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Cano, Alonso

Cristo muerto sostenido por un ángel

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Enciclopedia > Voz

Cano, Alonso

Zahira Véliz

(Granada, 1601-1667). Artista español polifacético, que practicó la pintura, la escultura y la arquitectura. Su padre, Miguel Cano, maestro carpintero y retablero, debió de enseñar a Alonso a dibujar con precisión y manejar los rudimentos de la arquitectura antes de que la familia efectuara su traslado definitivo de Granada a Sevilla, en 1614. En 1616 inició su aprendizaje con el artista y teórico Francisco Pacheco, y pronto entabló una amistad duradera con su condiscípulo Diego Velázquez. Pudo ser también Pacheco quien le presentara a Juan Martínez Montañés, cuyo estilo influyó en obras escultóricas de Cano y con quien colaboraría más tarde. En Sevilla, Miguel y Alonso Cano en seguida comenzaron a colaborar en encargos compartidos con dinastías artísticas como los Uceda, los Herrera y los Castillo, que se repartían los principales encargos eclesiásticos de diseño y policromía de retablos. Al alcanzar Alonso la madurez consolidó su puesto en el arte sevillano integrándose en una de aquellas familias mediante su matrimonio con María de Figueroa en 1626, el mismo año en el que obtuvo el grado de maestro pintor. Durante las décadas de 1620 y 1630 participó en numerosas empresas artísticas, pero en los documentos suele aparecer más como escultor o retablero que como pintor. Lienzos como Visión de la ­Jerusalén celestial de san Juan Evangelista (1636-1637, Wallace Collection, Londres) manifiestan una interpretación lírica del realismo riguroso desarrollado por Pacheco. Cano presidió el Gremio de Pintores en 1630, lo que indica que gozaba del respeto de sus colegas. En 1638 el conde-duque de Olivares le invitó a trasladarse a Madrid como pintor y ayudante de cámara. Entre tanto Cano había contraído segundas nupcias en 1631, nuevamente con la hija de un colega, María Magdalena de Uceda. Cuando llegó a Madrid era ya un maestro reconocido y profesionalmente acreditado en el ambiente artístico de Sevilla. La vida en la corte, y particularmente en el imprevisible círculo del conde-duque, prometía una clientela más variada y sofisticada, pero también los riesgos ­inherentes a un sistema de ­favor y protección personal. Cano debió de sentir cierta inseguridad cuando Olivares perdió el poder a comienzos de 1643, ya que solicitó sin éxito el puesto de maestro ­mayor de la catedral de Toledo. En Madrid su estilo se ­alejó rápidamente del naturalismo intenso que caracterizaba por en­tonces a la pintura sevillana. De los cuadros que restauró tras el incendio del palacio del Buen Retiro en 1640 asimiló ­aspectos de las técnicas pictóricas italiana y flamenca. Parece haberse dejado influir en especial por los pintores venecianos del siglo XVI y por las formas elegantes y las tonalidades transparentes de Van Dyck. En 1639-1640 ejecutó el encargo ­real de pintar dieciséis retratos imaginarios de reyes medievales de España para el salón dorado del Alcázar de Madrid. Casi todos se perdieron en el incendio de 1734, pero se conservan dos, Un rey de España y Dos reyes de España (ambos del Prado) y en ellos se aprecia claramente el interés de Cano por los efectos de ­color y la transparencia. El boceto preparatorio para San Antonio de Padua de la Alte Pinakothek de ­Múnich, conservado en el Prado, es un ejemplo de modelo a pequeña escala presentado al cliente para su aprobación, o quizá empleado como orientación en el taller. Se cree que Cano pasó de Madrid a Valencia en 1644-1645, tras la muerte violenta de su segunda esposa. Interrogado bajo tormento, fue absuelto de complicidad en el asesinato. En septiembre de 1645 estaba de vuelta en Madrid, y desde entonces hasta 1652 se extiende su etapa más productiva, con numerosas obras de la calidad de El milagro del pozo (1638-1640, Prado), donde la pincelada suelta, las veladuras y la luz chispeante de los venecianos aparecen plenamente integradas en su estilo. La atmosférica Virgen con el Niño en un paisaje, uno de los muchos temas marianos que trató en su carrera, y obra estilísticamente próxima a El milagro del ­pozo, revela una técnica similar, con veladuras de luminoso efecto. Las pinturas de esta época, como las dos versiones del Cristo muerto sostenido por un ángel (Prado), son líricas y sobrias, y están ejecutadas con maestría. En interpretaciones de la Pasión, como Cristo atado a la columna (Prado), cargado de trágica dignidad, Cano ofrece algunos de los más logrados tratamientos de la anatomía humana en la pintura española. En 1652 el artista decidió volver a Granada, acogiéndose a una prebenda que de hecho le hacía ­pintor de la catedral. Las obras más importantes de este periodo son el ciclo monumental de pinturas marianas para la capilla mayor de la catedral granadina y la sobria y graciosa Virgen del Rosario de la catedral de Málaga. La etapa final de su vida en Granada está marcada por algunas de sus obras más conmovedoras, pero también por una relación tormentosa con el cabildo catedralicio. Entre 1657 y 1660 estuvo de nuevo en Madrid, y de esos años datan San Benito en la visión del globo y los tres ángeles y San Bernardo y la Virgen (ambas del Prado), en las que la geometría de diagonales demuestra su talento para destilar la iconografía esencial y plasmarla en una composición serena y elegante. El hábito blanco de san Bernardo está tratado con mano maestra. Tras su regreso definitivo a Granada la relación de Cano con el cabildo fue de mal en peor, y siendo ya anciano y enfermo se vio desalojado de su taller en la torre de la catedral.

Obras

Bibliografía

  • Wethey, Harold Edwin, Alonso Cano. Pintor, escultor y arquitecto, Madrid, Alianza Editorial, 1983.
  • Alonso Cano. Dibujos, cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 2001.
  • Aterido Fernández, Ángel, Corpus Alonso Cano: documentos y textos, Madrid, Subdirección General de Información y Publicaciones, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2002.
  • Alonso Cano. Modernidad y espiritualidad artística, cat. exp., Sevilla, Consejería de Cultura, 2001.
  • Alonso Cano. Virgen del Rosario: Catedral de Málaga, cat. exp., Madrid, Fundación Argentaria, 1997.
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