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Fábulas de Velázquez: Mitología e Historia Sagrada en el Siglo de Oro

20.11.2007 - 24.02.2008

A través de la mitología y la historia sagrada Velázquez abordó una amplia gama de problemas expresivos, formales y conceptuales a los que de otra manera difícilmente podría haberse enfrentado. Para mostrar esta faceta de su producción e invitar a reflexionar sobre su importancia, se ha organizado esta exposición, que describe la originalidad que el pintor procuró y alcanzó en el tratamiento de estos temas, y las variaciones que experimentó su arte a lo largo de su carrera. El estudio de la pintura religiosa y mitológica de Velázquez no puede llevarse a cabo sin tener en cuenta los intereses creativos de sus colegas contemporáneos, o los modelos en los que buscó inspiración. Por ello, se incorporan una serie de pinturas y esculturas, realizadas por diecisiete artistas diferentes, que permiten trazar el contexto creativo en el que trabajó.Los cuadros de Velázquez se han agrupado en varias secciones, en cada una de las cuales aparecen obras de otros artistas, con lo que se crea un triple discurso simultáneo: el de los intereses temáticos del pintor en un momento determinado de su carrera; el de la evolución de su estilo y de su técnica narrativa; y el de los modelos a su alcance y las inquietudes de sus colegas.

Comisario:
Javier Portús

Acceso

Sala 60-63 Planta baja. Edificio Villanueva

Horario

De martes a domingo y festivos de 9 a 20h. La taquilla permanecerá abierta hasta media hora antes del cierre. Cerrado: Todos los lunes.

Patrocinada por:
Fundación Axa-Winterthur

Vídeos

Exposición

Velázquez, pintor de historia

Como parte del programa inaugural de su ampliación, el Museo del Prado presenta la exposición Fábulas de Velázquez, primera muestra que explora y profundiza en la faceta del maestro sevillano como pintor de historia. La exposición reúne 28 obras de Velázquez junto a otras 24 de diecisiete artistas diferentes que permiten al público apreciar el contexto creativo en el que el sevillano realizó algunas de las pinturas más significativas de su carrera. Entre las obras de Velázquez que pueden admirarse en la exposición se incluyen 12 préstamos, como la Venus del espejo, procedente de la National Gallery de Londres, una de las obras más emblemáticas del artista que se conserva fuera de España.

Las 52 obras reunidas en la exposición abarcan temas que proceden de la historia sagrada, la mitología o el mundo antiguo, en un afán por describir la originalidad que Velázquez alcanzó en los mismos, su extraordinaria versatilidad técnica y la evolución de su arte en las más de cuatro décadas de su carrera. Para ello, las 28 obras de Velázquez se enfrentan con otras 24 de artistas diferentes describiendo de manera general la respuesta del artista a los estímulos creativos externos. Entre estas últimas, figuran sendas esculturas de Martínez Montañés y Gregorio Fernández, pinturas de autores anteriores como Tiziano y Caravaggio, obras de los grandes artistas españoles de su generación y la anterior, como el Greco, Ribera y Zurbarán; y piezas de los principales pintores extranjeros en activo cuya obra conoció y en algún caso le influyó como el flamenco Rubens, los franceses Poussin y Claudio de Lorena o los italianos Guercino, Guido Reni o Máximo Stanzione.

La selección velazqueña está formada por las composiciones de Velázquez de carácter sagrado o mitológico que conserva el Prado, junto a otras importantes pinturas del artista como Cristo en casa de Marta y María, Inmaculada Concepción y San Juan Evangelista, de la National Gallery de Londres; San Pablo del MNAC; La cena en Emaús, de Dublín; La túnica de José de El Escorial (que se podrá ver junto a La fragua de Vulcano); o La tentación de Santo Tomás, de Orihuela.

Entre las obras de otros autores presentes en la muestra cabe destacar El triunfo de David de Poussin, San Juan Bautista de Martínez Montañés; José y la mujer de Putifar de Guido Reni; Demócrito de Ribera; Inmaculada Concepción de Alonso Cano; o Heráclito de Rubens.

Con esta propuesta, en la que las obras velazqueñas comparten protagonismo con las de los grandes artistas que fueron para él no sólo fuente de inspiración sino también un punto de partida del que distinguirse, el público podrá advertir como las obras de Velázquez difieren en su tratamiento pictórico de las de artistas anteriores e incluso contemporáneos suyos a pesar de las similitudes. Para ello, algunas de sus obras más representativas se mostrarán emparejadas con las de otros grandes artistas de temática similar, como Los borrachos y Joven con cesto de frutas de Caravaggio, la Venus del espejo y Las tres Gracias de Rubens, o Cristo crucificado y el Cristo yacente del escultor Gregorio Hernández.

Sevilla: religión y vida cotidiana

Sevilla: religión y vida cotidiana
La cena en Emaús
Diego Velázquez
Dublín, National Gallery of Ireland

La formación y la primera etapa de la carrera de Velázquez transcurrieron en Sevilla, donde vivió hasta su definitivo establecimiento en la Corte en Madrid en 1623. Se trataba de la ciudad con una población más abundante y variada del país, y su importancia como centro de actividad económica e intelectual fue muy grande. En el campo pictórico convivieron los últimos representantes de Manierismo con artistas receptivos a las nuevas corrientes naturalistas. Velázquez fue uno de estos, como demuestran sus obras, en las que existe un énfasis en la descripción precisa de personajes y objetos, un gusto por los colores terrosos y un interés por escenas y personajes tomados de la experiencia cotidiana.

Ese interés por la vida cotidiana se expresó en escenas de taberna o de vendedores callejeros, y también en varias pinturas religiosas en las que existe una extraordinaria interacción entre el la experiencia de lo real y la historia sagrada, y en las que el artista dio pruebas de su gusto precoz por la paradoja narrativa. Tanto en Cristo en casa de Marta y María, como en La cena de Emaús, el primer término lo ocupan sendas escenas de cocina, que dan paso, al fondo, a los personajes evangélicos. Se trata de un recurso que Velázquez pudo aprender de cuadros y estampas flamencas, que demuestra su interés por reflexionar sobre las fronteras entre la realidad y la historia, y que volveremos a encontrar en Las hilanderas, al final de su carrera. Son obras que atentan contra el principio clasicista según el cual el motivo principal debe ocupar un lugar también principal en la composición, y que muestran el deseo de singularidad que animó a su autor.

A través de sus primeros cuadros religiosos asistimos a los inicios de Velázquez como pintor, y nos asomamos también a aspectos importantes relacionados con su formación intelectual y con las expectativas devocionales de la sociedad sevillana. La Inmaculada Concepción y San Juan Evangelista en Patmos tienen como tema una devoción mariana que logró unir a casi toda la población en la defensa de una creencia común; y al mismo tiempo, la iconografía que utilizó manifiesta su cercanía a Francisco Pacheco (1564-1644), que fue su maestro y suegro, y formó parte de las elites intelectuales de la ciudad. En estas obras o en La Adoración de los Magos exploró de nuevo las relaciones entre la narración histórica y la vida cotidiana, y dotó a sus personajes de rasgos de gran realismo, pues están tomados muy probablemente de personas reales. En el caso de La Adoración de los Magos, el aspecto del rey de mayor edad coincide con los retratos conocidos de Pacheco, y probablemente la Virgen, el Niño y el rey joven sean el propio pintor, su mujer y su hija recién nacida.

Esa tensión entre cotidianeidad e historia sagrada, fue estimulada por la Iglesia contrarreformista y muy querida por algunas órdenes religiosas, como los jesuitas, para quienes se pintó esta obra. En Sevilla, el lenguaje poderosamente realista de estos cuadros resultaba una novedad, pues muchos de los artistas se movían todavía dentro de códigos de idealización como los que expresa San Juan Bautista de Martínez Montañés, la personalidad artística más importante de ese momento. Pero Velázquez supo ser receptivo a todo tipo de estímulos creativos, como muestra La imposición de la casulla a san Ildefonso, que realizó después de un corto viaje a Madrid donde tuvo ocasión de estudiar al Greco.

Mitología y realidad: Los borrachos

Mitología y realidad: Los borrachos
Los borrachos 
Diego Velázquez
Museo Nacional del Prado

A partir de su establecimiento en la corte en 1623, Velázquez se dedicó sobre todo al retrato, que alternó con incursiones en otros géneros, como la historia sagrada, la mitología y el paisaje. Su primera escena mitológica fue Los borrachos, que pintó hacia 1629 y que marca una frontera en su carrera. Mientras que por su tema inauguró un género que cultivaría hasta su muerte, gran parte de sus personajes pertenecen al mundo de sus “bodegones” sevillanos. Desde un punto de vista estilístico, también está apegado a sus primeras etapas, pues tanto el carácter fuertemente realista de sus rostros como la gama cromática abundante en ocres o la extraordinaria precisión descriptiva sitúan la obra en la órbita del naturalismo caravaggista, al igual que el modelado corporal de Baco. Fue la primera y última obra de tema mitológico en la que utilizó un lenguaje de ese tipo.Aunque a veces en este cuadro se ha visto una voluntad de “desmitificar” la mitología y tratar en clave burlesca a los dioses antiguos, la utilización de personajes tan fuertemente realistas se justifica por el contenido de la escena, en la que se representa a Baco mezclándose entre los mortales para darles a conocer el vino. En el uso de un lenguaje naturalista para abordar temas relacionados con la mitología o la historia antigua Velázquez se aproximaba a otros artistas, como Caravaggio o su contemporáneo Ribera, que vistió de mendigos a filósofos.

El horizonte romano

El horizonte romano
Joven con cesto de frutas
Caravaggio
Galleria Borghese, Roma.

Desde septiembre de 1629 hasta finales de 1630 la vida de Velázquez transcurrió en Italia, especialmente en Roma. Fue un viaje de aprendizaje, en el que, entre otras cosas,  estudió la escultura antigua y las obras de Miguel ángel y Rafael. Entre las pinturas que realizó allí figuran La fragua de Vulcano y La túnica de José, dos grandes cuadros “de historia” donde ha buscado la fórmula para describir de una manera convincente la reacción de un grupo de personas ante una noticia inesperada: en el caso de la escena mitológica, el adulterio de Venus, mujer de Vulcano; y en el episodio sagrado, la supuesta muerte de José, uno de los hijos de Jacob. Ambos temas sirvieron al pintor para demostrar su dominio en la descripción de gestos y emociones.

Desde el punto de vista de su técnica narrativa y su construcción formal, constituyen un paso adelante en su carrera. En ellas, Velázquez superó las limitaciones espaciales que existían en Los borrachos, y consiguió integrar de manera muy natural espacio, acción y personajes. Para ello se sirvió de referencias arquitectónicas y del uso del desnudo, una forma capaz de generar espacio. El interés que muestran por la expresión de las emociones fue común a los principales artistas activos en el país, que estaban buscando fórmulas para renovar la narración clasicista. Esta sala nos muestra algunas de sus obras, fechadas en años cercanos a 1630: desde la claridad narrativa de José y la mujer de Putifar de Guido Reni o la emotividad de Aparición de Cristo resucitado a la Virgen de Guercino, al rigor constructivo de El triunfo de David, de Poussin.

Devoción y meditación

Devoción y meditación
Aparición de San Pedro Apóstol a San Pedro Nolasco
Francisco Zurbarán
Museo del Prado

En torno a 1630 Velázquez realizó varias obras religiosas, que serían los últimos grandes cuadros de este tipo que pintó, y sitúan a su autor entre los artistas españoles que han conseguido crear las imágenes más eficaces para la transmisión de un sentimiento devocional. Todas ellas son de lectura clara, invitan a la reflexión y la meditación, y muestran a un artista en la plenitud de sus facultades, que había aprovechado extraordinariamente la experiencia italiana y sabía enfrentarse de manera original a cada tema: Si en el Cristo crucificado vuelve a aprovechar al máximo las ilimitadas posibilidades expresivas del desnudo, en San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño muestra que el interés por el paisaje que ya expresó en Roma no fue accidental; y en La tentación de santo Tomás de Aquino demuestra de nuevo su capacidad para expresar emociones y establecer una relación fluida entre los personajes. Con esta obra inició una ampliación de la gama cromática, que se haría cada vez mayor con el tiempo, y que caracteriza también La Coronación de la Virgen.

Una de las cosas que singularizan a Velázquez del resto de los artistas españoles es la escasa importancia numérica de sus obras religiosas. Al mismo tiempo, es precisamente en este campo donde podemos apreciar mejor lo que le une o le separa estéticamente de los colegas de su generación, con algunos de los cuales entabló relaciones de amistad. Sendas obras maestras en las que Zurbarán, Gregorio Fernández o Alonso Cano representan temas cercanos a los de Velázquez muestran no sólo la calidad del medio artístico local, sino también su variedad, y sitúan la pintura religiosa de éste en un contexto preciso.

El desnudo

El desnudo
Venus del espejo
Diego Velázquez
National Gallery, Londres

Desde finales de los años treinta, Velázquez produjo varias obras mitológicas, que se cuentan entre las más importantes y originales de su tiempo, y que le sirvieron para entablar un fructífero diálogo con la tradición pictórica. Fueron cuadros en los que culminó su tendencia a subrayar los valores asociados al color frente a los del dibujo, y a convertirlo en el principal instrumento expresivo. En eso, continuó la tradición a la que pertenecían Tiziano y Rubens, cuyas obras abundaban en las Colecciones Reales españolas y se convertirían en dos de los principales puntos de referencia para el desarrollo de su estilo.

La mitología propició un acercamiento al desnudo, un tema cargado de connotaciones. Es la forma que la tradición occidental ha vinculado más estrechamente a la idea de arte, la que expresaba mejor los valores del color, y al mismo tiempo, el lugar donde confluían los límites del arte y la decencia. A través de La Venus del espejo, Velázquez supo hallar una alternativa a los desnudos de Tiziano o Rubens, y al mismo tiempo demostró el lugar tan singular que ocupaba en relación con sus colegas españoles, pues su posición en la corte le permitió sustraerse a las restricciones morales en materia de desnudo femenino que atenazaban a estos. En Marte utilizó una gama cálida y suntuosa, modeló las formas a base de luz y color y destruyó los límites entre el cuerpo y su entorno, buscando transmitir una sensación de vida y transitoriedad, lo mismo que hizo con Mercurio y Argos. Al mismo tiempo, conservó su gusto por la paradoja narrativa, y en vez de utilizar rasgos heroicos para representar al dios de la guerra, lo pintó cansado y melancólico.

La filosofía y la historia

La filosofía y la historia
Sibila
Guido Reni
Colección Denis Mahon

El gusto de Velázquez por jugar con la tensión entre la realidad y su representación y con los dobles sentidos no sólo se expresa en escenas religiosas o mitológicas. También aparece en sus imágenes de filósofos antiguos o de héroes modernos. Para representar a Esopo y Menipo recurrió a los harapos que empezaban a ser frecuentes en las imágenes de los filósofos, mientras que Barbarroja y Juan de Austria no son los héroes militares que aparentan, sino sendos bufones disfrazados de tales. Los dos primeros se pintaron para la Torre de la Parada, en relación con Heráclito y Demócrito de Rubens; y la comparación entre unos y otros es muy interesante para conocer la senda que siguió Velázquez. Los filósofos de aquél tienen los pies desnudos, y uno ríe y el otro llora. Su contextura corporal es absolutamente rubensiana, es decir, robusta y musculada, y sus gestos se adecuan a unos códigos de expresión sólidamente establecidos. Velázquez planta a los suyos en un escenario interior, sus vestidos y zapatos son los que llevaría cualquier mendigo de cualquier ciudad española y hay una voluntad de aproximación realista a los rostros. Están situados en el espacio de la misma manera que muchos de sus retratos, y el pintor juega con los límites entre retrato y ficción.

El grupo de imágenes relacionadas con la filosofía y la historia se completa con varias sibilas, a las que se reconocía capacidad anticipatoria. La comparación entre las dos versiones de Velázquez permite asistir al camino recorrido por el pintor desde principios de los años 30 hasta la década siguiente.

El telar de la fábula

El telar de la fábula
La Fábula de Aracne
Diego Velázquez
Museo Nacional del Prado

Las hilanderas es una de las últimas obras mitológicas de Velázquez, y una de sus composiciones más ambiciosas y complejas. Como en Cristo en casa de Marta y María, el núcleo de la acción se encuentra al fondo, tras una escena aparentemente costumbrista. Sin embargo, los cuarenta años que median entre ambas no habían pasado en vano, y el pintor se convirtió en ese tiempo en uno de los narradores más sutiles de su época. A través del color y de la perspectiva aérea consiguió establecer una relación muy fluida entre los diferentes planos espaciales e integrar en una unidad los numerosos elementos con valor narrativo.

Las protagonistas de la escena son la diosa Palas y Aracne, una mortal con extraordinaria habilidad para el arte de la tapicería. Tras discutir sobre sus respectivas facultades, la diosa, herida en su soberbia, convertirá a su rival en araña, argumentando que había osado representar los amores de Júpiter, su padre. Uno de esos episodios aparece en el tapiz del fondo, que está basado en el Rapto de Europa que pintóTiziano para Felipe II y fue copiado en 1628-1629 por Rubens, quien se acercó a la obra de su predecesor con voluntad de aprender y de medirse con él. Original y copia eran dos de las pinturas más prestigiosas de las colecciones reales.

En el Siglo de Oro, la contienda de Palas y Aracne se vinculó con la idea de que no hay nadie tan perito en su arte que no sea susceptible de mejora en el futuro. Era un tema presente en los tratados artísticos, y que probablemente Velázquez quiso actualizar mediante el ejemplo histórico de Rubens enfrentándose a la obra de su predecesor Tiziano. El cuadro incluye otros contenidos de carácter histórico-artístico, como la transformación de la materia en la forma creativa, que estarían representadas respectivamente por las hilanderas del primer término y la diosa y su rival discutiendo ante el tapiz.

Obras

1

Cristo en casa de Marta y María

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 60 x 103.5 cm
Londres, National Gallery

2

La cena en Emaús

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 55 x 118 cm
Dublín, National Gallery of Ireland

4

Inmaculada

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 135 x 101.6 cm
Londres, National Gallery

5

San Juan en Patmos

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 135.5 x 102.2 cm
Londres, National Gallery

6

San Juan Bautista

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo,
Chicago, Art Institute of Chicago

7

San Pablo

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 99.8 x 78 cm
Barcelona, Museo Nacional de Arte de Cataluña

10

La imposición de la casulla a San Ildefonso

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 165 x 115 cm
Sevilla, Ayuntamiento, Descalzas Reales

11

San Juan Bautista

Juan Martínez Montañés
Madera policromada, 153 x 65 x 70 cm
Santiponce, Monasterio de San Isidro del Campo

12

Anunciación

El Greco
óleo sobre lienzo, 114 x 67 cm
Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza

14

Joven con cesta de frutas

Caravaggio
óleo sobre lienzo, 70 x 67 cm
Roma, Galleria Borghese

17

La túnica de José

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 213.5 c 284 cm
Madrid, Patrimonio Nacional, San Lorenzo de El Escorial

19

Aparición de Cristo a la Virgen

Guericino
óleo sobre lienzo, 260 x 179 cm
Cento, Pinacoteca Civica

20

José y la mujer de Putifar

Guido Reni
óleo sobre lienzo, 220 x 188 cm
Cambridge, Fitzwilliam Museum

21

El triunfo de David

Nicolas Poussin
óleo sobre lienzo, 118.4 x 148.3 cm
Londres, Dulwich Picture Gallery

22

La tentación de Santo Tomás

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 240 x 200 cm
Orihuela, Museo Diocesano de Arte Sacro de Orihuela

24

Cristo y el alma cristiana

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 165.1 x 206.4 cm
Londres, National Gallery

32

Inmaculada

Alonso Cano
óleo sobre lienzo, 182.5 x 112 cm
Vitoria, Museo Diocesano de Arte Sacro de Vitoria, depósito de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Berantevilla

34

La Venus del espejo

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 122.5 x 177 cm
Londres, National Gallery

35

Ares Ludovisi

Escayola, 159 x 76 x 120 cm
Madrid, Museo Nacional de Reproducciones Artísticas

47

Sibila

Diego Velázquez
óleo sobre lienzo, 64.7 x 58.4 cm
Dallas, Meadows Museum, Southern Methodist University

48

Sibila

Guido Reni
óleo sobre lienzo, 74.2 x 58.3 cm
Bolonia, Pinacoteca Nazionale

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