución, en este caso tres soldados franceses cuyos rostros o actitudes no muestran la menor emoción y que se sitúan justamente en el centro de la composición, y por tanto frente a nosotros, a quienes la imagen no debe dejar indiferentes. (Texto extractado de: Matilla, J.M.: Bárbaros, en: Goya en tiempos de Guerra, Madrid: Museo Nacional del Prado, 2008, p. 308)