Paisaje con construcciones y árboles
Hacia 1799. Sanguina sobre papel verjurado, 151 x 258 mmNo expuesto
Este dibujo y el D4278 fueron preparatorios para dos aguafuertes fechados hacia 1799 y por ello casi contemporáneos de los Caprichos. El tema del paisaje independiente es excepcional en la obra de Goya, que lo utilizó siempre como fondo de sus escenas y retratos. Las planchas de estas obras, de las que Goya sacó un número reducido de copias, fueron cortadas por la mitad en 1810, cuando el artista las reutilizó por ambos lados, para grabar cuatro escenas de los Desastres de la guerra, fechados en ese año. Eso podría indicar que por entonces había abandonado la idea de imprimir más copias de unas composiciones anteriores que en ese tiempo no le seguían interesando. El empleo de la sanguina los acerca definitivamente a los dibujos preparatorios para los Caprichos, y las manchas negras en su borde superior, tal vez la huella del tórculo, podrían indicar que utilizó la misma técnica que en aquéllos para traspasar la imagen de los dibujos al barniz que cubría la plancha de cobre. La originalidad de estas dos obras reside en la amenazadora presencia de los enormes peñascos que interrumpen el paisaje con su masa enorme, haciendo que las figuras queden perdidas en la naturaleza por su pequeño tamaño. E. Sayre sugirió, como fuente de ambas composiciones, aguafuertes de paisajes del francés Gabriel Perelle (1603-1677), de quien figuraban algunos ejemplos en el inventario de los bienes de Goya de 1812. M. Stuffmann consideró el posible influjo de Jacques Callot y su estampa Le Grand Rocher por las grandiosas formaciones rocosas, mientras que el formato apaisado y los edificios del fondo recuerdan la Vista de Toledo, al aguafuerte y aguatinta, del español Fernando Brambila, contemporáneo de Goya. Sin embargo, Goya dio a sus dos extrañas escenas un carácter singular, que se aparta de lo topográfico de las obras de los artistas mencionados más arriba o del efecto tardomanierista de la gran formación rocosa de la estampa de Callot, para mostrar una naturaleza representada subjetivamente. En ambas, el efecto naturalista de algunos elementos contrasta con el volumen extraño de las grandiosas rocas, cuya diferencia de tamaño con las pequeñas figuritas humanas sugiere la idea de la Naturaleza sublime, tema de la literatura y el arte en el último tercio del siglo XVIII. El interés de Goya por el ser humano y sus acciones obliga a pensar que aquí también pudo aprovechar el paisaje para buscar en él las huellas de la presencia humana, contraponiéndola a la Naturaleza. Una mula y varias figuras aparecen en una de las dos escenas, con el edificio palaciego dominando desde su altura; en el otro, un puente de altura casi irreal, del que no se ve principio ni fin, soporta el grupo de pequeñas figuras que admiran la cascada. Aunque Goya se inspirase en composiciones grabadas anteriores, hay en sus dos paisajes elementos naturalistas que los hacen atractivos y personales. Por ejemplo, la idea de esa roca grandiosa que surge del suelo en diagonal, convertida en el signo diferenciador de otros paisajes en los que la acción del primer plano tiene un elemento de tragedia o tensión, como El naufragio, de 1793, y La fabricación de balas, del período de la guerra.
Goya en tiempos de guerra, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2008, p.172