El recorrido <em>TITULORECORRIDO</em> se ha creado correctamente. Añade obras desde la página de Colección
Añadido <em>TITULOOBRA</em> en el recorrido <em>TITULORECORRIDO</em>

Aprende <Atrás
Ver ficha de autor de la colección
Enciclopedia > Voz

Madrazo y Kuntz, Federico de

Santiago Alcolea Blanch

(Roma, 1815-Madrid, 1894). Pintor español. Director del Museo del Prado de 1860 a 1868 y de 1881 a 1894. Nacido en Roma estando su padre, José de Madrazo, al servicio de Carlos IV en el exilio, se trasladó a Madrid con toda la familia cuando su padre fue nombrado pintor de cámara de Fernando VII, a principios de 1819. Pocas semanas después se inauguraba el Museo Real de Pinturas, una institución cuya historia durante sus primeros tres cuartos de siglo puede seguirse a través de la biografía de Federico de Madrazo. Durante su infancia y juventud la pinacoteca estuvo muy presente en su vida de la mano de su padre, muy próximo a los directivos de la misma desde el principio, responsable del establecimiento litográfico con taller en el propio Museo desde 1826 y director del mismo entre 1838 y 1857. Pintor precoz que ingresó como académico de mérito en la Real de Bellas Artes de San Fernando a los dieciséis años de edad, desarrolló una brillante carrera como pintor de historia y, muy especialmente, como retratista, alcanzando un gran prestigio en los ambientes artísticos y cortesanos no solo de Madrid, sino también de París y Roma. Sin embargo, a pesar de su éxito profesional y sus numerosos encargos, aceptó la oferta de asumir la dirección del Museo Real de Pintura y Escultura, vacante tras el fallecimiento de Juan Antonio Ribera, y tomó posesión del cargo el 19 de junio de 1860. Consciente de la extraordinaria calidad de las colecciones del Museo y de la importante proyección internacional que tenía, se planteó la necesidad de reordenar las obras expuestas y remodelar las instalaciones con el fin de exponer tan rico patrimonio con la dignidad que requería. Dedicó la galería principal a lo más representativo de las escuelas española e italiana, después de haber sustituido el pavimento por un entarimado y de haber pintado paredes, puertas y ventanas. Pero para mantener la pinacoteca en óptimas condiciones y atender adecuadamente al público hacía falta, además, disponer de suficiente personal. Gracias a sus buenas relaciones con la reina consiguió ampliar la plantilla hasta quedar compuesta por el director, un interventor, un secretario, tres restauradores, dos forradores, un mozo de restauración, un escultor, un cantero, un carpintero, un conserje, siete celadores, tres porteros, un mozo ordinario y cuatro guardas. El incremento de la colección fue otra de sus preocupaciones, y consiguió el ingreso de obras como La Anunciación, de Fra Angelico, gracias a su gestión personal ante las monjas de las Descalzas Reales, que aceptaron ceder la tabla al Museo a cambio de una copia pintada por el propio Federico de Madrazo. En otras ocasiones, en cambio, sus esfuerzos resultaron infructuosos, como en el caso de los cartones de la fábrica de tapices, que, tal como consta en la so­licitud de traslado, «se están echando a perder en los sótanos de palacio». Entre tanto la situación política y económica del país empeoraba y desembocó en la Revolución liberal de septiembre de 1868 que destronó a Isabel II. Desde el principio, la Junta Provisional Revolucionaria nombró un «Consejo encargado de la conservación, custodia y administración de los bienes que constituyeron el Patrimonio de la Corona Española», cuya presidencia fue confiada a Pascual Madoz. El hasta entonces designado Museo Real de Pintura y Escultura pasó a depender del Ministerio de Hacienda. Poco después Federico de Madrazo fue cesado de su cargo, y sustituido por Antonio Gisbert, pintor comprometido con la causa liberal. Trece años más tarde, en 1881, restaurada la monarquía tras el fracaso de la Primera República, y fallecido Francisco Sans Cabot, que se había hecho cargo del Museo desde 1873, Federico de Madrazo fue nuevamente requerido para dirigir la pinacoteca, a la que encontró profundamente cambiada. En virtud de la ley 9-18 de diciembre de 1869, el Real Patrimonio había sido declarado extinguido y todos sus bienes, incluyendo el Museo, revirtieron al Estado. El nombre de la institución vino a ser el de Museo Nacional de Pintura y Escultura del Prado y pasó a depender del Ministerio de Fomento, Departamento que, de esta forma, se halló ante la responsabilidad de administrar dos museos nacionales de pintura, el del Prado y el de la Trinidad. Tal duplicidad era del todo injustificable en las difíciles circunstancias por las que pasaba el país y, por decreto del 22 de marzo de 1872, se procedió a suprimir al segundo e incorporar sus fondos al primero. También se encontró Federico de Madrazo en el Museo del Prado con los cartones para tapices de Goya, Bayeu, Castillo y demás artistas que trabajaron para la Real Fábrica de Santa Bárbara y que años atrás reclamara inútilmente. En otro orden de cosas, la situación general de la institución era también muy diferente, con un régimen de apertura al público todos los días de la semana, excepto el lunes por la mañana, y con una grave fuente de problemas desde que se concediera permiso de residencia en el interior del Museo a los funcionarios del mismo y a sus familias. También había cambiado la apreciación del Museo por parte de la sociedad, como lo demuestra el hecho de que los donativos de piezas se sucedían con una cierta regularidad. De ellos, uno de los más significativos de toda la historia de la pinacoteca fue el de las Pinturas negras, de Francisco de Goya, cedidas por el barón Émile d'Erlanger el 20 de diciembre de 1881. Otros destacables fueron el de El general don José Palafox a caballo, también de Goya, el Retrato de Antonio González Velázquez, por su hijo Zacarías González Velázquez, o las más de doscientas pinturas legadas por la duquesa de Pastrana, en 1889, entre las que figuraban los bocetos de Rubens para sus composiciones de la Torre de la Parada [P2038-P2044]. En esta etapa se llevaron a cabo nuevas obras de mejora en el edificio de Villanueva. Con objeto de eliminar humedades, entre 1882 y 1885 se rebajó el terraplén que afectaba a parte de la fachada oriental y que permitía la entrada directa al primer piso por el lado norte, y fue preciso construir una escalinata monumental para mantener dicho acceso. Al quedar despejada la planta baja de la fachada oriental, fue posible abrir ventanas en la zona inferior del cuerpo central y cerrar el óculo de la llamada Sala de la Reina Isabel. Se eliminó así la absurda galería que impedía la ­correcta apreciación de las pinturas allí colgadas, justamente las más destacadas del Museo, completándose la reinstalación de la sala justo a tiempo para las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América, en octubre de 1892. En su Epistolario, ­Federico de Madrazo expresó repetidamente su preocupación ante el riesgo de un incendio. Sin embargo, esas inquietudes no parece que se tradujeran en actuaciones concretas para resolver el problema. Así, cuando el 25 de noviembre de 1891 el periódico El Liberal publicó una crónica de Mariano de Cavia relatando con gran realismo el incendio, ficticio, del Museo del Prado, muchos lectores creyeron que se trataba de un suceso verdadero. Consecuencia de la alarma creada fue la inmediata visita del ministro de Fomento, quien pudo constatar la existencia de cocinas en las diversas viviendas, la acumulación de grandes cantidades de leña y madera en los sótanos y alrededor de los conductos de las chimeneas, además de la presencia de un brasero encendido y desatendido en la sala donde los copistas conservaban sus disolventes y pinturas. La reacción ministerial no se hizo esperar y se procedió a de­salojar al personal que vivía en el Museo y a eliminar los materiales inflamables almacenados. El episodio tuvo lugar hacia el final de la vida de Federico de Madrazo, cuando su salud estaba ya muy mermada y, sin duda, le supuso un duro golpe. A pesar de ello siguió cumpliendo con sus obligaciones al frente del Museo casi hasta la fecha de su muerte, pocos meses antes del setenta y cinco aniversario de la inauguración del Museo.

Obras

Bibliografía

  • Rumeu de Armas, Antonio, Origen y fundación del Museo del Prado, Madrid, Instituto de España, 1980.
  • Federico de Madrazo y Kuntz (1815-1894), cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 1994.
  • Beroqui, Pedro, «Apuntes para la historia del Museo del Prado», Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, año XXXVIII, Madrid, 1930, pp. 33-48, 112-127, 189-203 y 252-266; año XXXIX, 1931, pp. 20-34, 94-108, 190-204 y 261-274; año XL, 1932, pp. 7-21, 85-97 y 213-220.
  • Gaya Nuño, Juan Antonio, Historia del Museo del Prado (1819-1969), León, Everest, 1969.
  • Alcolea Blanch, Santiago, Museo del Prado, Ediciones Polígrafa, Barcelona, 1991.

Legado


 

Ver ficha de autor de la colección
Arriba