La Fuente de los Tritones en el Jardín de la Isla de Aranjuez
Después de 1657. Óleo sobre lienzo, 248 x 223 cmNo expuesto
En 1561 se decidió que la corte española (hasta entonces itinerante) tuviera una sede estable, y que esta fuera Madrid. En un radio de menos de cien kilómetros de la ciudad fueron ampliándose o construyéndose una serie de residencias (los llamados "sitios reales") en las que el rey pasaba una parte del año, siguiendo un calendario bastante uniforme. Durante el otoño viajaba a El Escorial y a Valsaín, a principios del año estaba cerca de un mes en el Pardo, y en primavera (abril) pasaba otro mes en Aranjuez, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Esas temporadas permitían a la familia real relajar el estricto ritmo de obligaciones cortesanas, y dado que todos los sitios reales se encontraban en el campo, propiciaban el ejercicio de la caza.
Entre esa naturaleza en estado más o menos primigenio, y la residencia real, se interponía una "naturaleza domesticada", en forma de jardines concebidos para el recreo y la autorrepresentación de la corte. Durante el siglo XVII, los dos parques que recibieron mayor atención fueron los jardines del palacio del Buen Retiro, de nueva creación, y la ampliación de los del palacio de Aranjuez.
En el caso de Aranjuez, Felipe IV emprendió hacia 1654 una campaña para dotar a los jardines más próximos al palacio de un conjunto de fuentes en las principales avenidas. La primera que tuvo un carácter verdaderamente monumental fue la llamada Fuente de los Tritones, que se inauguró en 1657, como declara una inscripción que aparece al pie del conjunto. Tiene tres tazas y está realizada en mármol. En 1846 fue trasladada al campo del Moro, en los jardines al oeste del palacio real de Madrid.
Por lo general, el tema de las esculturas que aparecían en las fuentes ubicadas en los sitios reales y en los jardines nobiliarios procedía de la mitología clásica. La de los Tritones debe su nombre a la presencia, en la taza inferior, de tres de estos seres que el mundo grecorromano imaginó con una naturaleza mitad humana y mitad anfibia. Las diferencias de escalas entre esos tritones y los personajes que aparecen en primer término de la pintura hacen evidente su tamaño monumental. A la vez, esas mismas figuras nos recuerdan que los jardines se concebían como espacios de sociabilidad.
Este cuadro fue realizado para una de las salas del propio palacio de Aranjuez, donde se exponía junto con otras vistas de jardines de sitios reales y algunas escenas de paisaje, prolongando en el interior de la residencia real la experiencia de la naturaleza que se obtenía en el exterior. A este respecto, hay que señalar que la corte residía en Aranjuez durante la primavera y que el lugar, a orillas del Tajo, se consideraba un verdadero vergel, y era pródigo en jardines y en productos hortofrutícolas.
Aunque durante parte del siglo XIX se consideró que el autor de la pintura fue Velázquez, un mejor conocimiento de la obra de este pintor permitió descartar su autoría, y apuntar hacia artistas que trabajaban en su entorno bajo su supervisión, como Juan Martínez del Mazo o Benito Manuel Agüero. La manera como están descritas las figuras y concebido el escenario natural en esta obra pone en evidencia una voluntad de huir de la minuciosidad y el detallismo excesivo, de jugar con las posibilidades descriptivas y expresivas de la pincelada, y de ofrecer una visión espontánea del modelo natural, características todas ellas propias de los pintores que asumieron el arte de Velázquez (Portús Pérez, Javier, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).