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Muchas obras de arte rebosan de plantas. En otras, se encuentran un poco más escondidas. En todos los casos, la botánica es una parte indispensable del relato que el artista quiere narrar: hay flores que aluden a la dinastía de la persona retratada, hojas que resumen un sentimiento, árboles que transmiten a la escena cualidades que les son propias.
Cada época representa las plantas de una forma diferente, con mayor o menor atención al detalle y a la fidelidad botánica. En el románico, la simplificación extrema de su anatomía aportaba a los vegetales una belleza muy peculiar. En el gótico se buscaba la precisión y la descripción correcta de cada planta, de cada flor. Se podría decir que es en este momento cuando el retrato botánico adquiere una entidad propia en las obras de arte, que culmina en el Renacimiento. En ese periodo, y como herencia de siglos anteriores, las plantas abundan en el primer término de las obras, con un destacado estilo naturalista.
Las especies escogidas podían estar presentes en el entorno del artista, incluso al pie de su taller de trabajo. Pero otras veces, y como fruto de las expediciones a distintos lugares del mundo, se incorporaban plantas exóticas que provenían de países lejanos y que enriquecían la flora artística, especialmente a partir del siglo XVI. De cualquier manera, las obras de arte dejan constancia de la fascinante capacidad de observación del medio natural de los artistas, que retrataban las plantas con delicadeza, como si fueran un personaje más.
Este itinerario recorre un amplio abanico temporal, desde una escultura romana clásica hasta un lienzo de comienzos del siglo XVIII. Asimismo, presta atención a todo tipo de soportes, como el mármol, las piedras semipreciosas o, por supuesto, tablas y lienzos. En todos ellos hay acomodo para la representación botánica.
La sociedad actual se ha desligado del nexo que la une a estas compañeras vegetales. Esta ceguera hacia las plantas se refleja también en su contemplación de las obras de arte. Sin embargo, una simple flor nos puede hablar de la simbología mitológica, religiosa, nobiliaria o costumbrista presente en esas obras. Cada pétalo cuenta una historia, tan solo tenemos que buscar la siguiente planta y escucharla para sentirnos un poco jardineros en el Museo del Prado.
Un paseo botánico por el Prado
28 oct 2024 - 30 mar 2025
26 Obras - 01:15 h
Eduardo Barba Gómez, jardinero e investigador botánico en obras de arte.
Gordolobo (Verbascum thapsus)
Este paisaje refleja un entorno natural de la actual Bélgica. Muchas de las especies vegetales representadas en él, casi unos personajes más de la pintura, tienen una marcada simbología. Una muy clara es la de la parra (Vitis vinifera) que trepa por el manzano (Malus domestica) del primer término: la sangre de Cristo que lava el pecado original. También aparece un gordolobo. A su vara floral se le prendía fuego en ceremonias como los funerales, alusión aquí tanto de la muerte de Jesús como de la luz que trae al mundo.
Sala 055A
Fresa silvestre (Fragaria vesca)
Esta obra cobija una botánica muy rica, no solo en la terraza ocupada por los ángeles músicos, sino también en las decoraciones talladas en capiteles, basas y otros elementos arquitectónicos, así como en los ornamentos de las telas o en la orfebrería. En la pradera hay una veintena de especies distintas. La más abundante es la fresa, una planta con una simbología muy rica desde la Antigüedad clásica, donde encarnaba el paraíso. Sus frutos rojos también representan la sangre vertida por Cristo en su martirio, y sus hojas de tres foliolos simbolizan la Santísima Trinidad.
Sala 058
Lirio (Iris × germanica)
Estas dos tablas pertenecen a un tríptico desmembrado. La central se perdió, pero las pinturas de los extremos siguen unidas por la botánica. En la tabla derecha, donde santa Bárbara lee pacientemente, hay una delicada vara de lirio dentro de una jarrita de peltre. Tiene una flor abierta que muestra la “barba” amarilla tan característica de esta planta. En la tabla izquierda, contra el muro almenado del jardín, surge una minúscula mata de lirio con cuatro flores. De ella se debió cortar la que adorna la estancia de la santa.
Sala 058
Margarita (Bellis perennis)
La margarita o chirivita es una de las plantas más frecuentes en todo tipo de representaciones artísticas. Aparece, por ejemplo, en la puerta de Ishtar de Babilonia, y se usaba como motivo ornamental en la antigua Roma. Hoy en día, gracias a su fácil reproducción, se ve en los céspedes y praderas de medio mundo. Sus pétalos son blancos, pero pueden teñirse de colores rojizos. Precisamente, Juan de Flandes pintó de rojo las chirivitas que están justo al pie de la cruz, mientras que el resto permanecen blancas. Su flor encarna la resurrección, así como la pureza.
Sala C
Rosa de boticarios (Rosa gallica var. officinalis)
La rosa es la reina de las flores en el Prado, donde aparece en varios cientos de obras de arte de la colección. Desde el antiguo Egipto hasta la actualidad, las rosas se cultivan por su belleza y aroma. En este retrato, María Tudor sujeta en su mano una rosa de boticarios, símbolo de su linaje nobiliario, los Lancaster. Es la rosa roja más representada, también por ser una de las más cultivadas debido a sus innumerables propiedades medicinales. Su perfume es fuerte y dulce a la vez.
Sala 056
Tablero de damas (Fritillaria meleagris)
La botánica se expresa en las obras de arte a través de materiales muy distintos. En este caso lo hace con piedras semipreciosas labradas con precisión. Sobre el tablero se disponen cuatro jarrones de lapislázuli que albergan una amplia variedad de especies bulbosas. Estas plantas son aquellas que tienen un órgano de reserva bajo tierra, y solo emergen de ella durante unos pocos meses, para después pasar el periodo de sequía o de frío enterradas en su bulbo o cormo. Una de las más sorprendentes es el tablero de damas, toda una fantasía de flor.
Sala 056
Azafrán silvestre (Crocus sp.)
Nada hay eterno, tampoco en el mundo vegetal. En esta obra se ve un árbol seco afectado por un hongo. Del tronco surgen varios carpóforos, llamados popularmente setas. De las ramas pende otro curioso organismo, a caballo entre el mundo de los hongos y el de las algas: un liquen denominado barba de Matusalén (Dolichousnea longissima). Abajo, una lanza rota apunta a una flor solitaria de algún azafrán silvestre, planta bulbosa cuyo ciclo vital simboliza el de la vida, la muerte y la resurrección, aludida en lo alto de la pintura con la inclusión del crucifijo.
Sala 055B
Hierba de los pordioseros (Clematis vitalba)
En este Jardín del Edén están los cuatro árboles que se han considerado como posibles especies para el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal de la tradición cristiana. El más representado es el manzano (Malus domestica). Pero aquí está acompañado de la higuera (Ficus carica), del naranjo amargo (Citrus × aurantium) y de un granado (Punica granatum) en flor. Eva y Adán tienen sus cinturas rodeadas con la hierba de los pordioseros, una trepadora con la que los mendigos se frotaban la piel para producirse llagas y conseguir más limosnas.
Sala 056B
Cidro (Citrus medica)
El coleccionismo de plantas no es una afición tan reciente. Los cítricos –familia que engloba a naranjos, limoneros, pomelos…– despertaron las ansias coleccionistas de familias tan interesantes como los Medici, en la Toscana italiana. Esta dinastía reunió un importantísimo conjunto de cítricos entre los siglos XVI y XVIII. Los árboles se cultivaban al aire libre en grandes macetones de terracota, para así poder transportarlos y resguardarlos durante los meses fríos en invernaderos llamados limonaie. En este retrato, García de Medici sujeta en su mano una flor de cidro, alusiva a esta tradición.
Sala 049
1445 - 1460
Azucena (Lilium candidum)
El cultivo de las plantas, incluso de aquellas que no producen frutos, fibras o madera, es una tarea ancestral. Distintos recipientes, como macetas o jardineras, permiten desde muy antiguo disfrutar de la belleza de las flores a la puerta de las casas. Así ocurre en esta escena, más costumbrista que sagrada: un ángel sube con una roldana un cubo con agua para regar las plantas. Muy cerca hay un jarrón lleno de azucenas, una de las cinco flores más representadas en el Museo del Prado, símbolo de la pureza y virginidad de María.
Sala 050
Siglo XII
Palmera datilera (Phoenix dactylifera)
Una palmera datilera separa las dos escenas del Génesis. Esta especie es una constante en la historia del arte, al utilizarse desde la Antigüedad clásica para embellecer los entornos de los santuarios. La palmera es un símbolo del paraíso, y es fácil encontrarla en representaciones como esta del Jardín del Edén. Aquí está pintada de una forma muy esquemática, con un irreal tronco o estípite articulado, del que surgen sus hojas compuestas y unos racimos rojos de dátiles. A la derecha, Adán y Eva cubren su desnudez con sendas hojas de higuera (Ficus carica).
Sala 051C
Parra (Vitis vinifera)
La botánica no siempre se muestra de forma evidente en las obras de arte. En muchas ocasiones está escondida. Nadie diría que en esta pintura hay plantas, y, sin embargo, hay unas cuantas esperando a ser descubiertas. El cincho dorado del arcángel está formado por hojas de cardo (Cirsium sp.) entrelazadas, un símbolo de la Pasión de Jesús. De igual manera, el escudo con el que se protege está ornamentado con una orla de hojas de parra junto con racimos de uvas, una alusión a la sangre vertida por Cristo en su martirio.
Sala 051A
Clavel (Dianthus caryophyllus)
La protagonista sujeta un clavel. En esta pintura su simbología está unida al compromiso matrimonial o afectivo. En numerosos retratos nupciales, especialmente en el norte europeo, aparece en las manos de los enamorados. A la derecha del rostro de la mujer hay una rosa alba (Rosa × alba ‘Semi-plena’), con sus abundantes pétalos blancos y sus estambres amarillos. Esta variedad tiene un aroma dulce e intenso, al igual que los alhelíes (Matthiola incana) blancos y rosados pintados con sus cuatro pétalos característicos en, por ejemplo, varios de los ramilletes que decoran los cortinajes de la estancia.
Sala C
Violeta (Viola odorata)
La violeta, cuya flor posee un fascinante aroma y es comestible, es una planta modesta y pequeña. Aun así, se ha representado abundantemente en obras de arte desde hace siglos. A ello ha contribuido su asociación con la diosa griega del amor, Afrodita. En esta bacanal se encuentra en la oreja y el escote de una de las mujeres, quizás como un guiño a Violante, la compañera del pintor. Asimismo, el niño está coronado con una guirnalda de sus hojas y flores, un remedio contra la resaca, según decían los antiguos griegos.
Sala 042
Bardana (Arctium cf. lappa)
Un enorme pino piñonero (Pinus pinea), reconocible por su gran copa aparasolada, flanquea esta obra en su lado derecho. Contribuye así a engrandecer el paisaje y a empequeñecer a los personajes. Es una de las plantas de las que Claudio de Lorena disfrutaría en Roma, donde vivió gran parte de su vida y donde todavía hoy este árbol compone una de las siluetas botánicas más reconocibles de la ciudad. En el primer término Lorena ha incluido otra planta muy singular. Se trata de la bardana, una especie identificable por sus colosales y llamativas hojas herbáceas.
Sala 002
Caléndula (Calendula officinalis)
Un milagro hizo que las monedas que llevaba la santa en su regazo se transfiguraran en flores. Zurbarán elige como protagonistas a tres especies muy comunes en los jardines desde antiguo. Hay flores amarillas de alhelí (Erysimum × cheiri), de la familia de las coles, capaz de florecer durante muchos meses extendiendo su fragancia hipnótica. Por su abundancia, destacan las perfumadas rosas de mayo (Rosa × centifolia), cultivadas desde, al menos, el siglo XIV. Por último, una solitaria flor anaranjada de caléndula añade variedad a este jardín brotado sobre la tela.
Sala 010A
Ciprés (Cupressus sempervirens)
El ciprés gobierna este jardín clásico. En el cuadro con el arco tapado por tablones, los cipreses generan un telón de fondo perfecto. Uno de ellos muestra una copa con ramas más abiertas y horizontales: es un ciprés “hembra” (Cupressus sempervirens f. horizontalis). Así lo llaman en Italia, aunque la planta tenga los dos sexos en el mismo individuo. Por el contrario, los cipreses columnares y estrechos reciben el nombre de ciprés “macho” (Cupressus sempervirens). En el cuadro con la estatua de Ariadna, se distinguen en la distancia varios cipreses, alguno de ellos “hembra”.
Sala 011
Hiedra (Hedera helix)
Si la rosa es la planta más representada en el Museo del Prado, con sus distintas especies, variedades y cultivares, la especie singular que figura en mayor número de obras es la hiedra. Muchas veces, esta planta trepadora aparece de fondo, subiendo por una pared o un árbol. Sus formas también adornan las estatuas clásicas, como la cabeza del dios romano Baco. En este lienzo muestra las hojas más redondeadas de sus tallos fértiles. Al tratarse de una pintura religiosa, aquí la hiedra es un símbolo de vida eterna, por su follaje siempre verde.
Sala 009B
Llantén mayor (Plantago major)
A los pies de Eva se ven dos inflorescencias del llantén mayor. Por su ligera similitud con lanzas, se ha ligado al martirio de Cristo. De ahí que sea habitual en escenas de la Crucifixión. El llantén también encarnaba la lucha del bien contra el mal, por lo que simbolizaba la salvación. Asimismo, por su querencia a crecer al borde de los senderos, se adoptó como una metáfora del camino que conduce a Cristo. Desde la antigüedad, sus hojas aplicadas en cataplasma se usan para cicatrizar las heridas de los pies producidas por las largas caminatas.
Sala 025
Adormidera (Papaver somniferum)
La adormidera es una amapola vinculada a un gran número de deidades griegas: Hypnos, Morfeo, Cibeles, Deméter, Afrodita… Su uso medicinal como sedante ha llevado a recurrir a ella para representar el sueño. El niño dormido sujeta levemente dos frutos de la planta, de donde se extrae la resina del opio, sustancia de la que se obtienen los derivados que, también hoy en día, sirven para aliviar todo tipo de dolores físicos. En la antigua Roma, el opio era uno de los ingredientes de las famosas triacas, antídotos contra los envenenamientos y algunas enfermedades.
Galería Jónica Planta Principal Norte
Pipirigallo (Sulla coronaria)
El encuentro de las tres diosas tiene lugar bajo una guirnalda floral. En ella destacan las rosas, símbolo del amor. Se trata de un pequeño compendio de algunas de las más cultivadas en aquella época: la rosa ‘Maiden’s Blush’ –con un tono ligeramente rosado–, la rosa alba, la rosa de mayo y la roja Rosa gallica. En el ramillete sobresale una flor recortada contra el cielo azul. Se trata del pipirigallo, una planta inusual en representaciones artísticas, que quizás tuviera un significado especial para Rubens.
Sala 029
Jazmín (Jasminum grandiflorum)
Sobre una mesa, en un gran jarrón, surge un jardín de flores cortadas. La parte alta está coronada por un lirio azul (Iris latifolia), una planta endémica de las montañas pirenaicas y de la cordillera Cantábrica. Por debajo de esta flor especial hay una armonía de flores con las mismas tonalidades que la vestimenta del niño. La mano de este sujeta un jazmín que tiene la peculiaridad de poseer seis pétalos, en lugar de los cinco habituales. Quizás el infante nos quiera mostrar su excepcionalidad, como era habitual en los gabinetes de curiosidades.
Sala 020
Lirio amarillo (Iris pseudacorus)
El lirio amarillo es una especie que crece en lugares ligados al agua, como las orillas de ríos, arroyos o estanques. En este paisaje hay dos matas de esta planta, situadas al lado de Jesús. Sus hojas tienen forma de espada, por lo que en ocasiones su representación se asocia al sufrimiento que atraviesa el corazón de la Virgen María. Asimismo, es un símbolo de la Encarnación de Cristo, por lo que puede aparecer en escenas de la Anunciación. Su nombre griego, Iris, empleado desde muy antiguo, significa ‘arco iris’, por los distintos colores de sus flores.
Bola de nieve (Viburnum opulus var. roseum)
En el jarrón principal, el artista ha creado una sinfonía floral que juega con el color. Cada flor se corresponde dentro de la composición con otra análoga o similar del mismo tono: hay dos lirios (Iris × germanica) de color azul, dos tulipanes rojos y dos amarillos (Tulipa cv.), otras dos anémonas violáceas (Anemone hortensis) en la zona central del ramo… En la parte baja, destacan las esferas casi perfectas de dos inflorescencias de bola de nieve, una planta muy apreciada por los pintores barrocos y también por los jardineros actuales.
Amaranto tricolor (Amaranthus tricolor)
La historia de las plantas está llena de viajes. Muchas de las especies que cultivamos hoy tienen procedencias lejanas. En este florero es posible distinguir la presencia de la amapola (Papaver rhoeas), una planta arqueófita. Esto significa que es una especie que se fue extendiendo a medida que el ser humano colonizaba nuevas regiones, antes de la conquista de América. Su semilla viajaba mezclada con las de cultivos como el trigo. Otras plantas en esta obra de procedencia remota son el girasol (Helianthus annuus), originario de América, o el amaranto tricolor, de Asia.
Malvarrosa (Alcea rosea)
En este jardín hay unos cipreses (Cupressus sempervirens) de fondo que recuerdan a aquellos pintados por Velázquez en la Villa Medici. Bajo un emparrado cubierto por una viña (Vitis vinifera) se reúne una familia a la puerta de la casa. A la entrada del edificio hay plantadas varias malvarrosas, algo que se sigue haciendo en la actualidad. Su altura es apreciable, y aparecen salpicadas por algunas flores, muchas de ellas rosadas. Esta especie se usaba para curar las picaduras de las serpientes y escorpiones, por lo que es considerada como una planta benefactora.
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